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7 formas de llevarte bien con un estudiante universitario que pasa el verano en casa

Evita ser un padre sobreprotector, pero no temas establecer límites.


spinner image Un adulto mirando con desaprobación a su hijo universitario escuchando música y jugando con su teléfono en el sofá
Getty Images

Cuando los hijos vuelven a casa de la universidad durante el verano, traen consigo la ropa sucia, el contenido de su dormitorio y algunas situaciones complicadas para los padres.

El reingreso a la vida familiar de un adulto joven que lleva nueve meses viviendo de forma independiente puede ser complicado. Para los padres que quieren establecer nuevas reglas generales, esto puede significar un verano con muchas negociaciones sobre trabajos, la vida social con los amigos, el tiempo que pasan frente a las pantallas, la cocina, la limpieza y las responsabilidades.

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Alan Freeman, un abogado de 51 años que vive en Potomac, Maryland, y su esposa, Remy, tuvieron que hacer algunos cambios cuando sus dos hijos —que ahora tienen 22 y 20 años— volvieron al hogar después de sus primeros años de universidad.

“Se puede decir que debíamos atenderlos de una forma distinta a como lo habíamos hecho cuando estaban en la escuela secundaria”, señala Freeman. “La dificultad radicaba en reconocer que habían estado viviendo sin supervisión diaria y estaban acostumbrados a que otras personas ya no tomaran decisiones por ellos”.

Freeman recuerda el verano en que su hijo mayor, que acababa de llegar de la universidad, salió con un amigo de la vecina Washington D.C. y decidió pasar la noche en la capital del país.

“Cuando estaba en el último año de la escuela secundaria, era absolutamente imposible que pudiera estar en el centro de D.C. y luego quedarse a pasar la noche en algún sitio”, explica Freeman. “Tuvimos que aceptar el hecho de que no habría problema con eso ahora”.

Aquí encontrarás algunas sugerencias para mantener la paz este verano:

1. Evalúa tu estilo parental

Los estilos de los padres tienen mucho que ver con lo bien que pueda transcurrir el verano con tu hijo joven, explica William J. Ryan, psicólogo clínico e instructor de padres en Brooklyn, Nueva York, y Denver.

Un estilo más autoritario puede hacer que un estudiante universitario se resista a las normas y ponga a prueba los límites.

Un estilo parental más colaborativo en esta etapa de la vida de tu hijo les permite a ambos “plantear las cuestiones teniendo en cuenta a los otros miembros del hogar”, añade. “Tu hijo es ahora un adulto que se acerca a un plano de igualdad contigo. Debes pedirle las cosas, no exigirle ni darle órdenes”.

Si tu hijo continúa sin obedecer, quizá lo mejor sea una terapia individual o familiar.

2. Comunica tus expectativas desde un principio

Si puedes, intenta conversar sobre las expectativas para el verano —aunque sea de forma informal— antes de que tu hijo vuelva a casa de la universidad, o cuando el verano esté a punto de comenzar. ¿Tu hijo joven debe conseguir un trabajo? ¿Habrá límites para los juegos y el uso de internet? ¿Cuánto se espera que ayude en casa? ¿Tendrá automóvil, y cuáles son las normas para usarlo?

Según Ryan, una reunión familiar puede ayudar.        

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Por ejemplo, él recomienda empezar con una frase inicial como: “¿Cómo crees que será volver a la familia después de haber vivido con total libertad? ¿Quieres saber lo que esperamos de ti para que todos nos llevemos bien?”.

Es importante que haya colaboración, pero los padres tampoco deben sentir que caminan de puntillas, señala Ryan. “Si tienes límites, dilo”, sugiere. “No debes sentirte presionado y tener que morderte la lengua”.

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3. Presta atención a los signos de angustia

Hay que tener en cuenta que la depresión, la ansiedad y el suicidio están en su máximo histórico entre los estudiantes universitarios, según la última encuesta anual de Healthy Minds Network.

Tu hijo puede llegar a casa y exhibir una conducta irritable y defensiva o una serie de otros síntomas y comportamientos nuevos que pueden crear tensión en el hogar. Esto puede ser normal, pero también hay que prestar atención a estas y otras señales de advertencia —como pasar el día en la cama o sentirse inútil o desesperanzado— que pueden significar que necesita más ayuda.

