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Relatos de personas que se convirtieron en testigos de la historia

Del asesinato de John F. Kennedy a la muerte de una princesa, individuos que vivieron hechos extraordinarios.

El presidente John F Kennedy y Jacqueline Kennedy en Dallas el día de su asesinato

Bettmann Archive/Getty Images

El presidente John    F. Kennedy y Jacqueline Kennedy en Dallas el día de su asesinato.

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Jenyce Gush era una adolescente que había faltado ese día a la escuela en Dallas. Dean Kahler era un estudiante universitario que iba caminando a clase. Clara Jean Ester era una joven con la esperanza de conocer a un héroe en Memphis. Todas eran personas comunes que vivieron un evento extraordinario. A continuación podrás leer la historia de personas como nosotros que presenciaron la incorporación de una página —o incluso un capítulo— a la historia de nuestro tiempo.

La muerte de un presidente

Jenyce Gush, 73, directora de servicios voluntarios del Centro de Suicidio y Crisis en Dallas, habla sobre el asesinato de John F. Kennedy.

El 22 de noviembre de 1963 una amiga y yo decidimos faltar a la escuela. Sabíamos que el presidente estaba de visita en Dallas y que su caravana pasaría por Lemmon Avenue. Yo tenía 15 años y estudiaba en Rusk Junior High. Toda la ciudad desbordaba de entusiasmo. Era lo más emocionante que jamás hubiera visto. Yo estaba parada al borde de la acera en Lemmon Avenue, con grandes rulos de color rosa en el pelo, cuando vi al gobernador de Texas, John Connally. Y de pronto, ahí estaban ellos, el presidente y la primera dama en una limusina Lincoln descubierta.

Yo estaba maravillada. Vivíamos en plena era de Camelot. Nunca había habido un presidente como John F. Kennedy ni una primera dama como Jackie. Me sorprendió que estuvieran en un auto descubierto, que no hubiera ninguna protección antibalas. Pero en lo que más pensaba era en lo atractivo que era el presidente. Llevaba una camisa a rayas y sus cejas eran muy pobladas. Miré a Jackie, que era la encarnación de la belleza, con el lápiz de labios que hacía juego con su traje rosa. Los saludé con la mano, y entonces los ojos del presidente Kennedy se fijaron en mí, porque me veía ridícula con esos grandes rulos rosas en el pelo. Me saludó con la mano.

Una media hora después de haber visto pasar al presidente, de pronto vi una mujer que gritaba en forma descontrolada frente a lo que en ese entonces era la farmacia Skillern. Gritaba: “¡Lo balearon! ¡Lo balearon!”. Pensé que estaría hablando de algún conocido de ella, un familiar o algo así.

“¿A quién balearon?”, pregunté.

“¡Balearon al presidente!”.

“No, no”, dije. “Lo acabamos de ver”.

Entré a la farmacia Skillern y vi a la gente apiñada frente a un televisor. Nadie hablaba. Todo era surrealista. Entonces escuché a Walter Cronkite pronunciar esas palabras imborrables: “Desde Dallas, Texas, la noticia, aparentemente oficial, de que el presidente Kennedy falleció a la 1 p.m. hora estándar del centro, 2 p.m. hora estándar del este, hace aproximadamente 38 minutos”.

Pensé que eso no podía estar sucediendo. Durante días, fue el único tema de conversación de todos. Fue una época muy oscura para el mundo entero. Mi madre había trabajado antes como mesera para Jack Ruby en el Carousel Club. Así que cuando arrestaron a Lee Harvey Oswald y una cámara de televisión capturó a Jack Ruby cuando le disparaba a Oswald, fue realmente increíble. Al poco tiempo el FBI llamó a nuestra puerta. Yo abrí, y había dos agentes con credenciales de identificación. Me asusté mucho, les cerré la puerta en la cara y corrí a buscar a mi madre, que estaba durmiendo. “¡Mamá!”, dije. “¡Dios mío! ¡Está aquí el FBI! ¿Ustedes mataron al presidente?”. De algún modo, mi mente joven había saltado a esa conclusión. Por supuesto, ella no tenía nada que ver.

En retrospectiva, fue algo que uno nunca imagina que podría pasar, y mucho menos en su ciudad.


