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Vida de jubilados con un toque universitario

Las comunidades universitarias ofrecen servicios únicos para los adultos mayores y fuentes de ingresos para las escuelas.


spinner image Mujer leyendo en una biblioteca
ASISEEIT/GETTY IMAGES

| Karen Busch hace un hueco para una conversación entre clases y un concierto en la Universidad Estatal de Arizona (ASU), donde es estudiante, pero no una estudiante convencional.

Busch tiene 79 años, está jubilada y vive en Mirabella, en ASU, una elegante comunidad de 20 pisos que se inauguró a finales del 2020 en el campus de Tempe. Los residentes de Mirabella pueden aprovechar las clases, la cultura, las actividades extracurriculares y hasta los proyectos de investigación de la bulliciosa universidad.

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“No estoy lista para dejar de aprender”, dice Busch, que trabajó como administradora en otras universidades y cuyo difunto marido era profesor de Sociología en la Universidad Estatal de Míchigan.

Recuerda que otro residente le dijo: “El día que empecemos a jugar al bingo será el día en que me vaya. Y de eso se trata”, dice Busch. “No se trata simplemente de encontrar cosas que hacer. Se trata de aprender y descubrir cosas y maneras de seguir, de una u otra manera, contribuyendo al mundo”.

Mirabella es una de las más llamativas de una oleada de comunidades de cuidados continuos para jubilados establecidas en universidades, también conocidas como CCRC, comunidades de cuidados continuos o comunidades de plan de vida. Hay más de 100 centros de este tipo que funcionan en los campus universitarios o cerca de ellos, en 30 estados, y hay varias más en desarrollo. Entre ellas se encuentran Vi en Palo Alto, junto al campus de Stanford, en California; Kendal en Oberlin, en Ohio; University Place en Purdue y Holy Cross Village cerca de Notre Dame, en Indiana; Lasell Village en la Universidad de Lasell en Newton, Massachusetts; Capstone Village en la Universidad de Alabama; The Woodlands en Furman, junto a la Universidad de Furman en Greenville, Carolina del Sur; y Oak Hammock en la Universidad de Florida.

Entre los proyectos más recientes están The Spires en Berry College, en Rome, Georgia, que se inauguró en el 2020; Legacy Pointe en la Universidad de Florida Central, que debutó en el 2021; y Broadview Senior Living en Purchase College, en Purchase, Nueva York, cuya inauguración está prevista para el otoño del 2023.

Otros, como The Forest en Duke, en Carolina del Norte, y Longhorn Village en la Universidad de Texas, se están expandiendo. Mirabella se vendió por completo antes de que se terminara la construcción (aunque vuelve a haber vacantes para algunos estilos de apartamentos), y muchas otras comunidades de jubilados relacionadas con universidades tienen listas de espera.

Una universidad ofrece muchas opciones

Al igual que los típicos centros residenciales de atención, muchas de estas comunidades en campus ofrecen una combinación de unidades de vida independiente, vida asistidaapoyo a la memoria y atención de enfermería especializada. También tienen un modelo de precios similar: cobran una alta cuota de entrada y pagos mensuales. Lo que las distingue es la variación en el grado de conexión con las escuelas asociadas.

Los residentes tienen fácil acceso y entrada gratuita o a precio reducido a las producciones musicales y teatrales del campus y a los eventos deportivos. En algunas comunidades, pueden asistir a clases cuando hay espacio disponible o matricularse completamente en algunos cursos sin costo alguno. En otras, se invita a los residentes a dar clases o se les asigna como mentores de estudiantes.

Los posibles ocupantes no tienen que ser exalumnos de las instituciones asociadas, aunque muchos lo son. Longhorn Village tiene su propia sección del club de exalumnos Texas Exes; aproximadamente una cuarta parte de los residentes de Vi en Palo Alto fueron a Stanford o trabajaron ahí.

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Amber Henninger, residente de Vi, es exalumna de Stanford, al igual que su difunto marido. Ataviada con una camiseta de Stanford, zapatillas deportivas y aretes de color rojo Stanford, conduce a un visitante bajo el vestíbulo de techos altos del edificio, con su piano de cola frente a las ventanas que van del suelo al techo; se acomoda en una sala de café llena de sol; y describe por qué se mudó aquí.

“La gente necesita tener un propósito en la vida”, dice Henninger, que a sus 88 años acude a los partidos de baloncesto y fútbol en casa, trabaja como acomodadora en los actos de la universidad y asiste a todas las conferencias que puede de las seis al mes que se imparten en el auditorio de Vi. “La jubilación iba a ser la siguiente etapa de la vida. No iba a ser el fin de la vida. Y conectarte con una universidad te da muchas opciones”.

