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A un conductor de trenes en Nueva York le hacen falta los rostros familiares

A Paul Kempner le enorgullece prestar servicio a los trabajadores esenciales.

In English | Crecí en Nueva York, donde todo es ajetreo y bullicio. Siempre tuvimos que navegar entre multitudes, ya sea que camináramos por las calles o montáramos en trenes. Y así es como era en mi trabajo antes de la pandemia. Durante las horas pico, más de 700 personas viajaban en mis trenes. Soy revisor de tren en la línea de Hudson desde Grand Central Station. Ahora eso ha bajado a unas 60 personas, y la caída en la cantidad de pasajeros ocurrió de la noche a la mañana. Parecía surrealista.

Cuando los trenes estaban más llenos, los recorridos se sentían mucho más rápidos porque siempre me estaba moviendo. Esto es muy distinto de ser un conductor en el transporte público. Patrullamos los trenes, recogemos boletos, vendemos boletos, operamos las puertas, anunciamos los destinos para que todos sepan a dónde vamos, y ayudamos a la gente a subir y bajar del tren. Hacemos que las personas se sientan seguras. Acabo de empezar mi 22.º año y de verdad he llegado a conocer a los pasajeros. Aquellos con quienes hablo a diario se convirtieron en mi familia del tren.


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Pero ahora mismo no los veo y me hacen falta. Personas como Bert, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, o una niña cuya madre y padre se turnaban para llevarla a la escuela, cerca de la calle 125 en Harlem. Yo siempre le dibujaba una carita feliz en su comprobante de asiento. Me pregunto lo grande que estará la próxima vez que la vea. Hay una pasajera con quien me he mantenido en contacto durante este período: la señora Kessler, una abogada de más de 90 años que todavía iba a trabajar en Manhattan casi todos los días. Ella regresaba a casa en mi último tren del día, así que yo sostenía sus maletines y la ayudaba a caminar por la plataforma. Por ahora no va a la ciudad, pero habíamos intercambiado números de teléfono y nos enviamos mensajes de texto todo el tiempo. Supe de ella ayer.

“La caída en la cantidad de pasajeros ocurrió de la noche a la mañana. Parecía surrealista”.

— Paul Kempner

No conozco muy bien a los pasajeros actuales del tren. Y las conversaciones son limitadas debido al distanciamiento social. El ambiente también es distinto. Pero todavía me enorgullece el trabajo que hago, transportar a la gente del punto A al punto B de la manera más segura posible y a tiempo. Y sigo tratando a la gente de la manera que quisiera que me trataran; los ayudo a sentirse cómodos y quizás hasta los hago sonreír detrás de sus mascarillas. Desde ese punto de vista, el trabajo no ha cambiado.

Pero el virus sí cambia las cosas. La gente está falleciendo. Y si empezara a reflexionar demasiado sobre eso, me enloquecería. Solo intento no tener miedo. Algo que dice mi esposa es que independientemente de lo mucho que planifiques, podría pasar cualquier cosa en un abrir y cerrar de ojos; podrías empezar a cruzar la calle y, Dios no lo quiera, te atropella un auto. Por eso simplemente acepto y me adapto a lo que sucede ahora mismo y sigo adelante.

— Según relatado a Marilyn Milloy

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