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Cómo mejorar la pérdida auditiva con un implante coclear

Cómo pasé de tener una sordera casi total a poder oír de nuevo.

Perfil de la autora Joyce Purnick

STEPHANIE DIANI

Joyce Purnick

In English

Hace 15 años, cuando estaba a punto de cumplir los 60, comencé a tener problemas de audición —poco a poco, y después abruptamente—. En menos de una década, mi sordera era funcional, cada vez me sentía más aislada y estaba al borde de la depresión. Ahora puedo oír asombrosamente bien, gracias a un implante coclear: un oído biónico que se implanta quirúrgicamente y es un milagro tecnológico (y no uso esa penúltima palabra a la ligera). El implante coclear reinició mi vida estancada, y podría lograr lo mismo para muchos como yo. Pero se calcula que solo de un 5 a un 7% de los adultos que reúnen los requisitos en Estados Unidos y podrían beneficiarse de un implante coclear tienen este dispositivo en uno o ambos oídos. Y a diciembre del 2019, solo unos 736,000 dispositivos se habían implantado y registrado en todo el mundo.

Los audífonos ayudan a muchas personas, pero son menos útiles cuando la pérdida auditiva se vuelve demasiado grave. En esos casos, los implantes cocleares podrían ser la solución. Sin embargo, siguen siendo un poco misteriosos y malentendidos, en particular para los adultos mayores que se sienten recelosos ante una intervención quirúrgica. Ahora que vivimos por más tiempo, la pérdida de la audición de aparición tardía es un problema de salud grave para nuestra población que envejece, algo que hasta podría contribuir a un deterioro cognitivo. 

Ilustración de una persona con un implante coclear

BROWN BIRD DESIGN

Nuestro cerebro necesita estimulación, y nosotros necesitamos comunicación; los implantes cocleares proporcionan ambas cosas. Los bebés mayores de 6 meses y los adultos de edad avanzada pueden ser candidatos para esta operación si no tienen una enfermedad subyacente y cuentan con un nervio auditivo sano. El factor decisivo que te convierte en un candidato: una pérdida auditiva tan grave que te resulta difícil comunicarte hasta si usas audífonos. “La audición es un modo principal de comunicación”, observa J. Thomas Roland Jr., mi cirujano y el director del Departamento de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello en NYU Langone Health. “Si logras que alguien la recupere, el cerebro vuelve a vibrar. Está cumpliendo su función”.

Cómo me di cuenta de mi pérdida auditiva

Todo empezó una noche mientras veía Mad Men, esa serie de televisión indispensable de mediados de la década del 2000. Casi no podía oír el diálogo. Me pregunté por qué el canal AMC toleraría un sonido tan malo. Después, no pude seguir los panegíricos en el servicio conmemorativo de un amigo, empecé a tener dificultades en el cine y con las llamadas por teléfono, y me desesperaba al no poder oír a mis pequeños nietos. Me estaba quedando sorda, y AMC no tenía nada que ver con eso. Consulté a médicos, me sometí a una prueba tras otra y compré audífonos cada vez más poderosos. Las pruebas mostraron que oía mal por ambos oídos, por el izquierdo peor que por el derecho. La mía era una pérdida auditiva grave causada por un antibiótico que me habían recetado demasiado durante la niñez y por el envejecimiento.

La pérdida de la audición, un desafío a cualquier edad, es un gran obstáculo para quienes la pierden en la madurez de la vida. Carecemos de mecanismos para hacerle frente, pues desconocemos el lenguaje de señas y la lectura de labios, y nuestros amigos y familiares se relacionan con nosotros como si todavía pudiéramos oír.

Yo, una periodista jubilada hacía poco tiempo, siempre había sido muy franca. Pero al solo poder oír una que otra palabra, empecé a apartarme de forma rutinaria. Aprendí a sonreír de manera neutral, responder evasivamente con un “hmmm”, asentir con la cabeza. Cansada de pedirle a la gente que repitiera las cosas, a menudo fingía —aparentaba oír lo que no había escuchado— o me quedaba callada. Debía encontrar otra solución. Como la mayoría de las personas, sabía poco sobre los implantes cocleares. No fueron aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. hasta 1984, y luego solo se permitían para quienes tenían sordera profunda.

