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Voluntarios del Cuerpo de Paz, inactivos por la pandemia, colaboran con la vacunación

Seis voluntarios que debieron regresar del extranjero ayudan a combatir la COVID-19 en el país.

Voluntarios de los cuerpos de paz. Arriba: Judy Jones, Elizabeth Burke, David Mayo. Abajo: hil Rivers, Alexander Philiphose, Vishakha Wavde

MISTY KEASLER/REDUX

Fila superior, de izq. a der.: Judy Jones, Elizabeth Burke, David Mayo. Fila inferior, de izq. a der.: Phil Rivers, Alexander Philiphose, Vishakha Wavde.

In English | Cuando el presidente John F. Kennedy creó el Cuerpo de Paz en 1961, la idea era que los jóvenes recién egresados de la universidad responderían a su llamado "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tú puedes hacer por tu país". Sesenta años más tarde, un pequeño pero dedicado grupo de adultos mayores también se han convertido en voluntarios para servir a personas necesitadas en todo el mundo.

Desde Belice hasta Nigeria, hasta Albania, hasta Ghana, el trabajo de aproximadamente 7,000 voluntarios del Cuerpo de Paz en 61 países se interrumpió abruptamente en marzo del 2020, cuando la pandemia de COVID-19 obligó a la organización a evacuar a todos sus trabajadores en el terreno. De esos voluntarios, 232 —el 3.4% del total que componen el Cuerpo de Paz— eran mayores de 50 años.

Aunque muchos de los voluntarios evacuados permanecen en su hogar en espera de que se levante la suspensión de trabajo del Cuerpo de Paz en el extranjero, algunos han encontrado otra manera de prestar servicio. Desde finales de mayo, 158 voluntarios han sido enviados a Illinois, Maine, Maryland, Nueva Jersey y Oregón para colaborar con la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) en las tareas de vacunación contra la COVID-19. Algunos trabajan en centros de vacunación móviles en comunidades de difícil acceso, otros ayudan a organizaciones comunitarias a brindar información a aquellos que todavía no se han vacunado.


Para información actualizada sobre la COVID-19 visita aarp.org/ElCoronavirus


Esta no es la primera vez que el Cuerpo de Paz y FEMA se alían para ofrecer un servicio público. En el 2005, 270 voluntarios respondieron al llamado de ayuda con la operación de asistencia de FEMA en la costa del Golfo después del huracán Katrina.

Lo que tal vez muchas personas no sepan es que no existe un límite de edad máxima para unirse al Cuerpo de Paz. A continuación incluimos seis inspiradores perfiles de adultos mayores que respondieron al llamado de servir en el Cuerpo de Paz en el extranjero, y ahora continúan su servicio en nuestro país.


Alexander Philiphose

MISTY KEASLER/REDUX

Alexander Philiphose, 80 años, Longboat Key, Florida.

Aún ayuda a los 80 años

Fue maestro misionario en Nigeria, enfermero en Massachusetts, quiropráctico, especialista en cuidados para adultos mayores en el estado de Maine y dueño de una agencia de cuidados en el hogar. Pero Alexander Philiphose no estaba preparado para tomarse la vida con calma, incluso después de “jubilarse” en Longboat Key, en la costa oeste de Florida.

"Quería hacer algo diferente”, dice Philiphose, quien a sus 80 años es el voluntario de más edad del Cuerpo de Paz. “Quería saber si podía hacerlo, aprender un nuevo idioma, viajar a otro país, a una cultura distinta".

Philiphose fue destinado a Zambia, un retorno a África después de muchas décadas. Nacido en la India, trabajó en la escuela de una misión católica en Nigeria al poco tiempo de graduarse de la universidad. Allí conoció a un grupo de jóvenes voluntarios del Cuerpo de Paz. Después de dejar Nigeria, obtuvo una beca para cursar estudios de posgrado en Boston College, donde conoció a su esposa, y se quedó en Estados Unidos.

"Quiero hacer todo lo que pueda para ayudar al resto de la población. No estaremos seguros todos hasta que no esté vacunado todo el mundo".