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Diana Spencer cuando era niñera de Patrick hijo de Mary Robertson

FOTO DE ARCHIVO DE LA PRINCESA DIANA/GETTY IMAGES

Diana Spencer cuando era la niñera de Patrick, el hijo de Mary Robertson.

La balada de Lady Diana

Mary Robertson, 78, amiga insólita de la princesa, habla sobre el día del funeral.

En 1980, la empresa en la que trabajaba mi esposo, Exxon, lo transfirió a Londres. Antes de partir, una vecina me dio el nombre de una agencia que ella había usado durante su estadía en Londres para encontrar una niñera. Yo iba a trabajar a tiempo parcial en un banco y necesitaba ayuda con Patrick, mi hijo de seis meses. Llegamos a Londres y me comuniqué con la agencia, que se llamaba Occasional & Permanent Nannies. “Aquí hay una”, dijo la mujer al teléfono. “Su nombre es Diana Spencer”. Y esa joven se presentó para una entrevista. Tenía 18 años. El nombre Diana Spencer no significaba nada para mí. Nos conectamos muy bien desde el principio y la contraté de inmediato, sin siquiera verificar sus referencias. Durante todo el año siguiente, Diana vino a mi casa dos días por semana. Teníamos una relación muy íntima. Yo la llamaba Diana y ella me llamaba Sra. Robertson.

Un día encontré un comprobante de depósito de un banco sobre el sofá de la sala. El recibo era de Coutts, el banco de la aristocracia y la familia real. Y el nombre que aparecía era Lady Diana Spencer. Yo sabía que ese era un título importante. Así que tomé el comprobante de depósito y lo llevé al banco donde trabajaba, y allí buscamos “Lady Diana Spencer” en un libro sobre la aristocracia. Parecía simplemente imposible, y una de las empleadas británicas del banco dijo: “Tú eres fantástica. Pero no hay forma de que alguien de su categoría trabaje para una estadounidense común como tú”.

Diana había estado llevando a mi hijo a Kensington para que jugara con la pequeña hija de su hermana. Nunca me dijo que “Kensington” quería decir el Palacio de Kensington, porque su hermana estaba casada con el secretario privado asistente de la reina. Cuando nuestra familia retornó a Estados Unidos, comenzaron a llegar las pequeñas cartas azules por vía aérea. Ella quería compartir lo que estaba sucediendo en su vida y decirnos cuánto nos extrañaba a Patrick y a mí. Por supuesto, yo leía en los periódicos las noticias sobre su relación con el príncipe Carlos. Entonces, un día de febrero de 1981, sonó el teléfono. Era una amiga de Londres. “¡Tu amiga lo logró!”, dijo. Salté literalmente de alegría. Luego, llegó otra nota: “Por supuesto”, decía Diana, “recibirán una invitación para la boda”. Fuimos a la boda y también a una fiesta fabulosa en el Palacio de Buckingham dos días antes. El príncipe Carlos no pudo ser más amable. Yo creí en el cuento de hadas. Pensé que todo iba a salir maravillosamente. Durante el resto de la vida de Diana, nos escribimos y nos vimos cuando pudimos. Yo sabía que ella estaba pasando momentos difíciles. La última vez que la vi fue en un almuerzo privado en el Palacio de Kensington, solo ella, yo y mis dos hijos. La comida no era ideal para niños, pero Diana le cortó el pollo hojaldrado a mi hija Caroline. Caroline se enamoró. Esta era una princesa de verdad.

Una noche, en agosto de 1997, yo estaba despierta a las 2 de la mañana porque habíamos tenido una reunión familiar. Una amiga me llamó: “Mary”, dijo, “enciende el televisor. Diana acaba de morir en un accidente de auto en París”. Yo corrí abajo, puse CNN y miré las noticas durante horas. Todo parecía tan irreal. Nunca sabré quién pensó en invitarnos al funeral. Diana era la única persona de la familia real que conocíamos. Pero recibí una llamada de lord Chamberlain quien me extendió la invitación. El dolor era tan real que podía palparse. Allí, en la Abadía de Westminster, yacía ese pequeño ataúd solitario cubierto con un manto y flores, y la enternecedora nota del príncipe Harry que decía “Mami”. Elton John cantó una canción, y después oímos algo que parecía lluvia. Pero era un soleado día de septiembre. Me di cuenta de que había una multitud de personas fuera de la iglesia, y aplaudían en honor a Diana. Cuando los soldados retiraron el ataúd de la iglesia, hubo un silencio de muerte. Todo lo que se oía era el ruido resonante de sus pasos. Fue verdaderamente desgarrador.

