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Tom Hanks nos habla de cómo la amistad nos cambia la vida Skip to content
 

Tom Hanks y el poder de la amistad

La estrella de 'A Beautiful Day in the Neighborhood' afirma que los buenos amigos son aquellos que te indican qué camino tomar.

Tom Hanks

Tom Hanks AUSTIN HARGRAVE / AUGUST

In EnglishTom Hanks actúa en una nueva película titulada A Beautiful Day in the Neighborhood. Relata la historia de la amistad entre Fred Rogers, un querido presentador de un programa infantil, y un periodista escéptico, que les cambia la vida. Le preguntamos a Tom si nos escribiría sobre la importancia de la amistad en su propia vida, y esto fue lo que redactó para nosotros —y para ustedes—. 

En 1978, cuando trabajé durante mi segunda temporada en el Great Lakes Shakespeare Festival en Cleveland, con los únicos dos papeles principales de una hoja de vida que aún no empezaba a llenar, tuve compañeros que provenían de teatros de todo el país, al igual que talento lugareño de Cleveland. 

Había ascendido de ser un miembro no remunerado del programa de prácticas profesionales a un puesto en la compañía profesional. Estar rodeado de un conjunto de actores, —“¡han comparecido los actores, su señoría!”— es respirar aire enrarecido; formar parte de una familia de artistas que, a veces, puede ser disfuncional al punto de facciones guerreantes. Sin duda gozábamos de algunas explosiones de creatividad, pero al montar seis espectáculos e interpretar ocho veces a la semana desde julio hasta el Día de Acción de Gracias nos reíamos más que lo que humeábamos. La mayoría de las risas venían de dos miembros de la compañía profesional: George Maguire y MichaelJohn McGann.

"Ellos eran... el tipo de actor en el que quería convertirme —y el tipo de ser humano que esperaba llegar a ser"—. 

— Señala Tom Hanks sobre sus amigos George Maguire (izquierda) y MichaelJohn McGann

En la primera producción en la que actué el verano anterior, Hamlet, interpreté al criado Reinaldo, quien aparece en una sola escena con Polonio (que normalmente no se incluye en las producciones). También llevé una antorcha, blandí una espada y marché indistintamente como soldado de un ejército que pasaba. George era Guildenstern (yo era el actor suplente de Rosencrantz), mientras que MichaelJohn era el Rey actor. Desde nuestro primer ensayo de Hamlet en mayo de 1977 hasta nuestra última interpretación de Los dos hidalgos de Verona en noviembre de 1978 (yo como Proteo; George como Turio y MichaelJohn como el duque de Milán), estos dos actores compartieron sus alegres vidas y pasión profesional con todos los que formábamos parte de la compañía. Cuando contaba con su presencia en el vestuario, entre bastidores, en el bar después de los espectáculos o asimilando la Asunción de María en Murray Hill en Cleveland, ellos eran los profesionales que admiraba, ejemplos del tipo de actor en el que quería convertirme —y el tipo de ser humano que esperaba llegar a ser—.


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Tom Hanks, izquierda, y Bert Goldstein.

CORTESÍA DE THE GREAT LAKES SHAKESPEARE FESTIVAL

Tom Hanks (izquierda) y Bert Goldstein.

Con una tarjeta, recién impresa, del gremio de Actors' Equity en mi flácida billetera, había de tomar un paso irrevocable. Yo era un actor desempleado. Había pasado dos temporadas interpretando codo a codo con actores de todos los teatros regionales en el mapa, desde el Cricket Theatre de Minneapolis hasta compañías de repertorio de Misuri, Indianápolis y Milwaukee. Nunca había estado fuera de California hasta conseguir ese empleo en Cleveland. El confort de la costa oeste me incitaba a buscar qué trabajo podía conseguir en San Francisco o Berkeley, cerca de donde crecí, o a cortejar a la cruel dueña del mundo del espectáculo, que impera en Los Ángeles —a apostar contra la corriente, como muchos lo habían hecho antes—. Podía ir a cualquier lugar. Todos mis bienes reales y personales cabían en mi Beetle de Volkswagen de 1970. Entonces, pregunté en mi entorno: ¿A dónde debería ir?  

George y MichaelJohn rápidamente me dijeron: ¡Yo iría a Nueva York! Así como lo habían hecho ellos. ¡Los actores y artistas van a la ciudad de Nueva York a poner a prueba su talento y sus medios económicos! En la ciudad de Nueva York, ¡formaría parte de la grandiosa comunidad de actores, y aprendería tanto de la pulsación de la ciudad como de cualquier interpretación que jamás hubiera hecho! Con un golpe de serendipia, ¡daría una audición para muy fuera de Broadway, fuera de Broadway y Broadway! ¡Y para películas, televisión, anuncios y películas industriales! ¡Para barcos cruceros y teatro cena! ¡Para todos los teatros profesionales del país! ¡Vendería mi automóvil para financiar mi mudanza a la ciudad que nunca duerme!

