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Cómo convertir la frustración en una oportunidad Skip to content
 

¿Aún lamentas ese “gran error”?

Pon las cosas en perspectiva y sácale partido a las experiencias que te presenta la vida.

Lorraine Ladish y su padre Delfín Carbonell

Chloe Nelson

Mi padre, Delfín Carbonell, y yo durante una visita a España. Aunque su sueño era que yo obtuviera un título universitario, está orgulloso de mis dotes autodidactas y empresariales.

A mis 55 años he aprendido que es más útil mirar atrás con el ánimo de aprender de nuestras faltas que con el de arrepentirnos. Conozco demasiadas personas que viven en continuo estado de arrepentimiento, deseando poder volver atrás en el tiempo para cambiar decisiones tomadas en la juventud. Pero también conozco otras que han conseguido no solo corregir sino sacar partido a lo que en principio pudo parecer un error de juicio.


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Fracaso académico

Durante gran parte de mi vida adulta, me daba vergüenza admitir que no terminé mis estudios universitarios. Me costó muchos años superar la sensación de fracaso. Mi abuelo paterno consiguió su licenciatura después de la Guerra Civil española, tras mucho esfuerzo. Mi padre emigró de España a Estados Unidos a los 17 años para ir a la universidad y a los 24 años —el mismo año en que nací— obtuvo su doctorado en filosofía y letras. Ambos esperaban de mis hermanos y de mí que siguiéramos sus pasos académicos.

Debido a un grave trastorno alimentario y a una depresión clínica, pasé de ser una niña con excelentes calificaciones, a suspender el examen que me permitiría ingresar a la universidad a los 18 años. En lugar de esforzarme en estudiar más y probar suerte de nuevo, me rendí. Sentí que había perdido la capacidad de concentración y pensé que ya estudiaría más adelante.

Trabajé a tiempo parcial como maestra y tutora de idiomas desde los 15 años, así que a los 18, en vista de mi fracaso académico, me dediqué a la enseñanza a tiempo completo. Al ser bilingüe, pude trabajar también como traductora y, más adelante, intérprete de idiomas. Entretanto, soñaba con ser escritora.

Esperé a tener la edad suficiente para inscribirme en un programa universitario para mayores de 25 años. Quise estudiar psicología. Pero, al haber estado alejada de los libros, y acostumbrada a ganarme bien la vida, no conseguí centrarme en los estudios y, una vez más, los abandoné.

Mi padre y mi abuelo no ocultaron su desilusión. Mi padre había invertido una gran cantidad de dinero en mi educación escolar privada. Me sentí derrotada y pensé que nunca sería capaz de recuperar su respeto o admiración.

Éxito profesional

Hoy, realmente, no puedo afirmar que dejar mis estudios inconclusos fuera un error. Desde muy joven trabajé por cuenta propia y, por lo general, he desempeñado labores que me gustan, e incluso, me apasionan. Siempre me he ganado la vida con las palabras y la falta de un título universitario jamás me lo ha impedido.  

Durante una larga época me desempeñé como intérprete simultánea de idiomas, una tarea estresante y para la que muchas personas estudian en la universidad. He trabajado como directora de una empresa de traducciones; he traducido y adaptado cientos de episodios televisivos; he escrito y publicado 18 libros; fui reportera para un periódico en la Florida durante cuatro años; he impartido clases de escritura y creación literaria; fui editora jefe de una publicación para madres latinas; he trabajado como intérprete y traductora con personalidades del mundo de la política y del entretenimiento. Ahora dirijo mi propia página web bilingüe, Viva Fifty!, y escribo para diferentes publicaciones, entre otras cosas. Me apasionan las redes sociales y gracias a mi interés y ansias de superarme, domino mucho mejor este tema que muchas personas que estudiaron comunicaciones.

Mi padre está orgulloso de mí, aunque sospecho que sigue pensando que debería haber terminado mis estudios. Al fin y al cabo, es mi padre, y quiere lo mejor para mí. Para él, eso es un título universitario.

A mis hijas les digo que, cuando terminen la escuela secundaria, hagan lo que realmente desean, con tal de que sean felices. De nada sirve estudiar una carrera específica cuando eres joven si no sabes lo que quieres hacer profesionalmente. Pero sí las animo a obtener algún tipo de credencial. Quizás no sea necesario si deciden trabajar por cuenta propia, como yo, pero si prefieren tener un empleo, estar acreditadas para desempeñar un trabajo compensará su falta de experiencia.

Enfócate en actividades productivas

Si aún te arrepientes de un supuesto error pasado, te recomiendo lo siguiente:

  • Haz una lista de todas las cosas que aprendiste gracias a ese error. En mi caso, aprendí a ser autodidacta y emprendedora. Esto me facilitó una vida profesional variada y plena.
  • Date cuenta de que nunca es tarde para volver a empezar. Yo no terminé una carrera universitaria, pero no he parado de aprender por mi cuenta. Recientemente obtuve la certificación de instructora de yoga, y sigo estudiando.
  • Reevalúa tus prioridades. Podrías emplear el tiempo y energía que gastas en arrepentirte de algo que ocurrió en tu juventud en algo productivo.
  • Comparte tu experiencia con los más jóvenes. No se trata de vivir a través de nuestros hijos y nietos, sino de poner a su alcance todos los recursos para que puedan tomar decisiones acertadas.

Mientras haya vida, seguimos teniendo oportunidades de mejorar. Vivir en el pasado no nos ayuda a mejorar el presente.

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