David Patton martillando un trozo del Muro de Berlín

CORTESÍA DE DAVID PATTON

David Patton martilla un trozo del Muro de Berlín.

La caída del Muro de Berlín

David Patton, 58, de Connecticut College, habla sobre el desmoronamiento del muro.

Llegué a Berlín Oeste en septiembre de 1989. Tenía 26 años y estaba completando un doctorado en Cornell University. Era una época de grandes cambios. Las personas estaban tratando de salir de Alemania Oriental. Había manifestaciones de protesta. En octubre, el líder de Alemania Oriental, Erich Ernst Paul Honecker, renunció. Era evidente que algo importante estaba sucediendo, pero nadie hablaba de que fuera a caer el muro. Parecía que para eso faltaba mucho tiempo, si es que llegaba a ocurrir alguna vez. La tarde del 9 de noviembre, yo estaba escuchando una conferencia de prensa. Un funcionario comunista de Alemania Oriental leía una nueva política sobre el modo en que las personas de Alemania Oriental podían salir del país, y el mensaje era confuso. Según lo que decía, parecía que el muro de Berlín se iba a abrir, si bien su intención no era esa. Comenzaron a congregarse multitudes en Berlín Este. Yo estaba en la sección oeste, así que no podía ver esa muchedumbre, pero sabía que la presión iba en aumento. Finalmente, algunos guardias de la frontera abrieron las puertas, y las masas de personas de Berlín Este se volcaron al lado occidental.

A la mañana siguiente fui hasta el muro. Tengo una foto que saqué ese día en la que estoy parado sobre el muro, celebrando. Berlín Oeste estaba lleno de alemanes del este, que fueron recibidos con agrado. Había un ambiente de fiesta. Muchos que venían del este conducían sus autos de Alemania Oriental, los Trabant, que emitían mucho humo. Todo el mundo estaba encantado porque no esperaban ese cambio.

En los días que siguieron el muro se desmoronó, y yo tengo trozos de él. Era fácil distinguir a las personas del este por la ropa que llevaban —no tenían jeans del oeste, por ejemplo— y por el estilo del peinado. Sobresalen pequeños detalles. Recuerdo que los periódicos de Berlín Oeste tenían folletos con mapas gratuitos, porque los mapas de Alemania Oriental mostraban el área de Berlín Oeste como una zona virtualmente desconocida, y los folletos que venían con el periódico les indicaban a los alemanes orientales dónde estaban las calles y cómo desplazarse. Muchos alemanes orientales vieron alimentos que jamás habían visto; se hablaba todo el tiempo de las bananas, porque en Alemania Oriental no se podían conseguir. Me quedé en Alemania casi otros dos años. Terminé mudándome a un apartamento barato y dilapidado en lo que había sido Berlín Este, y me encontraba en Alemania el 3 de octubre de 1990, cuando el país se reunificó. Estaba allí investigando la política exterior de Alemania y pude incluir mis experiencias en mi disertación y, más adelante, en un libro. Lo más importante que recuerdo, en mi opinión, es cuán inesperada fue la caída del muro, con qué rapidez ocurrió y la lección que podemos aprender. Circunstancias que tal vez damos por sentadas pueden cambiar muy rápidamente. El hecho de que las cosas sean como son hoy no quiere decir que serán igual mañana.

Gail Wise junto a su Ford Mustang

FOTO DE JOHN GRESS/CORBIS VÍA GETTY IMAGES

Gail Wise con su Mustang, el primero vendido en Estados Unidos.

El nacimiento del Mustang

Gail Wise, 80, maestra de escuela jubilada, habla sobre una historia de autos que no tiene comparación.

El 15 de abril de 1964 fui con mis padres a Johnson Ford, un concesionario de autos en Cicero Avenue, en Chicago, a comprar un auto nuevo. Yo tenía 22 años y acababa de graduarme del Chicago Teachers College. Había conseguido trabajo en las afueras de la ciudad, pero todavía vivía con mis padres, así que necesitaba un auto para ir a trabajar.

“Quiero un convertible”, le dije al vendedor. “Ven conmigo al salón de atrás”, dijo. “Tengo algo especial que mostrarte”.