“Hay muy poca concientización”, aprendí de William Shapiro, codirector del Centro de Implantes Cocleares de NYU Langone. Citó estudios en los que se demostró que solo un 18% del público en general está algo familiarizado con los implantes, al igual que solo dos terceras partes de los audiólogos, las mismas personas que ajustan y venden los audífonos. Ninguno de los tres audiólogos que consulté mientras mi capacidad auditiva se deterioraba mencionó los implantes; solo intentaron venderme costosos accesorios nuevos que me hubieran sido tan útiles como las gafas de sol por la noche.


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Mi exploración de los implantes cocleares

No hizo falta que un audiólogo me dijera que los audífonos ya no me ayudaban. Sin embargo, vacilé. Odiaba la idea de llevar colgado sobre la oreja un aparato tosco, temía una cirugía tan cerca al cerebro (aunque fuera periférica) y me preocupaban los informes sobre vértigo e infecciones después de la operación. Insistí especialmente en mantener el nivel de audición que todavía tenía en mi oído más débil. Los cirujanos pueden conservar la audición residual de algunos pacientes. Pero ¿qué pasaría con la mía? ¿Y si la operación fallaba y yo había renunciado a los decibelios que todavía podía oír?

Nadie podía predecir de forma confiable los sonidos que produciría mi implante, si iban a ser casi normales o irritantemente mecánicos, como había leído. ¿Mi esposo, mis amigos y mis nietos sonarían como el Pato Donald? No hay una respuesta infalible. Cada paciente con un implante se adapta diferentemente y oye de forma diversa.

Pospuse la operación hasta que la audición residual que tanto valoraba había disminuido a casi cero. Mi esposo y yo concluimos que tenía poco que perder y mucho que ganar. Decidí hacerlo.


Diagrama de implantes cocleares: cómo funcionan

El procesador y el micrófono se colocan detrás de la oreja y envían sonidos a los electrodos implantados en la cóclea. Esos electrodos sortean las células ciliares y conducen las señales directamente al nervio auditivo, que transmite el mensaje al cerebro.

Ilustración de un implante coclear con números para indicar las diferentes partes

BROWN BIRD DESIGN

Clave del diagrama: 1. Transmisor, 2. Implante, 3. Micrófono, 4. Procesador, 5. Batería, 6. Canal auditivo, 7. Tímpano, 8. Oído interno, 9. Nervio auditivo, 10. Electrodos y 11. Cóclea


Cómo volví a aprender a oír

En la primavera del 2019, gracias a una evaluación en el centro de implantes de NYU Langone, supe por qué era buena candidata para la operación: el factor clave que predice el éxito es un nervio auditivo sano y activo. Había empezado a perder la audición solo una docena de años antes, y porque había usado audífonos, el nervio auditivo todavía funcionaba. Si el nervio auditivo es disfuncional, como por lo general lo es entre quienes han sido sordos por mucho tiempo, no puede enviar señales sonoras al cerebro. (Si los audífonos son insuficientes, muchas aseguradoras privadas y Medicare cubren la operación de implante coclear. Por eso, los candidatos primero deben someterse a pruebas que evalúen la capacidad auditiva y la comprensión del habla, y el estado del oído medio y de la cóclea).

En septiembre del 2019, a los 73 años, me sometí a la operación. Me colocaron el implante en el oído izquierdo, el peor. En el derecho, seguí usando un audífono.

El procedimiento salió bien. Roland, con una anestesia local en vez de una más peligrosa anestesia general, me practicó una pequeña incisión detrás de la oreja izquierda, me implantó quirúrgicamente en la cabeza un imán y un receptor-estimulador, e introdujo los 22 electrodos de mi implante en la cóclea. La cóclea es un hueso en forma de caracol que está revestido de miles y miles de células ciliadas (cilios). Los sordos tienen dañadas esas células. Volví a casa en unas pocas horas, el dolor posoperatorio fue leve, la incisión sanó rápido y ahora casi no se nota. No tuve vértigo ni infecciones.

Nathalie Chouery, mi audióloga en NYU Langone, me dio las partes externas del sistema de implante: un recibidor de sonido que se enrosca alrededor de la oreja como un audífono grande y contiene un micrófono, un procesador de sonido y una batería. Un alambre delgado conecta el procesador a un imán en forma de disco que se une al imán ubicado dentro de la cabeza, para completar el circuito. Es fácil quitarme las partes externas para dormir, bañarme o nadar.