Es entonces cuando se necesita “un equilibrio entre libertad de acción, estructura y apoyo”, explica Ryan. Esto puede implicar recurrir a la terapia. “La lección fundamental es saber que existen recursos que pueden ser útiles”, dice. “Aprovéchalos”.

4. Establece (algunos) límites

Crear un hogar pacífico con estudiantes universitarios que vuelven a integrarse suele depender del modo en que los miembros de la familia se manejan en tres aspectos: horarios de salidas, tareas del hogar y comunicación, indica Marybeth Loyd Bock, de 57 años, de Phoenix, quien escribe con frecuencia sobre la salud mental y física de los adolescentes en Grown & Flown, un recurso para padres.

Bock considera que no es necesario imponer horarios de salidas porque los hijos se han acostumbrado a controlar su vida cuando no están en casa. Dicho esto, no dejes de pedir que no hagan ruido al volver a casa a altas horas de la noche si vas a estar durmiendo, y asegúrales que estarás disponible a cualquier hora —como siempre— en caso de emergencia.

Sin embargo, está bien pedir que tengan la cortesía de avisarte si es probable que regresen a casa más tarde de lo previsto.

En cuanto a las tareas del hogar, “cocinar y lavar la ropa parecen ser dos temas conflictivos”, según Bock. Por ejemplo, si tu hijo llega a casa tarde por la noche y deja la cocina hecha un desastre, “no debería ser tu obligación limpiarla a la mañana siguiente”.

En lo que se refiere a la cocina, también conviene establecer normas para las comidas —ya sea que aún debas encargarte de hacer la cena o que tu hijo deba cenar en casa cada noche— así como normas sobre quién lavará la ropa de tu hijo.

“Es una cuestión de respeto”, señala Bock, quien ha pasado por esta etapa con una hija, que ahora tiene 26 años, y un hijo, que ahora tiene 24.

5. Reconoce que el respeto es mutuo

El respeto se manifiesta en el tono de voz y en la forma de abordar un tema, que son las principales características de una buena comunicación en un hogar feliz. Dar órdenes, hablar de forma irritante o con brusquedad puede ser contraproducente.

“Ya no puedes hablarles como si tuvieran 16 años”, señala Bock. En cambio, los padres deben adaptarse al hecho de que sus hijos son mayores y más independientes después de pasar un tiempo en la universidad, y eso exige un cambio en la forma de considerarlos y tratarlos.

Si tratas a los adultos jóvenes con ese tipo de respeto, es probable que estén más dispuestos a escuchar lo que tienes que decirles sobre la convivencia en esta nueva etapa.

6. Cede (un poco) el control

Bock agrega que los mayores problemas que observa proceden de hogares gobernados por padres sobreprotectores que prestan demasiada atención a cada movimiento de sus hijos. Freeman comparte esta opinión y señala que ha visto bastantes relaciones de este tipo que acaban en conflicto.

“Si no puedes ceder el control, tendrás problemas. Debes dejar que se conviertan en adultos contigo”, sugiere. “Se trata simplemente de una nueva etapa en la relación, y puedes enfadarte o asustarte, o puedes aceptarlo como un momento estupendo en su vida”.

7. Celebra todo agradecimiento

A veces los hijos vuelven a casa de la universidad y ya no quieren comportarse como “adultos”, comenta Bock.

“Están acostumbrados a que sus padres se ocupen de ciertas cosas, así que no es de extrañar que vuelvan a sus viejas costumbres”, explica.

Christine DeMaria, una patóloga del habla de 50 años con sede en Perinton, Nueva York, lo ha observado en sus dos hijas. Jenna tiene ahora 22 años y Taylor tiene 19. A pesar de que las hijas mantenían impecable su alojamiento universitario, cuando regresaban a casa por la noche DeMaria solía encontrar la sala de estar llena de latas vacías, broches para el cabello, mantas sin doblar, calcetines y zapatos.

“Nos reímos de eso”, dice DeMaria. “Luego les pido que limpien y lo hacen”.

Las jóvenes también se ocupan ahora de lavar su propia ropa —algo que no tenían que hacer mientras vivían en casa— sin que nadie se los pida, señala DeMaria.

“Creo que aprendieron a valorarme más”, afirma. “Se marcharon y ya no tuvieron a nadie que se ocupara de ellas. Pienso que cuando volvieron a casa pensaron: ‘Vaya, las cosas eran más fáciles aquí’”.

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