Fuimos al salón de atrás y allí estaba este auto, cubierto con una lona. El vendedor retiró la lona y descubrió un maravilloso auto color azul celeste. Se veía pequeño y deportivo, y los asientos eran de estilo butaca. Me enamoré inmediatamente. El vendedor explicó que se suponía que no debía mostrarle ese auto a nadie porque se iba a presentar dos días después. Pero me dejó comprarlo. Era un convertible y tenía todos los accesorios posibles. Pagué $3,447.50. Mis padres me prestaron el dinero. Pasarían muchos años —en realidad, décadas— antes de que me enterara de que había sido la primera persona en comprar un Ford Mustang en Estados Unidos. Ese día, cuando salí del concesionario en mi nuevo auto, la gente me saludaba y me pedía que fuera más despacio para poder ver el auto. Incluso los policías. Al día siguiente, cuando fui en auto al trabajo, los alumnos de 7.o y 8.o grado lo rodearon. ¡Estaban tan entusiasmados! Yo me sentía como una estrella de cine. Le escribí una carta a mi novio, Tom —ahora mi esposo, desde hace 56 años—, y le conté del auto. Él estaba en la Marina, en alta mar, y cuando me contestó me dijo que nunca había oído hablar del Ford Mustang. El 17 de abril, dos días después de comprar el auto, Ford Motor Company presentó el Mustang en la Feria Mundial de Nueva York, en una ceremonia con Lee Iacocca, a quien se lo conocería como “el padre del Mustang”. De pronto, había autos Mustang por todos lados. El modelo se volvió tan popular que Ford no podía mantener el ritmo de fabricación.

Mi marido y yo usamos el auto por 15 años. Un día, él llegó a casa del trabajo y dijo: “algo está mal con el auto”. Lo puso en el garaje y dijo que lo arreglaría “la semana que viene”. Esa semana se convirtió en 27 años. Tom vio que alguien en línea decía ser el primer dueño de un Mustang. Esta persona decía que lo había comprado el 14 de abril de 1964 en Canadá. Yo había comprado el mío el 15 de abril y tenía todos los papeles. Finalmente, Ford verificó que mi Mustang fue el primero que se vendió en Estados Unidos. Tom y yo todavía lo usamos. La compra de 1964 fue una circunstancia casual que se convirtió en una aventura maravillosa. Es como si hubiera ganado la lotería.

Estudiantes huyen de la Guardia Nacional en la Universidad Estatal de Kent

FOTO DE STEVEN CLEVENGER/CORBIS VÍA GETTY IMAGES

El horror de Kent State

Dean R. Kahler, 72, funcionario público y maestro de escuela jubilado, habla de cómo sobrevivió el tiroteo que cambió a Estados Unidos.

Comencé a estudiar en Kent State University en la primavera de 1970, a los 20 años.

Nunca había participado en una manifestación de protesta contra la guerra, porque si trabajabas en una granja o en una fábrica de acero, como lo hacía yo, no había tiempo para esas cosas. Mi padre era veterano de la Segunda Guerra Mundial y yo participaba activamente en mi iglesia. La noche del 30 de abril estaba en un bar en la ciudad de Kent escuchando el discurso del presidente Nixon. Cuando el presidente anunció que las tropas de Estados Unidos invadirían Camboya, el bar explotó en gritos de desaprobación. Parecía que eso iba a ser una expansión de la guerra en vez de una reducción. Los estudiantes, yo incluido, estábamos enojados. Me fui a casa ese fin de semana, y mientras estaba ausente los manifestantes incendiaron un edificio del ROTC. Cuando volví al campus la noche del domingo, el lugar parecía un campamento armado. Había tropas de la Guardia Nacional por todos lados. Fue impactante, porque esta era una zona rural de Ohio, no precisamente un semillero de ideas liberales. Al día siguiente, el 4 de mayo, decidí ir a la manifestación que comenzaría al mediodía. Se habían reunido dos o tres mil personas que gritaban consignas contra la guerra. Las tropas de la Guardia Nacional estaban allí, colocándose las máscaras antigás y los cascos. En cierto momento, algunos de ellos bajaron de un Jeep con un funcionario de la policía del campus que llevaba un altavoz. Si no nos dispersábamos, dijo, la Guardia Nacional nos dispersaría. Eso no fue muy bien recibido. Entonces, los soldados de la Guardia Nacional se colocaron en formación y comenzaron a disparar gases lacrimógenos. Estalló el caos. Yo terminé en un estacionamiento de grava quitándome gas lacrimógeno de los ojos y de la nariz.