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El estilo de vida colegial es atractivo no solo para los exalumnos, sino para los jubilados en general, dice Paul Riepma, que, como vicepresidente sénior de Ventas y Mercadeo de Pacific Retirement Services, promotor sin fines de lucro, ayudó a dirigir el proyecto Mirabella.

“Estamos viendo un nuevo movimiento en el que los baby boomers quieren más de lo que yo llamaría experiencias de jubilación no tradicionales”, dice.

Para Linda Cork, profesora jubilada de Stanford, “la verdadera cuestión es en qué tipo de comunidad quieres vivir”.

Cork también escogió Vi en Palo Alto.

“Se trata de con quién quieres hablar el resto de tu vida”, dice. Sus compañeros de residencia “quieren estar mentalmente activos. No significa que no tengamos grupos de bridge y canasta y mah-jongg, pero también están muy interesados en la vida de la mente”.

Las escuelas reciben un flujo de ingresos

Desde el punto de vista de las universidades, los beneficios son más pragmáticos. La matriculación de estudiantes de edad tradicional está cayendo en picada, con un descenso de 4 millones en los últimos 10 años, según el National Student Clearinghouse Research Center. Los datos del censo de EE.UU. muestran que las personas de 65 años o más son el grupo de edad que está creciendo más rápidamente en el país.

“Las universidades deben diversificarse, y si dependen principalmente de la matrícula, tienen que encontrar otras fuentes de ingreso”, dice Tom Meuser, director del Center for Excellence in Aging and Health en la Universidad de Nueva Inglaterra.

Aunque la población estudiantil esté disminuyendo, muchas universidades tienen algo más en abundancia: bienes inmuebles.

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Convertir esas propiedades en viviendas para jubilados puede generar ingresos considerables, de los cuales las universidades obtienen una parte, a través de acuerdos de arrendamiento con promotores inmobiliarios o de la propiedad directa de los centros.

Las cuotas de entrada de Mirabella en ASU, una empresa conjunta entre Pacific Retirement Services y una organización sin fines de lucro afiliada a la universidad, oscilan entre $450,000 y $2 millones, según el tamaño del apartamento, y las mensualidades son de $4,500 a $5,000. Lasell cobra entre $460,000 y $1.45 millones por la mudanza y cuotas mensuales de entre $4,800 y más de $11,000. Una unidad de un dormitorio en Vi, en Palo Alto, costará en el 2023 a partir de algo más de $1 millón, con un costo mensual de $5,770.

Las universidades con comunidades de jubilados asociadas también pueden obtener beneficios en la recaudación de fondos. Según algunos contratos de CCRC, las cuotas de ingreso son reembolsables, al menos parcialmente, a la herencia del residente cuando este fallece. Al compartir sus campus con adultos mayores, muchos de ellos exalumnos o profesores jubilados, las escuelas podrían disfrutar de legados potencialmente generosos de esas devoluciones.

“Esta estrategia ayuda a fomentar la lealtad de los exalumnos y a expandir las maneras en las que estos pueden conectarse con su alma mater, y también hay oportunidades de desarrollo para las universidades”, dice Brian Carpenter, profesor en la Universidad de Washington en St. Louis, quien estudia psicología del envejecimiento.

Un beneficio para todos

Las comunidades también pueden servir como laboratorios para que las universidades estudien el envejecimiento y proporcionar experiencia laboral a los estudiantes que se gradúan en carreras que sirven y apoyan a una población que envejece.

“La sinergia está aquí”, afirma Meuser.

Por ejemplo, ClarkLindsey Village en Urbana, Illinois, aunque no está afiliado a la cercana Universidad de Illinois, invita a profesores y estudiantes a realizar investigaciones en el lugar. Los académicos tienen acceso a adultos mayores a los que pueden estudiar, y el centro recibe sugerencias para mejorar.

Gracias a estas relaciones, los centros conectados a una universidad proporcionan “un beneficio para todos”, dice Jim Haynes, presidente de la National Continuing Care Residents Association, que defiende a los residentes de las CCRC y a sus familias.

Busch, en Mirabella, piensa lo mismo.

“Puedo ir a cenar todas las noches, y nos sentamos a hablar ahí y nos preguntamos: ‘¿Qué estás haciendo estos días?’. Y alguien contestará: ‘Acabo de ir a una conferencia fascinante’”, dice. “He aprendido mucho aquí”.

Jon Marcus es el redactor de temas de educación superior de The Hechinger Report y escribe para The Washington Post, The New York Times y otras publicaciones.

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