¿Cómo funciona?

En un oído sano, las células ciliadas de la cóclea transmiten sonidos al nervio auditivo, pero eso resulta imposible cuando las células están dañadas. Con un implante coclear, el procesador de sonido y el micrófono en mi oído recogen sonidos y los envían a los electrodos del implante. Estos conducen las señales al nervio auditivo, que transmite el mensaje al cerebro. El cerebro interpreta el mensaje como sonido —con el tiempo—.

Dos semanas después de la cirugía, Chouery activó y programó mi implante. Fue el momento de la verdad. Oprimió el equivalente del botón de encendido, y oí mis primeros sonidos nuevos. ¡Ay! Qué sonidos eran: aire rugiente, sonidos metálicos, silbidos y un murmullo de palabras incomprensibles. El cerebro tenía que ajustarse —no el oído, sino el cerebro—.

Oímos con nuestro cerebro. El oído convierte el sonido en una señal que el cerebro interpreta y entiende. ¿Aceptaría mi cerebro al intruso mecánico? Tenía mis dudas. Después de todo, mi implante había reemplazado a los miles de células ciliadas con solo 22 electrodos.

En esos primeros días posoperatorios, oí más que nada ruidos. ¿Cómo podría el cerebro cumplir su función con tan poca información? Entonces, mágicamente, lo logró. Unas dos semanas después de la activación, estaba escuchando un noticiero. Hasta esa noche, el presentador Lester Holt había sonado como siempre, porque lo escuchaba con mi audífono, mientras el oído con el implante silbaba como fastidioso ruido de fondo. Sin embargo, esa noche, la voz de Holt empezó a sonar rara, más o menos metálica. ¡Lo estaba oyendo por medio del implante al igual que a través de mi audífono! El cerebro se estaba adaptando y traducía los sonidos extraños del implante a un lenguaje familiar. ¡Fue el principio de mi nueva vida!

Estaba progresando y oyendo más, pero no exactamente de manera normal. Ayudar al cerebro a interpretar las señales del implante toma tiempo y entrenamiento. Seguí trabajando con Chouery en la comprensión: nos concentramos en distinguir entre palabras que suenan parecido, repetir oraciones sencillas y tomar pruebas de opción múltiple sobre lo que había oído a medida que hacía ejercicios en línea.

Mi capacidad auditiva mejoró con rapidez. Durante los meses siguientes, los resultados de las pruebas mostraron que mi comprensión de oraciones a través del oído izquierdo, el del implante, pasó del 6% antes de la operación a más del 70%; en una de las pruebas, sobrepasó el 90%. Adaptarse al implante puede tomar hasta un año para los pacientes, a veces más tiempo. Cada experiencia es distinta.

Recuperación de los sonidos

¿Cuál es mi nueva realidad? He vuelto a conversar, nada de fingir ni apartarme. Oigo bien en reuniones pequeñas, pero no demasiado bien en lugares muy concurridos con mucho ruido ambiental. Los sonidos amplificados siguen siendo difíciles. Pero el sonido del habla ahora es muy parecido a como lo era antes de mi pérdida auditiva; es un poco más robótico, pero puedo reconocer por completo las voces de amigos y familiares (y hasta la de Lester Holt).

Un nuevo audífono en mi mejor oído se sincroniza con mi implante. Esto mejora mi capacidad auditiva general y transmite sonidos directamente a ambos oídos, por lo que puedo conversar por el celular y disfrutar de videos, pódcast y audiolibros. Todo eso me resultaba imposible antes de la operación.

La música, un sonido más sofisticado que el habla, me suena distorsionada. Aunque el entrenamiento intensivo ayuda a algunos usuarios de implantes cocleares con la música, estos están diseñados para la comprensión del lenguaje y del habla, no para Beethoven.

Añoro a Beethoven. Echo de menos oírlo como cuando yo era joven. Pero como todos aprendemos a medida que envejecemos, la vida implica sacrificios. Estaba aislada del mundo que me rodea; ahora estoy de regreso. Eso es suficiente para mí.


Joyce Purnick es una periodista galardonada y excolumnista de The New York Times.