Me quedé a unas 100 yardas de los soldados armados. Vi cómo formaban dos líneas, con los rifles y las bayonetas apuntando hacia adelante. Comenzaron a marchar hacia la multitud de estudiantes, que les abrió paso. Las tropas llegaron a la cima de una colina. Yo estaba al pie. Todos ellos se dieron vuelta al unísono y apuntaron sus armas hacia el pie de la colina. Yo pensé: “¡Dios mío! ¡Van a disparar!”.

Me agaché de un salto y me cubrí la cabeza, y de repente escuché que las balas daban en el suelo a mi alrededor, con un sonido sibilante. Entonces sentí algo como una picadura de abeja en la espalda, y sentí que mis piernas se contraían y después se relajaban. Cuando se detuvieron los disparos, hubo un silencio horrible. Después, cuando las personas comenzaron a ver los cuerpos, volvió el caos. La Guardia Nacional había matado a cuatro jóvenes, y había muchos más en el suelo con heridas graves.

Yo terminé en el Robinson Memorial Hospital, aún consciente. Después de una operación quirúrgica, me pusieron en un coma inducido. Cuando desperté, días después, y me enteré de mi suerte, estaba furioso. Pero cuando los médicos me dijeron lo que les habían dicho a mis padres, sentí un agradecimiento sincero por estar vivo. A mis padres les dijeron que rezaran para que yo sobreviviera una hora. Y que si lo hacía, rezaran para que sobreviviera dos horas. Y que si llegaba a sobrevivir doce horas, probablemente viviría.

He vivido 52 años como parapléjico. He tenido una carrera gratificante. Soy corredor en silla de ruedas y en este momento me estoy entrenando para mi tercera maratón. Todavía me siento como cuando desperté en el hospital: agradecido por estar vivo.

Martin Luther King Junior pronunciando un discurso en vísperas de su asesinato

ARCHIVO BETTMANN/GETTY IMÁGENES

El reverendo Martin Luther King Jr., en vísperas de su muerte.

‘He visto la Tierra Prometida’

Clara Jean Ester, 74, una organizadora comunitaria, habla de los últimos momentos de la vida de Martin Luther King Jr.

La iglesia estaba repleta. Había personas de pie en los pasillos del templo Mason. Martin Luther King Jr. estaba en Memphis, pero había una alerta de tornado y le habían aconsejado que se quedara en el Lorraine Motel. Ralph Abernathy sería el orador esa noche. ¡Había tanta gente! Alguien llamó al Dr. King y le dijo: “Estas personas no han venido a escuchar a Ralph. Vinieron a escucharlo a usted. Debe vestirse y venir hasta aquí”.

Yo estaba en el penúltimo año de estudios en LaMoyne College en Memphis y participaba muy activamente en el movimiento. En ese momento había una huelga de basureros, y el Dr. King había venido a liderar una protesta no violenta en apoyo de los trabajadores. Cuando fue a hablar al templo Mason esa noche, el 3 de abril de 1968, yo estaba allí. Nadie podía saber que ese sería el último discurso que pronunciaría. Comenzó a hablar sobre la historia de su vida. En retrospectiva, fue como si estuviera haciendo su propio panegírico. Dijo que sabía que había habido amenazas contra su vida, pero que eso no importaba. “Porque he llegado a la cima de la montaña”, dijo, “y he visto la tierra prometida. Puede que no llegue allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, llegaremos a la tierra prometida”. La sensación en la iglesia cuando pronunció esas palabras fue indescriptible.

Al día siguiente, el Dr. King almorzó bagre en el Lorraine Motel, y el compañero organizador James Orange dijo que el bagre estaba tan bueno que quería invitar a todos. Yo estaba en el templo Clayborn. Con el auto lleno de personas, fui hasta el Lorraine Motel. Al llegar, nos dirigimos a la entrada del vestíbulo. El Dr. King salió de su habitación (a un balcón justo encima de nosotros), y yo podía ver que estaba hablando con algunas personas y sonriendo. Alguien le dijo que volviera a entrar y buscara un abrigo porque a la noche iba a refrescar. Él se dio vuelta, pero Ralph Abernathy lo detuvo y dijo que él buscaría el abrigo.

