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Lecciones aprendidas

En el proceso de cuidar a otros, una hija aprende mucho sobre sí misma.

In English | He cuidado a tres generaciones en mi familia, lo que haría pensar que soy una experta en la materia. Pero en verdad, necesité tres generaciones para entender realmente las verdades esenciales de prestar cuidados, y lo que es más importante, cómo aplicar esas verdades a mí misma.

Vea también: Su nieto: ¿el prestador de cuidados?

Mis abuelos

Cuando tenía apenas 13 años, mis abuelos maternos vinieron a vivir con nosotros después del derrame cerebral de mi abuela. Se encontraba en las primeras etapas de la demencia senil, y el derrame cerebral la había debilitado tanto que necesitaba supervisión constante.

Al principio todo era muy divertido; la abuela contaba historias maravillosas de su vida, y no me importaba arreglarle el cabello o ayudarla a vestirse. Pero, a medida que progresaba su demencia senil, sus historias se volvieron aburridas. Sus tonterías se convirtieron en una carga. Mi madre manejó este avance de la enfermedad con gracia y elegancia. Yo no era siempre tan amable.

Un día regresé de la escuela y encontré a mi abuela en mi habitación, leyendo mi diario. Se lo arranqué de las manos y le ordené salir de mi habitación. En seguida me arrepentí de mi rabieta. Pero, era demasiado tarde. Su rostro cabizbajo me recordará siempre lo frágiles que son los pacientes con demencia senil.

Le confesé todo a mi madre, tan avergonzada que ni siquiera podía mirarla a los ojos. Más tarde, traté de pedirle perdón a la abuela, pero no se acordaba de lo que había pasado en la tarde. Pero yo sí me acordaba y me llevé a la segunda generación la lección que mi madre me había dado sobre lo que significa realmente cuidar a otros.

 Clarissa Leahy/cultura/Corbis

La única cosa buena de la enfermedad de Alzheimer, al menos para mi madre y mi abuela, fue que al menos las detuvo en una época en que eran las mejores versiones de ellas mismas.

Mis padres

Yo tenía 35 años cuando mis padres vinieron a vivir conmigo. Por muchos años había vivido a una distancia de dos horas, pero siempre mantuve el contacto con mis dos hermanos. No quedaba duda de que papá y mamá necesitaban compañía todo el tiempo. Mi madre se encontraba en las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer. Mi papá había tenido dos derrames cerebrales y dos infartos, y su diabetes estaba demasiado fuera de control.

“Yo puedo hacerlo”, les aseguré a todos. Mi relación con mi padre siempre había sido difícil. Me había pasado la mayor parte de mi vida adulta buscando su aprobación de una u otra forma, y pienso, hasta cierto punto, que creía que haciendo esto tal vez me ganaría finalmente la aprobación de mi papá. Y realmente deseaba pasar algún tiempo con mi madre porque sabía que iba a llegar el día en que ya no me iba a reconocer. Pero, no esperaba que eso sucediera tan pronto.

Los primeros seis meses transcurrieron sin problemas, aunque mi papá pasó mucho tiempo en el hospital. Había llegado a mi casa con insuficiencia renal, por lo que hicieron falta varios meses para llevarlo hasta un nivel de salud controlable. Pienso que esas semanas en el hospital fueron las que más afectaron a mamá y, algunas noches, sencillamente no podía alejarse de allí. Conseguía una silla de ruedas del hospital y la empujaba. Pero no dejaba de visitarlo un solo día. Mi papá era y sigue siendo su mundo.

Vea también: Su mamá deja de reconocerla. »

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