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El 'No' que derrotó a Pinochet

La campaña que derrotó a la dictadura en Chile revive en esta cinta nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera.

 

DIRECTOR: Pablo Larraín
GUIÓN: Pedro Peirano, basdo en la obra de teatro homónima de Antonio Skármeta
ELENCO: Gael García Bernal, Alfredo Castro y Antonia Zegers.
DURACION: 118 minutos



Para entender —o más bien para hacerle justicia— a la película NO, se le tiene que ver como la última parte de una trilogía sobre la dictadura de Augusto Pinochet que Pablo Larraín comenzó con Tony Manero (2008) y siguió en Post-Mortem (2010). El mérito de las dos primeras cintas es que Larraín logra proyectar en sus dos solitarios y siniestros protagonistas, toda la violencia, la angustia y el horror de un país bajo un yugo militar. La absoluta fealdad física y moral de los personajes centrales (encarnados en ambos filmes por Alfredo Castro), es análoga a la podredumbre de la sociedad y política chilena (según la óptica particular de Larraín) en esos años.

Vea también:  'La democracia no se limita a las urnas', Gael García Bernal.

En Post Mortem, Castro interpreta a Mario, el empleado de un patólogo que se encarga de transcribir los resultados de sus autopsias. Mario es un hombre patético, acabado, apagado; un cadáver que se mueve entre cadáveres. Con Mario, Larraín también parece transcribir para el público el terror y el caos de los primeros días del golpe de estado en Chile. Al hospital donde trabaja Mario comienzan a llegar los cuerpos de las víctimas. No se oye un solo disparo,  pero la cara enjuta del protagonista nos dice todo. El cincuentón de pelo relamido solo causa lástima hasta que descubrimos (junto con él y como resultado del horror que se vuelve cotidiano), su vocación para el sadismo. Todo en Mario es repelente. Enclenque, de espalda encorvada y nariz aguileña, Mario nos recuerda al Nosferatu de F.W. Murnau (1922).

Aunque fue filmada antes, Tony Manero ubica la historia años después, cuando ya está plenamente instaurada la dictadura militar. Nuevamente, Larraín nos muestra en un espejo distorsionado el reflejo de un país en la imagen de un individuo cuya vida es patética, violenta y estéril. La cinta comienza con Raúl (Alfredo Castro) caminando por detrás de un escenario. Raúl es un cincuentón psicópata obsesionado con el personaje de Tony Manero en la película Saturday Night Fever (protagonizada por John Travolta) y está dispuesto a todo con tal de ganar un concurso de televisión que busca a la mejor copia del personaje. Esa es la única motivación de su gris existencia y Raúl se sabe de memoria los diálogos y la coreografía que baila Travolta en la película. La descomposición social que se respira en el ambiente es el caldo de cultivo perfecto para engendrar  a un monstruo como Raúl que realiza impunemente toda clase de transgresiones morales que van desde el pequeño robo, hasta el asesinato y el incesto.

NO es finalmente la salida, el escape. Incluso la paleta de colores es viva y no gris y plana como la de Tony Manero y Post Mortem. El mensaje y la historia misma se puede “leer” también en la figura de su protagonista, interpretado por Gael García Bernal. Así como la fealdad de Alfredo Castro era parte esencial del discurso de las dos primeras cintas de la trilogía, la galanura de García Bernal significa el mensaje de NO. El publicista que interpreta, René Saveedra, es joven, apuesto y vigoroso. Su figura carga el peso del mensaje de optimismo y esperanza. René es el encargado de crear la campaña de la oposición durante el plebiscito de 1988 en el que se votó la salida de Augusto Pinochet cuando cumplía 15 años en el poder.

NO gan­ó el premio de la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes y es indudable que hay un gran trabajo de recreación de época, pero en Chile se le ha criticado por “simplificar” el proceso a través del cual el plebiscito se ganó, exagerando la importancia que tuvo la campaña publicitaria. Incluso, algunos de los mismos publicistas que estuvieron involucrados en la campaña dijeron que Larraín no se apegó a los hechos y hasta falseó algunos. Larraín se ha defendido diciendo que él no pretende como cineasta abarcar todos los elementos que tuvieron que ver con el triunfo del No. Pero en ese caso, si se le analiza solo en sus propios términos como obra de ficción, el guión deja muchos cabos sueltos y depende demasiado de lo que —asume— el publico tendría que saber de lo que sucedió realmente.

La película concluye una vez que el No gana el plebiscito y es un final totalmente anti-limático, sobre todo si se le compara con Tony Manero y Post Mortem. Vista estrictamente bajo lo que el propio guión propone –esencialmente, que los méritos de la campaña publicitaria fueron instrumentales en que ganara el No– los argumentos no están bien expuestos. Además, el personaje de Saavedra nos queda como una interrogante. En Tony Manero y Post Mortem, la opacidad de los personajes centrales es parte de su función como objetos refractarios,  pero en el caso de Saavedra, hace falta entender mejor sus motivaciones fuera de las estrictamente profesionales. A Raúl y Mario, sus actos los definen, pero Saavedra solo opera en función de su oficio y no se desarrolla como personaje. Una falla menor, quizá, pero una que se siente enorme cuando se le compara con sus dos predecesoras. 

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