De repente, oí lo que parecía la explosión del tubo de escape de un camión y gente que gritaba: “¡Al suelo! ¡Al suelo!”. Subí corriendo las escaleras. El Dr. King yacía de espaldas. Traté de tomarle la muñeca para sentir el pulso. Yo estaba del lado de la herida. El Dr. King estaba perdiendo mucha sangre. Podía ver que su pecho se elevaba, y pensé que esa era una buena señal. Todavía está vivo.

Sus ojos estaban abiertos y miraban hacia arriba. Yo no podía pensar más que en su discurso de la noche anterior, cuando había dicho: “Puede que no llegue allí con ustedes”. Pronto llegó la policía y la ambulancia con la camilla. La policía no nos dejó irnos, y mientras yo esperaba allí nos llegó la noticia de que el Dr. King había muerto. No hablé sobre eso durante mucho tiempo. Nunca volví al Lorraine Motel hasta que se convirtió en museo. Reconstruí mi vida y seguí adelante. Cada año, honro a Martin Luther King Jr. en el día se su cumpleaños porque él fue un regalo de Dios. Cada 4 de abril, lo lloro, porque nos arrebataron ese regalo.


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Aficionados reaccionan al jonrón de Bobby Thomson

ARCHIVO BETTMANN/GETTY IMÁGENES

Los fanáticos reaccionan a la explosión histórica de Bobby Thomson.

‘¡Los Giants ganan el Banderín!’

George Hirsch, 87, editor fundador de la revista New York y presidente de New York Road Runners, habla del máximo jonrón en béisbol.

El 3 de octubre de 1951, mis amigos y yo —un grupo de jóvenes de 17 años— estábamos sentados en el aula en New Rochelle High School, al norte de la ciudad de Nueva York, aburridos y frustrados. Esa tarde, en el estadio Polo Grounds de Manhattan, los Dodgers de Brooklyn se enfrentaban con los Giants de Nueva York en un partido que decidiría el banderín de la Liga Nacional. Es imposible exagerar la importancia que tenía el béisbol en esa época en la cultura de Estados Unidos. Ni cuán importante era para nosotros. Mis amigos y yo tuvimos una gran idea. ¿Qué estamos haciendo aquí en clase? ¡Salgamos a la calle! Nos escapamos de la escuela y nos dirigimos al estadio de béisbol. Nueva York era el centro del universo del béisbol. Durante toda la temporada, los Dodgers habían mantenido un liderazgo sólido sobre los Giants. Pero los Giants salvaron la temporada con una serie de 16 victorias. Increíblemente, la temporada regular terminó en un empate. Yo era fanático de los Dodgers, y sus jugadores eran mis héroes: Jackie Robinson, Duke Snider, Gil Hodges, Carl Furillo.

Hicimos fila durante dos horas para comprar los boletos, que costaron $2 cada uno. El partido estaba tan parejo que los más de 34,000 espectadores contenían el aliento en cada lanzamiento. Pero en la octava entrada, Sal Maglie, el lanzador de los Giants, empezó a fallar, lo que permitió que los Dodgers se pusieran a la cabeza 4 a 1. Debo admitir que celebré prematuramente. Al final de la novena entrada, los Giants marcaron una carrera y tenían dos hombres en la base cuando Bobby Thomson entró a batear. El bateador siguiente era Willie Mays, el novato de 20 años cuyo nombre después le daría yo a mi hijo. Los Dodgers hicieron ingresar a Ralph Branca para reemplazar a Don “Newk” Newcombe, quien había estado en el partido desde el principio. El primer lanzamiento de Branca fue una bola rápida por el centro. Thomson no se movió. Eran las 3:58 p.m. En su novela Underworld, Don DeLillo describe el siguiente lanzamiento de Branca: “No es un buen lanzamiento para golpear, hacia arriba y adentro, pero Thomson hace un swing y golpea la pelota como si su bate fuera un hacha de guerra, y todos, todos miran”.

