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'Una vida mejor'

Demián Bichir, nominado al Óscar, hace el papel de un padre indocumentado que se desvive por su hijo.

José Julián y Demián Bichir en una escena de la película Una vida mejor

Cortesía de Summit Entertainment

In English | Considere A Better Life (Una vida mejor), una poderosa y conmovedora película, que se estrenó en junio del año pasado, algo así como Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette) del siglo XXI.

En el clásico neorrealista italiano Ladrón de bicicletas, de 1948, un ladrón roba la bicicleta de un trabajador pobre, que le es esencial para su trabajo de pegar carteles de Rita Hayworth por el pueblo. Con la búsqueda que emprenden, padre e hijo, de su único medio de transporte, la película se convierte en una trágica meditación sobre la pobreza y la desesperación de las personas en los márgenes de la sociedad.
 

En A Better Life, el protagonista es un jardinero mexicano indocumentado de Los Ángeles, Carlos Galindo (protagonizado con magnífica y digna modestia por Damián Bichir), a quien le roban su camioneta. Sin poder denunciar el robo a la policía (se podría descubrir su condición de indocumentado y deportarlo), Galindo se lanza a los barrios peligrosos del este de Los Ángeles para encontrar el vehículo con que se ganaba la vida.

“[Los trabajadores indocumentados] viven en Estados Unidos para lograr que sus vidas sean mejores y más felices”, afirma Bichir, una celebridad en su México natal, que también ha actuado en la película Che y en la serie televisiva Weeds. “Estas personas están orgullosas del país en donde viven”.

Pero este laborioso jardinero tiene problemas que trascienden los vehiculares. Es padre soltero (su mujer lo abandonó) de un hijo adolescente, Luis (el actor novato José Julián), a quien le atrae el mundo de las pandillas y que muestra poco respeto hacia el trabajo bajo y sucio que papi hace para dar a su hijo una mejor vida.

Los conflictos generacionales no son nada nuevo. Pero la película del director Chris Weitz no se regodea en el sentimentalismo ni en los clichés. En cambio, pinta un sobrio retrato de una familia dividida que hace de breve curso sobre el debate migratorio. Galindo ha estado en Estados Unidos por años, pero debido a que entró al país de manera clandestina, está atrapado en un mundo de sombra jurisdiccional. Es honesto, dedicado, aplicado –e ilegal–. Pero el hijo de Galindo nació acá, lo cual lo convierte en ciudadano estadounidense. Así que el chico, al carecer de lazos con la patria de su padre, no puede comprender la mentalidad de inmigrante de su padre de querer valerse por sí mismo.

La manera en que esto se resuelve en pantalla es lo que hace especial a la película. En una escena desgarradora, le explica a Luis el amor paternal que, durante los años previos a haber comprado el vehículo, lo condujo a levantarse cada mañana y pararse en las esquinas en espera de un trabajo poco remunerado como jornalero. Si lo enviaban de vuelta a “el otro lado”, ¿qué le pasaría a su hijo?

Para el final de A Better Life, esa pregunta se resuelve, pero no es una resolución que garantice un cierre. Y eso, después de todo, quizás sea el mayor éxito de la película. Al prestar un rostro humano a un diálogo contencioso, nos obliga a preguntarnos acerca de la compasión y la empatía por los desvalidos. ¿Acaso Carlos Galindo no es digno de nuestro respeto? ¿O es la clase de persona cuyo arduo trabajo fortalece a Estados Unidos? No es difícil descifrar contra qué lado del problema arremete esta evocadora y hermosa película.

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