— Alexander Philiphose

Ante la pregunta obvia de si no le preocupaba la posibilidad de no superar a su edad los requisitos físicos para ser voluntario del Cuerpo de Paz en áreas rurales de África, Philiphose dice que estaba un poco ansioso, pero no preocupado. “Aún practico cada día. Caminé tres millas esta mañana”, dice, pocos días antes de unirse al equipo de respuesta contra la COVID-19 de FEMA en Nueva Jersey. Al preguntarle lo que opinaban sus dos hijos acerca de que su padre octogenario se hubiera alistado en el Cuerpo de Paz, Philiphose dijo que no se opusieron. “Se sorprendieron mucho, pero dijeron 'tú nos dejaste hacer lo que quisimos en nuestra vida, así es que quiénes somos nosotros para decirte que no hagas esto'".

Philiphose considera que es algo positivo que los adultos mayores se unan al Cuerpo de Paz. “Les insisto que deben buscar más personas con experiencia. Hay muchas personas de 80 años saludables en el país que podrían ayudar. Todos debemos ayudar".

Mientras estuvo en Zambia ayudó a los médicos en una pequeña clínica a 65 millas de Lusaka, la capital del país. Su principal enfoque fue conseguir que más personas se realizaran la prueba y recibieran tratamiento para el VIH, y luego ayudarlas a cumplir con el tratamiento para evitar que enfermaran. Philiphose ve la conexión entre ese trabajo y ayudar a FEMA a convencer a tantas personas como sea posible de vacunarse contra la COVID-19.

"Hicimos algo muy parecido al insistir que los zambianos se hicieran la prueba para averiguar si su resultado era positivo o negativo y poder recibir tratamiento”, dice. “Este es un gran problema en Zambia porque las personas no quieren saber. Prefieren enfermar porque no quieren ser víctimas del estigma asociado con el VIH".

Philiphose quiere hacer todo lo que esté en sus manos para combatir la renuencia a vacunarse en Estados Unidos. “Sabemos que la vacuna funciona porque más del 50% de la población ya la ha recibido”, señala. "Quiero hacer todo lo que pueda para ayudar al resto de la población. No estaremos seguros todos hasta que no esté vacunado todo el mundo".


Vishakha Wavde da un discurso a estudiantes que se graduan

Cortesía de VISHAKHA WAVDE

Vishakha Wavde, de 50 años, Shorewood, Illinois, habla en la graduación de una escuela secundaria en África como invitada de honor.

Un sueño hecho realidad

Aprender las costumbres y la cultura de un país nuevo y muy distinto es una de las cualidades que distinguen a un buen voluntario del Cuerpo de Paz. Para Vishakha Wavde, entrar en ese mundo fue como revivir lo que experimentó cuando tenía 20 años y emigró de la India a Estados Unidos.

Cuando era joven, Wavde respondió a un anuncio en un periódico estadounidense que buscaba fisioterapeutas. Casi tres décadas más tarde, la residente del área de Chicago aún recuerda cómo fue ver todo desde la perspectiva de una recién llegada, y eso ha hecho que sea más fácil para ella respetar las costumbres y los valores de las personas a las que intenta ayudar.

Fue la experiencia de Wavde con una clienta de fisioterapia que había sido voluntaria del Cuerpo de Paz lo que le dio la idea de incorporarse. “Conocerla y saber lo que había hecho —retribuir a una comunidad— me afectó profundamente, y me dije que algún día me gustaría poder hacer lo mismo. Fue como si se encendiera una chispa en mi corazón".

Vishakha Wavde

MISTY KEASLER/REDUX

"Finalmente, cuando estaba por cumplir 50 años, pensé: '¿Sabes qué? Es ahora o nunca'".