 “Lo único que recuerdo es la absoluta sorpresa”, cuenta mi amigo Steve Goddard, que estaba sentado junto a mí en ese momento. “Y entonces, comencé a llorar”. Mi amigo Buster Grossman, también sentado a mi lado junto con Greg Dillon, otro amigo, recuerda escuchar de una radio cercana el ahora famoso estribillo del locutor Russ Hodges: “¡Los Giants ganan el banderín! ¡Los Giants ganan el banderín! ¡Los Giants ganan el banderín!”. Todos observamos con admiración a Thomson, que recorrió las bases saltando. Ese día salí del Polo Grounds con la sensación de que me había alcanzado un rayo. Desde entonces, el jonrón de Bobby Thomson se ha conocido como el golpe que se oyó alrededor del mundo. Hoy, más de 70 años después, todavía soy amigo de los tres muchachos con quienes fui a ver el partido. Mi esposa, Shay, ya fallecida, me dio una foto autografiada de Thomson y del lanzador Branca, que está colgada en mi oficina. Me acuerdo de esa noche, cuando volví a casa después del partido. “Algún día lo superarás”, dijo mi padre. Sí, a lo mejor algún día lo haga.

Bomberos limpian la costa de Alaska tras el derrame de petróleo del Exxon Valdez

JEAN-LOUIS ATLAN/SYGMA VIA GETTY IMAGES

Este es el gran desastre

Gary Shigenaka, 68, científico emérito de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), habla del derrame del Exxon Valdez.

El 24 de marzo de 1989 estaba trabajando en las oficinas de la NOAA en Seattle cuando escuché una conmoción en el pasillo. Integrantes de la División de Respuesta a Sustancias Peligrosas se movían con rapidez y algo de pánico, y escuché que el jefe del grupo decía: “Este es el gran desastre”. Ahí fue cuando me enteré de que el superpetrolero Exxon Valdez había encallado frente a la costa de Alaska. Los miembros del equipo de sustancias peligrosas fueron despachados como primeros intervinientes, y mi grupo de investigación científica los siguió enseguida. El Gobierno federal no es famoso por moverse con rapidez, pero en un tiempo increíblemente corto, la NOAA tomó un viejo barco de inspección hidrográfica que estaba fuera de uso, el Fairweather, equipado para recolectar información para cartas náuticas, y lo convirtió en una embarcación de investigación científica. En mayo volé desde Seattle para reunirme con el barco en Cordova, Alaska, y allí comenzó nuestra misión. La primera vez que comprendí la magnitud de esta catástrofe fue al ver al Exxon Valdez, que había sido transportado desde Bligh Reef, donde había encallado, hasta un punto de anclaje frente a Naked Island. El barco medía más de tres canchas de fútbol americano.

En esta impoluta masa de agua se habían derramado once millones de galones de petróleo crudo. Al mirar la costa del estrecho Prince William uno se preguntaba cómo podría recuperarse esa naturaleza alguna vez. Mi equipo comenzó su trabajo, desplazándose por la bahía en una lancha y recogiendo muestras de agua y peces. Al principio de nuestra tarea en 1989, los integrantes del equipo a bordo del Exxon Valdez observaron que bancos de peces entraban a un espacio de carga que alguna vez había contenido petróleo, pero que se había abierto. Yo fui parte del grupo que subió a bordo del barco para capturar estos peces y estudiarlos. Una de las cosas más importantes que descubrimos fue que nuestros métodos de limpieza no estaban dando el resultado que habíamos esperado. Necesitábamos investigación científica, y comencé un programa para estudiar cómo se recuperaban las costas, no solo de la exposición al petróleo, sino también de las medidas que habíamos tomado para remediarlo. Es por eso que, en efecto, el Exxon Valdez marcó la dirección de mi carrera durante los 20 años siguientes, cuando me dediqué a estudiar cómo podíamos responder mejor a los derrames en hábitats naturales. Esas investigaciones —no solo mías, sino también de muchos otros— cambiaron la manera en que los primeros intervinientes hacen su labor.

Tengo una colección de recuerdos del Exxon Valdez, incluidas las copas que se usaron durante el bautismo de la nave, que tienen grabada la leyenda “Exxon Valdez, September 20, 1986” y un frasco de petróleo crudo recogido en una playa de Alaska. Cuando miro hacia atrás, me asombra ver cuánto se ha recuperado el ecosistema de Alaska. Quien vaya ahora y recorra en kayak las costas del estrecho Prince William no hallará ningún indicio de que allí ocurrió esta catástrofe. La resiliencia del mundo natural continúa siendo mi inspiración.

A.J. Baime escribe para The Wall Street Journal. Autor de siete libros, su obra más reciente es White Lies: The Double Life of Walter F. White and America’s Darkest Secret.