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‘Lowriders’: Una mirada superficial

Demián Bichir y Eva Longoria son lo mejor de una cinta llena de estereotipos.

DIRECTOR: Ricardo de Montreuil
GUION: Azazel Jacobs 
ELENCO:
 Gabriel Chavarria, Demián Bichir, Theo Rossi, Eva Longoria
DURACIÓN: 99 minutos 

Durante sus primeros minutos, Lowriders parece estar obsesionada con la orina. Primero, el narrador compara al arte del grafiti con un perro que orina contra las paredes. Y en una de las escenas introductorias, el protagonista –Danny, un joven mexicano-americano del este de Los Ángeles– obliga a sus amigos a detenerse delante del famoso puente de la calle sexta durante una salida nocturna para poder hacer dos cosas: crear un grafiti espontáneo, y también ir al baño. Llega la policía, Danny y su mejor amigo terminan pasando parte de la noche en la cárcel, y la secuencia está diseñada para que los espectadores supuestamente sientan empatía por semejantes ridiculeces.


En su famoso libro sobre el arte del guion cinematográfico Save The Cat, el escritor Blake Snyder explica que durante el primer acto de cualquier película, es necesario que el protagonista “salve al gato”. Es decir, que aparezca una acción premeditada por parte del héroe de la historia que nos motive a simpatizar con él, a identificarnos. Uno de los problemas más graves de Lowriders es la falta de un momento de esa naturaleza. Danny es joven, inocente y muy satisfecho con su propia identidad, su mezcla de culturas. Más allá de esto, no hay ningún elemento en particular que lo transforme en un personaje admirable, o al menos medianamente interesante.

Demián Bichir en una escena de la película Lowriders

Justin M Lubin

Demián Bichir en una escena de la película 'Lowriders'.

No es que falten conflictos en este atmosférico drama familiar dirigido con precisión por el peruano Ricardo de Montreuil (su primera película, La mujer de mi hermano, es altamente superior a esta). Las ansias de Danny de expresarse a través del grafiti contrastan con la cosmovisión de su padre, un mecánico honrado y perpetuamente enamorado de los autos, interpretado por el excelente Demián Bichir con una sapiencia que casi logra la misión imposible de anular los clichés de su personaje. Y como de chicanos del este de Los Ángeles se trata, el inevitable arquetipo no tarda en aparecer: un hermano mayor recién salido de la cárcel. Es el personaje de Ghost, que además de su pasado criminal tiene una fuerte necesidad de competir con su padre y arrebatarle el premio de mejor automóvil estilo lowrider en una prestigiosa competencia de la ciudad. Con sus muecas de desdén y una cierta obscuridad carismática, el actor Theo Rossi hace lo que puede con este material, pero su personaje es el menos creíble de la saga.

El guion muestra su lado más superficial cuando Danny conoce a Lorelai (Melissa Benoist, de la serie Supergirl), una rubia fotógrafa con todos los tics de la cultura hipster, y se convierte en algo así como un agente 007 del grafiti, seduciéndola al instante con un par de ironías. En vez de crear una pareja vulnerable, que encuentre en sus obvias diferencias de clase social una razón para aprender a conocerse mejor, los diálogos que conducen al primer beso de esta pareja se basan en el maltrato y la arrogancia como armas de seducción. La presencia de Lorelai es utilitaria: a través de la mirada de una persona ajena, la película busca retratar el mundo de los lowriders como poseedor de un exotismo irresistible.

Cualquier persona que haya pasado un tiempo en los barrios mexicano-americanos de Los Ángeles sabe que la cultura chicana es tan compleja como difícil de encasillar. Los ejemplos más conocidos de sus poetas, músicos, artistas plásticos y muralistas se destacan por la sofisticación de su trabajo –que amalgama dos culturas tan distintas como la mexicana y la estadounidense– y la visión poética que han utilizado durante décadas para describir su realidad, intensa y concreta. Quizás por esto es especialmente doloroso cuando Lowriders sucumbe ante los excesos de una trama melodramática, además de la exagerada tosquedad de sus diálogos.

Mientras que el constante movimiento de la cámara del director de fotografía Andrés E. Sánchez es por momentos demasiado frenético, algunos de los encuadres son iluminados con bellos tonos almibarados y una estética naturalista que le hubiera venido de maravillas a los otros elementos de la película.

Entre los aspectos positivos, vale la pena mencionar la presencia de Eva Longoria como Gloria, la segunda esposa de Miguel, el padre de Danny. A los 42 años, Longoria logra captar esa admirable mezcla entre fortaleza y fragilidad que una madre de familia puede sentir en su afán por proteger a los suyos de las malas influencias. Alejándose de las exageraciones más grandilocuentes de la trama, Longoria apoya su actuación en gestos sutiles, miradas punzantes que expresan un caudal de emociones.

En sus peores momentos, Lowriders se transforma en caricatura, con referencias a quinceañeras y personajes que parecen desesperados por mantener una pose de macho a todas horas. Si los estudios de Hollywood están realmente interesados en conquistar el interés del público hispano, tendrán que conectarse de una manera más genuina con nuestra cultura. Las historias del este de Los Ángeles, ricas en conflictos y texturas, merecen una mirada más profunda.

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