— Vishakha Wavde

Wavde empezó a trabajar como voluntaria en bancos de alimentos locales, bibliotecas, “en cualquier lugar donde necesitaran ayuda”. Pero siempre regresaba a la idea del Cuerpo de Paz y a la insistente voz en su cabeza que le decía que debía hacerlo. Cada pocos años abría la página web del Cuerpo de Paz pero pensaba este no es el año, y la vida continuaba. "Finalmente, cuando estaba por cumplir 50 años, pensé: ¿Sabes qué? Es ahora o nunca”, dice Wavde.

Presentó su solicitud y en el 2019 se convirtió en asesora de salud comunitaria en Kabadula, Malaui, en el sureste de África. Ella y otros en su grupo de voluntarios ayudaban a personas a aprender a prevenir la malaria y el VIH. Organizaban partidos de fútbol y otras actividades —como demostraciones de cocina, por ejemplo— para promover la vida saludable y la nutrición en esas comunidades.

Un año después de ser evacuada debido a la pandemia, Wavde todavía recibe informes de Kabadula y cree que marcó una diferencia a pesar de que su labor se vio interrumpida. “Me dicen que continúan haciendo lo que les enseñamos, como usar las estaciones de lavado de manos que construimos. Algunos de los maestros me dicen que los alumnos todavía se acuerdan de mí".

Wavde es una de las pocas personas voluntarias del Cuerpo de Paz que están casadas. Dice que su esposo la ha apoyado totalmente, así como su decisión de incorporarse al esfuerzo de vacunación. Por eso no sorprende que esté ansiosa por regresar a Malaui o a otro país donde la necesiten. Hasta es posible que presenten su solicitud como pareja.

"Siento que el Cuerpo de Paz representa la persona que soy ahora y que formará parte de mí durante el resto de mi vida".


Phil Rivers

MISTY KEASLER/REDUX

J. Phillip Rivers, 68 años, Springfield, Virginia.

Inmersión cultural

J. Phillip Rivers tenía 10 años cuando JFK era presidente y se quedó impresionado con la visión de Kennedy para un Cuerpo de Paz.

"Pero suceden cosas, la vida se complica”, dice Rivers. Nunca llegó a incorporarse, pero el deseo de servir siempre permaneció con él. “Unos tres años antes de jubilarme, empecé a pensar en ello".

Después de jubilarse como gerente del Servicio de Impuestos Internos (IRS), Rivers, de 68 años, que vive en Springfield, Virginia, presentó su solicitud para viajar a Ghana como maestro de matemáticas de educación secundaria. Estaba especialmente interesado en ir a un lugar “que no estuviera en un país occidental. Quería experimentar una cultura distinta".

Estaba un poco preocupado porque nunca había enseñado. “En el IRS había impartido algunas clases de capacitación”, indica Rivers. “Pero hacía más de 50 años que no era niño. No sabía cómo piensan los niños en la actualidad, especialmente en una cultura que desconozco. Ese fue uno de los mayores retos que enfrenté al enseñar ahí".

"Me llamaban papá o abuelo. Creo que me respetaban más por mi edad avanzada".

— J. Phillip Rivers

Pero los niños y los adultos mayores del pueblo al que fue enviado fueron muy hospitalarios, dice Rivers. Y curiosos. “A los niños pequeños les gustaba tocar mi piel”, dice Rivers, que es blanco. “Me preguntaban por qué mi piel era así”. Los aldeanos también me preguntaban acerca de los conflictos raciales en Estados Unidos. Querían saber cómo trataban a las personas negras.

Rivers era el miembro de más edad del grupo del Cuerpo de Paz con el que se entrenó en Ghana. “Creo que ser una persona mayor fue mejor para mí, especialmente en Ghana. Allí sienten veneración por los adultos mayores”, dice Rivers. "Me llamaban papá o abuelo. Creo que me respetaban más por mi edad avanzada".

Tiene la esperanza de haber marcado una diferencia. “¿Quién sabe? Tal vez dentro de 10 años descubriré que uno de los alumnos se sintió inspirado a continuar sus estudios e ir a la universidad”, dice. “Creo que he logrado una de las metas del Cuerpo de Paz, el intercambio de culturas".