¡Está bien! Eso fue lo que hice. MichaelJohn y yo condujimos juntos hacia el Este por la carretera I-80, desde el río Cuyahoga hasta el Hudson, y entregamos un automóvil transportado en el muelle de Port Elizabeth en Nueva Jersey. Dormí en su sofá durante bastantes semanas, en el apartamento que él compartía con un dramaturgo y actor que no me distinguía de Adam, pero me hacía reír todo el día. MichaelJohn redactó mi hoja de vida en su máquina de escribir marca Royal (que luego me regalara). Cuando finalmente encontré un apartamento terriblemente oscuro y desmoronado en el cuarto piso de un edificio sin ascensor en Hell’s Kitchen, él avaló mi alquiler —un instante de riesgosa generosidad que jamás olvidaré—. El invierno de la ciudad de Nueva York era algo nuevo para mí, tan frío que la mandíbula me dolía de caminar afuera. No tenía ropa de invierno. George me dio una chaqueta. También llegó con leche para acompañar los pasteles de chocolate marca Entenmann’ que MichaelJohn traía. George me dio su viejo televisor portátil blanco y negro (con una antena de gancho de ropa), un par de sillas de mimbre con asientos rotos y una mesa de cocina que era una locura tener en el cuarto piso de un edificio sin ascensor. MichaelJohn me enseñó cómo eran las cosas en el salón de descanso del Actors’ Equity, con su tablero de audiciones y cooperativa de ahorro. En pleno febrero, los tres nos reunimos en el apartamento tipo estudio en la planta baja de George, cerca del oeste de Central Park, con las paredes cubiertas de retratos 8" x 10" de muchos de sus amigos actores, y preparamos nuestros impuestos mientras la tormenta ululaba afuera. Nunca antes había preparado mis impuestos. Cuando estos dos profesionales me mostraron cómo presentar mi declaración de manera que recibiera un reembolso del IRS de casi $600, el primer instante de solvencia de mi vida adulta, creí que me había ganado la lotería.

Y así había sido. Eran, y son, mis amigos. De lo contrario, no estarías leyendo estas palabras.

¿Cómo se define un verdadero lazo afectivo?

Les pedimos a tres pares de amigos que nos contaran sus relatos.

Paulette Dalpes, 56, Denver, Colorado, y Berenecea Eanes, 53, Jamaica, Nueva York.

MARC ROYCE

Paulette Dalpes, de 56 años, de Denver, Colorado, y Berenecea Eanes, de 53 años, de Jamaica, Nueva York

Un salto de fe

Tenían una relación amistosa casual de colegas, hasta que un instante crucial las convirtió en amigas: En el almuerzo de una conferencia, Dalpes y su esposa pidieron sentarse con Eanes y toda su familia, incluidos sus dos hijos, esposo, madre, hermana e, incluso, una tía. Dalpes estaba un poco nerviosa porque no sabía si el grupo recibiría con agrado a la pareja de lesbianas, pero “Berenecea y su familia nos aceptaron con increíble júbilo”, recuerda. Desde entonces, las dos ejecutivas universitarias se han vuelto mucho más cercanas y hablan a diario (a veces, a cada hora) sobre los desafíos de la vida. El valor que las ancla es la honestidad, dice Eanes. “Esa es mi definición de una amistad: alguien con quien puedas tener una comunicación honesta sobre cualquier tema. Paulette me dice la verdad, aunque no sea lo que quiera escuchar, y para mí, eso no tiene precio”. 

Sarah Stenger Nambiar, 55, Wilmette, Illinois, y Tracey Vowell, 53, Kankakee, Illinois.

BRIAN SORG

Sarah Stenger Nambiar, 55, Wilmette, Illinois, y Tracey Vowell, 53, Kankakee, Illinois.

Hablar las cosas

Aunque se conocieran inicialmente en Chicago cuando se desempeñaban como chefs jóvenes, su amistad en realidad tomó vuelo después de que Vowell se mudara al sur del estado para empezar una granja —un proyecto difícil y aislante—. “Sarah entendía lo agotada que yo estaba”, afirmó Vowell. “Para ese entonces, ella tenía su propio restaurante y estaba agotada también”.

Empezaron a juntarse para tomar caminatas semanalmente, explorar senderos cercanos y hablar de todo en la vida. “Siempre termino sintiéndome renovada, en paz y lista para volver al trabajo”, agrega Vowell. “El valor de saber que una persona está siempre lista para compartir, escuchar, ayudar, festejar, animar, apoyar, conversar, hacerte entrar en razón con sutileza, estar de verdad presente, no puede medirse”.  

Greg Smith, 59, Waynesville, Ohio, y Kouhyar Mostashfi, 46, Springboro, Ohio.

BILLY DELFS

Greg Smith, 59, Waynesville, Ohio, y Kouhyar Mostashfi, 46, Springboro, Ohio

Después de las elecciones del 2016, Mostashfi, quien es demócrata, buscó comprender por qué tantas personas habían votado por el presidente Trump. Conoció a Smith, quien es republicano, mediante un grupo local llamado Better Angels. “Cuando Greg se enteró de que yo era oriundo de Irán, me preguntó sobre ISIS”, recuerda Mostashfi. “Dije: ‘Bueno, tenemos a nuestros locos y tenemos buenas personas, igual que ustedes'”. Smith sugirió que almorzaran, lo que condujo a un lazo afectivo continuo. “Hablamos de todo”, señala Mostashfi. “Ahora soy menos arrogante”. Smith, quien es cristiano evangélico, dice que la amistad también lo ha cambiado. De una postura anterior antimusulmana, ahora cree que cada persona de fe tiene su propia relación con Dios. “Todos estamos tratando de ser mejores personas”, señala. 

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