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Prométeme que nunca me llevarás a un hogar de ancianos

Cómo responder a los sentimientos de culpa y encontrar soluciones cuando hemos dado este paso.

Mujer joven reconfortando a una mujer mayor

iStockphoto/Getty Images

Si la realidad es que tuviste que poner a un ser querido en un hogar de ancianos, ¿qué hacer? Sigue estos consejos.

Cuando hacemos una promesa, si es hecha honestamente, estamos formulando un compromiso o deber para con nosotros y la persona a quien le hacemos la promesa. Además, nos da credibilidad y refuerza nuestra autoestima positivamente. A pesar de que cumplir con mi palabra me hace sentir bien, existe una promesa que no puedo hacerle a mis padres: la de que nunca los llevaré a vivir a un hogar para ancianos. ¿Por qué no puedo hacer esa promesa? ¿Y por qué no sería una buena idea que hicieras tú la misma promesa al ser querido a quien cuidas? A continuación algunas razones:

  • El estado de salud y el grado de independencia de las personas a nuestro cuidado pueden cambiar drásticamente. Hoy es posible que la persona bajo nuestro cuidado pueda, por ejemplo, caminar y asearse por sí misma. Con el paso del tiempo podría no ser así, y tenga que depender completamente de nosotros para todas sus actividades de la vida diaria.
  • Se puede necesitar 24 horas al día para cumplir con los cuidados de una persona enferma cuyo estado de salud se deteriora. No es humanamente posible proveer cuidados sin descanso.
  • Es imposible predecir si en algún momento nuestro ser querido necesitará cuidados especializados de enfermería que no puedan hacerse en casa.
  • No sabemos cómo pueden afectar algunas enfermedades a una persona. Por ejemplo, el ser querido podría volverse violento como consecuencia de la demencia. Permanecer en casa pondría en peligro a la persona y a nosotros mismos.

Entonces, qué podemos hacer si nuestro ser querido nos dice alguna vez: “Prométeme que nunca me llevarás a un hogar de ancianos”. “Preferiría estar muerta antes que internada en un sitio de esos”. “Si me quieres, ¡prométemelo!”.

  • Sé concreto en tu compromiso: “Mientras mi salud me lo permita, seguiré cuidando de ti”. “Eso no está en mis planes inmediatos, pero si llegara el día en que sea lo mejor para todos, seguiré visitándote en donde estés y seguiré pendiente de ti”. “Te quiero. No importa en dónde vivas, no voy a dejarte solo”.
  • No hagas una promesa porque te sientes presionado o manipulado. No poder cumplirla podría causar sentimientos de culpabilidad muy fuertes y deteriorar tu autoestima, e incluso causarte ansiedad y depresión.
  • Sé realista: es imposible predecir el futuro. “Te prometo hacer lo que humanamente esté a mi alcance para que puedas seguir viviendo en tu casa”.
  • No hagas esta promesa solamente para dejar de oírle decir, “¡prométemelo!”, o para que tu ser querido se comporte como tú deseas. Una promesa rota solo creará desconfianza.

Y si ya lo prometiste y la realidad es que tuviste que poner a un ser querido en un hogar de ancianos, ¿qué hacer?

  • Sé honesto contigo mismo y evalúa lo difícil que era cuidar de tu ser querido, y las consecuencias negativas que impregnaban todos los aspectos de tu vida. ¿Estaba bien tu salud? ¿Estaban tú y tu ser querido bien físicamente? ¿Sentías agotamiento?
  • A pesar de ser una transición difícil, tanto para el ser querido como para ti, es importante reconocer los aspectos positivos de este cambio. Esa persona a quien quieres tanto cuenta ahora con la supervisión y el apoyo que no eran posibles por más tiempo en casa.
  • Recuerda una y otra vez que como ser humano tienes limitaciones. Es imposible cuidar de alguien 24 horas al día y predecir cómo pueden cambiar las circunstancias.
  • Recuerda que cuando hiciste la promesa de no poner a tu ser querido en un hogar de ancianos, lo hiciste con amor y consideración, sin la intención de mentir o hacer una falsa promesa.
  • En el momento de hacer la promesa probablemente tenías las cosas bajo control, pero ni el curso de una enfermedad, ni su efecto en la persona estaban bajo tu control. Intentar cambiar lo que no se puede solamente conlleva frustración y desesperanza. Cuando aceptamos la realidad ganamos energía positiva, la que nos permite contemplar nuevas posibilidades.
  • Acepta la realidad de la pérdida; no es necesario que la niegues o la minimices. “Papá ya no está conmigo y le echo de menos”. “No fue posible que mamá siguiera viviendo conmigo”. Aceptar una pérdida es un proceso emocional que no se da de la noche a la mañana. Cuando aceptamos una pérdida podemos iniciar el proceso de adaptarnos a las cosas que han cambiado y concentrarnos en las satisfacciones que queden.
  • Si deseas llorar, hazlo. Las lágrimas expresan el dolor por lo que no pudo ser o no pudiste proveer, y como consecuencia tuviste que romper una promesa. El llanto nos permite liberarnos de tensiones y sentimientos negativos.
  • No permitas que los sentimientos de culpabilidad se apoderen de ti. Perdonarte por haber roto la promesa es un paso importante para liberarte de la culpa. Repasa todo lo que hiciste para mantener tu promesa.

La mayoría de nosotros no sabemos qué hacer con el sentimiento de culpa. Sentirla en alguna medida nos es del todo negativo. Sin embargo, —y parafraseo al rabino Harold S. Kushner— un sentido de culpa desmedido, la tendencia de culparnos por cosas de las que claramente no somos culpables, nos priva de nuestra autoestima y, quizá, de nuestra capacidad para crecer y actuar.


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