Cuando se enteró de la solicitud de servicio para las tareas de vacunación, Rivers dijo que quiso hacerlo para saber que había cumplido su compromiso consigo mismo de servir. Ahora trabaja en el condado de Peoria, Illinois, donde difunde el mensaje sobre la importancia de la vacunación y enseña a las personas dónde pueden vacunarse.

Un fin de semana fueron al complejo deportivo Louisville Slugger con la esperanza de combinar el béisbol con las vacunas. “Informamos al público que se estaban administrando vacunas allí mismo”, indica Rivers. Tuvo al menos un éxito: habló con una madre que estaba allí con su hija, la que aún no se había vacunado y decidió vacunarse allí en el complejo. Algunos de sus compañeros voluntarios han estado trabajando con pastores locales para ayudar a establecer clínicas de vacunación en sus centros de culto.

"Estamos tratando de llegar a las personas que no han sido vacunadas”, añade Rivers.


Judith Jones y otra voluntaria enseñando a niños en un salón de clases

Cortesía de JUDITH JONES

Judith Jones, de 60 años, de Queens, Nueva York, con otra voluntaria, enseña a niños en una clase en Belice durante su servicio en el Cuerpo de Paz.

Decidida a prestar servicio

Cuando Judith Jones, una maestra de escuela jubilada de la ciudad de Nueva York, presentó por primera vez su solicitud al Cuerpo de Paz, fue rechazada por motivos de salud. Tenía problemas de espalda, “igual que todas las personas de mi edad”, dice Jones, de 60 años. Jones podría haber encontrado otra manera de servir. Pero no estaba lista para darse por vencida.

"Soy ese tipo de persona. Cuando alguien me dice que no puedo hacer algo, me esfuerzo más”, dice. Después de investigar un poco, encontró una organización que defiende a personas con discapacidades, donde la aconsejaron sobre cómo defender su caso y la animaron a volver a presentar su solicitud. Pero en lugar de recibir una asignación tradicional de dos años, Jones fue aprobada para ser voluntaria del equipo de respuesta del Cuerpo de Paz en Belice. El equipo de respuesta envía voluntarios a ocupar puestos a corto plazo a países que tienen necesidades muy específicas. El programa comenzó como una unidad de respuesta ante crisis que podía llegar en paracaídas hasta áreas de desastres naturales; posteriormente se expandió y ahora responde a necesidades inmediatas en todo el mundo.

Las habilidades de Jones coincidían perfectamente con lo que pedían las autoridades de Belice. Necesitaban ayuda para entrenar a maestros para enseñar a niños con dificultades en aprender a leer. Era como si la descripción del puesto hubiera sido escrita específicamente para ella, que había pasado más de una década de su carrera educativa como instructora de lectura y escritura.

Judith Jones

MISTY KEASLER/REDUX

"Me gusta hacer todo lo que está en mis manos para ayudar a las personas a mantenerse saludables".

— Judith Jones

"Iba a distintas escuelas cada día y trabajaba con los maestros”, explica. “Era un trabajo estupendo y muy gratificante. Niños que ni siquiera sabían deletrear su nombre o recitar el alfabeto, al final podían leer".

Cuando piensa en ello ahora, Jones cree que estaba predestinada a desempeñar el puesto en Belice. En un principio había solicitado ser enviada a Jamaica. Sus amigos más cercanos pensaban que estaba loca. Sabían que en el fondo ella era una persona de ciudad —“no me entusiasma la vida silvestre”— y su idea de transporte público era viajar en autobús o en el metro de la ciudad de Nueva York. En Belice tuvo la oportunidad de vivir con una familia en Belmopán, la capital, e iba a distintos pueblos para trabajar con maestros y alumnos.

Cuando le preguntaron a Jones si estaría dispuesta a ayudar con los esfuerzos de vacunación de FEMA después de ser evacuada, no lo pensó dos veces.

