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El sentido de culpa de los cuidadores a causa de la pandemia fortalece su eficacia

3 maneras de usar esta emoción tan incómoda para ser un mejor proveedor de cuidado.

Una mujer preocupada abraza un cojín

JGI/JAMIE GRILL/GETTY IMAGES

In English | Durante los períodos más difíciles de mis años como cuidador, nunca me sentí bien sobre casi nada de lo que hacía. Pensaba que era demasiado impaciente e irritable con mi madre con demencia. Me sentía negligente con mis hijos adolescentes. Estaba seguro de que, en mi estado de distracción, estaba engañando a mis clientes de psicoterapia. Pensaba que lo intentaba con firmeza pero fallaba patéticamente. Si estas percepciones eran realistas o no, retrospectivamente, lo que está claro es que estaba siento demasiado duro conmigo mismo. Me sentía culpable constantemente. Era como frotar sal en mis propias heridas, culparme a mí mismo no me hacía un mejor cuidador, padre o trabajador, sino que solo hacía que mis difíciles circunstancias fueran aún más dolorosas.

Es en parte por los recuerdos de este dolor que en la actualidad me duele cuando oigo a mis clientes que son cuidadores expresar su propio sentido de culpabilidad. Aunque cuidar de un ser querido durante esta pandemia es más difícil que nunca, para los cuidadores, esto no significa mucho. No para la hija de 51 años que piensa que le falló a su madre con ELA porque no estaba al lado de su cama en la UCI mientras su madre moría a causa de la COVID-19. (El hospital no lo permitía). No para la esposa de 75 años de un hombre con el mal de Parkinson, que se siente horrible porque no puede visitarlo en su hogar de ancianos. (El centro ha prohibido visitas por ahora). Ni para el hombre de 80 años que llevó a su esposa con demencia a casa desde el hogar de ancianos al principio de esta crisis de salud y ahora se siente abrumado cuidando de ella las 24 horas del día. (Teme contratar ayudantes de salud en el hogar y arriesgarse a que traigan el virus a casa). Todos estos cuidadores que luchan se juzgan a sí mismos con dureza.


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Desafortunadamente, el cuidador familiar que se siente culpable es tan común que se ha convertido en un estereotipo en nuestra cultura. Nos sentimos responsables de cuidar a alguien que amamos. Establecemos unas expectativas, a menudo demasiado altas, para la calidad del cuidado que proveeremos y el bien que haremos. Nos castigamos si no cumplimos con esas expectativas a la perfección. Parece lógico que los cuidadores redefinan esas expectativas y por lo tanto se sientan menos culpables. Pero las emociones con frecuencia no siguen la lógica. En mi experiencia profesional y personal, incluso ayuda menos cuando personas con buena intención dicen a los cuidadores que no tienen que sentirse culpables. Una vez activados, nuestros mecanismos de culpa no se desconectan de la noche a la mañana.

¿Es inevitable el sentido de culpa del cuidador? Probablemente no para todos pero sí para muchos de nosotros. ¿Cómo podemos controlar mejor esta culpa y tratarnos mejor a nosotros mismos, especialmente mientras luchamos contra una crisis de salud a nivel nacional? Aquí te presentamos algunas ideas:

Respeta el propósito del sentimiento de culpa

Vistas desde el punto de vista evolutivo, las emociones humanas básicas se han formado en nuestra especie a lo largo de tantos milenios para ayudarnos a sobrevivir. Al motivarnos a hacer lo que debemos —por ejemplo, terminar nuestras tareas o tratarnos unos a otros con amabilidad—, la culpa también tiene un beneficio para nuestra supervivencia. Hace posibles la responsabilidad mutua y el sentido de cohesión en la comunidad. A menudo es una manifestación de empatía: "Me siento culpable de que él sufra tanto y de que yo no pueda aliviar su dolor". Un poco de culpa no es ningún problema, reafirma nuestros lazos de cariño con otras personas. Pero una sobreabundancia de culpa desproporcionada a una situación sí es un problema.

Dale una oportunidad a la culpa

Muchos cuidadores saben que no deberían sentirse culpables sobre cosas que no son su culpa. Cuando otras personas tratan de asegurarles que ellos no tienen la culpa, esos cuidadores no solo no lo ven así, sino que a menudo se sienten más culpables todavía. En esencia, se sienten criticados cuando otras personas reaccionan a su culpa y después se sienten avergonzados y culpables por tener esos sentimientos.

Existe una manera mejor: los cuidadores deberían parar de esforzarse por dejar de sentirse culpables y en su lugar aceptar que siempre van a sentir un poco culpables. Entonces, pueden usar el sentimiento de culpabilidad para ser más conscientes de sus imperfecciones. Pueden pensar en la culpa como un estímulo útil para esforzarse en hacerlo mejor. Usando la jerga de los grandes negocios, un impulso interno para la continua mejora de la calidad. Pueden ver la culpa como un incentivo fuerte para ser el cuidador eficaz y compasivo que quieren ser.


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Separa la culpa que ayuda de la que no ayuda.

La culpa que estimula a quienes cuidan de un ser querido a ser mejores cuidadores ayuda. La culpa que hace que los cuidadores se sientan horriblemente y menosprecien cada uno de sus esfuerzos no ayuda. ¿Cuál es la diferencia entre las dos? Sobre todo la intensidad de las emociones. Es la diferencia entre que te golpee un ladrillo o la prototípica tonelada. Esta última es demoledora. Nos pulveriza y nos derrota. Pero el golpecito en la espalda, o la punzada que estimula nuestra conciencia, que nos avisa para mantener la cabeza alta y mirar al rededor con los ojos bien abiertos, esa nos permite ver cómo podemos hacerlo mejor.

Barry J. Jacobs, psicólogo clínico, terapeuta de familia y asesor del cuidado de la salud, es el coautor del libro Love and Meaning After 50: The 10 Challenges to Great Relationships — and How to Overcome Them y AARP Meditations for Caregivers (Da Capo, 2016). Síguelo en Twitter y en Facebook (en inglés).

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