"Creo firmemente que todo el mundo debe vacunarse”, dice Jones. Desde que regresó al país, ha trabajado como voluntaria con un grupo local que lleva frutas y verduras frescas a vecinos necesitados. “Me gusta hacer todo lo que está en mis manos para ayudar a las personas a mantenerse saludables", dice Jones, que trabajará con FEMA en Oregón durante los próximos tres meses para apoyar a los centros comunitarios de vacunación.

Jones habla sobre formar parte del Cuerpo de Paz como “una experiencia central en mi vida”. Y está lista para regresar, tal vez a Belice, para continuar el trabajo que empezó. “Los maestros allí eran maravillosos y muy dedicados. Y se esforzaban mucho. Era un trabajo estupendo y muy gratificante".


Dos fotos, lado a lado, de David Mayo

Cortesía de DAVID MAYO; MISTY KEASLER/REDUX

El voluntario del Cuerpo de Paz David Mayo, de 76 años, de Spokane, Washington, en dos fotografías; izquierda, durante su puesto en Albania, y derecha, fotografiado el 18 de mayo del 2021 en Grapevine, Texas.

Cómo cambió su vida

Durante 11 años, la vida de David Mayo siguió un camino tradicional. Estudió Derecho, trabajó como asistente jurídico para un juez federal y ejerció el derecho corporativo. Pero mientras representaba a clientes y empresas, se dio cuenta de que su vida no reflejaba los valores que él y sus hermanos habían aprendido de sus padres.

"Mi madre y mi padre eran maestros y compartían un vínculo, una misión y una filosofía reales de ayudar a las personas y brindar un servicio al público”, señala Mayo, que vive en Spokane, Washington. “Crecieron durante la Gran Depresión y vieron a la gente pasar hambre. Su principio básico era que si recibes más de lo que necesitas estás dañando a los demás. Y alguien que tenga mucho tiene la obligación de retribuir a la comunidad".

Él y sus hermanos se han tomado muy en serio ese credo. Su hermano mayor prestó servicio en la Marina, donde llegó a ser vicealmirante, y su segundo hermano trabajó para la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte.

"He sacrificado la oportunidad de ganar mucho dinero, pero eso no importa".

— David Mayo

En 1988, Mayo decidió dejar de ejercer como abogado para dedicarse el resto de su vida a trabajar como voluntario en misiones humanitarias. Empezó dentro del país como voluntario para VISTA y Teach for America. Más tarde continuó en el extranjero, embarcándose en lo que sería un trayecto de varias décadas con el Cuerpo de Paz y otras organizaciones internacionales. Desde Moldavia hasta Georgia, desde Namibia hasta Camerún, Irak y Albania, Mayo ha utilizado sus habilidades legales y los conocimientos adquiridos a través de su maestría en salud pública para —como él lo explica— “salir e intentar ayudar a las personas a trazar su propio camino".

"He sacrificado la oportunidad de ganar mucho dinero, pero eso no importa", dice Mayo, “siempre que puedas definir tu propia identidad y seguirla el resto de tu vida. Ha sido una auténtica vocación. Algo maravilloso para mí”. En Camerún, por ejemplo, Mayo utilizó sus conocimientos legales para ayudar a crear un programa de justicia juvenil para apartar de las calles a los jóvenes que habían tenido problemas con la ley e incluirlos en un programa de reorientación.

Mayo estaba en Albania ayudando a organizaciones locales a obtener financiación y a administrar programas para personas con discapacidades, mujeres desfavorecidas y estudiantes pobres, cuando se vio forzado a evacuar debido a la pandemia. Y, con sus 76 años, ya ha solicitado volver al extranjero una vez que el Cuerpo de Paz vuelva a enviar voluntarios.

Cuando recibió el correo electrónico del Cuerpo de Paz preguntándole si estaba interesado en ayudar con los esfuerzos de vacunación contra la COVID-19, “dije que sí de inmediato”, cuenta Mayo, “porque todo mi interés en ser voluntario es para ayudar al público y esta oportunidad tenía todo el aspecto de ser precisamente eso, poder formar parte de un equipo y trabajar juntos para erradicar una emergencia de salud pública".


Elizabeth Burke

MISTY KEASLER/REDUX

Elizabeth Burke, 56 años, Chicago, Illinois.

La pandemia no la detuvo

Aunque Elizabeth Burke fue evacuada de su puesto con el Cuerpo de Paz donde había estado solo tres meses, ella se mantuvo conectada virtualmente con las personas con quienes trabajaba en la cordillera del Atlas, en Marruecos.

Allí, Burke enseñaba inglés como segundo idioma y estaba ayudando a mujeres a establecer una cooperativa de costura en la comunidad montañesa. Durante años Burke, de 56 años, había trabajado en la industria de los restaurantes, más recientemente para un restaurante vegetariano de lujo en Chicago. Iba a tener la oportunidad de usar sus habilidades culinarias para crear una cooperativa de repostería, pero pareció que la pandemia iba a destruir ese objetivo antes de que pudiera empezar.

Pero no fue así. “El Cuerpo de Paz empezó un programa de servicio virtual, una oportunidad para los voluntarios de continuar nuestro servicio a distancia", explica Burke. Desde marzo [del 2020], Burke ha participado en llamadas de Zoom e incluso ha horneado un poco. No han faltado los obstáculos. Burke tuvo que reproducir en Estados Unidos los ingredientes que sus nuevos amigos marroquíes tenían a mano y adaptarse a la importancia que las mujeres allí dan a que lo que hornean no solo tenga buen sabor sino que también tenga buen aspecto.

"Creo que algunos voluntarios muy jóvenes de veintitantos años tienen más dificultad para ganarse la credibilidad que las personas de más edad disfrutan de manera automática".

— Elizabeth Burke

La tecnología no solo ha ayudado a Burke mientras esperaba en su hogar a que terminara la pandemia. Como la mayoría de los voluntarios del Cuerpo de Paz, cuando estuvo en Marruecos recibió capacitación de idiomas antes de ser asignada a su pueblo. Estaba aprendiendo dariya, el dialecto árabe que se habla en Marruecos. Pero aún no lo hablaba con fluidez. A modo de ayuda, combinaba gestos y expresiones faciales con Google Translate. “Usas todas las herramientas que tienes a tu alcance para comunicarte".

Burke espera que, una vez que el Cuerpo de Paz empiece de nuevo a enviar voluntarios al extranjero, podrá regresar a Marruecos y continuar su labor donde la dejó.

Al igual que muchos de los voluntarios de más edad del Cuerpo de Paz, ella empezó a pensar en incorporarse cuando tenía cerca de 20 años. “No creo que te despiertes un día a los 55 o 60 años y digas ‘¿por qué no me hago voluntaria del Cuerpo de Paz?'". Burke dice que cuando era más joven, no se ofreció como voluntaria porque estaba preocupada de “perderse algo”, como bodas, fiestas y otros eventos importantes de la vida. Pero cree que las experiencias de su vida y sus viajes la han conducido hasta este momento.

Burke opina que los participantes mayores del Cuerpo de Paz tienen una ventaja. “Tienes una presencia más digna, te respetan más. Creo que algunos voluntarios muy jóvenes de veintitantos años tienen más dificultad para ganarse la credibilidad que las personas de más edad disfrutan de manera automática".

Burke también cree que hay una conexión entre ayudar a las comunidades desatendidas en lugares como Marruecos y el trabajo que hace ahora para ayudar a FEMA a llegar a las comunidades desatendidas en Nueva Jersey. “La misión de FEMA y la misión del Cuerpo de Paz están bastante alineadas”, dice. “Tratan de trabajar juntos para ayudar a la gente".

Dena Bunis informa sobre temas relativos a Medicare, atención de la salud, políticas en materia de salud y el Congreso estadounidense. Además, es autora de la columna “Medicare Made Easy” para AARP Bulletin. Galardonada por su labor periodística, Bunis trabajó durante años en diarios de grandes ciudades. Entre los puestos que ocupó se incluyen los de jefa de la oficina de Washington del Orange County Register y reportera de temas de salud y entorno laboral para Newsday.

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