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Fragmento del libro 'La prueba del cielo'

Escrito por el neurocirujano Eben Alexander.

Me gradué de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill en 1976 con una especialización en Química y recibí mi M.D. en Duke University Medical School en 1980. Durante mis once años en la facultad de medicina y el entrenamiento de mi residencia en Duke, así como en el Massachusetts General Hospital y en Harvard, me enfoqué en la neuroendocrinología, el estudio de la interacción entre el sistema nervioso y el sistema endocrino —la serie de glándulas que liberan las hormonas que dirigen la mayoría de las actividades de tu cuerpo. También pasé dos de esos once años investigando cómo los vasos sanguíneos en una zona del cerebro reaccionan patológicamente cuando hay un sangramiento por un aneurisma —un síndrome conocido como un vasoespasmo cerebral.

Al completar una beca de investigación en neurocirugía cere-brovascular en Newcastle-Upon-Tyne en el Reino Unido, pasé quince años en la facultad de Harvard Medical School como profesor asociado de Cirugía, con especialización en Neurocirugía. Durante esos años, operé a un sinnúmero de pacientes, muchos de ellos con condiciones cerebrales severas que ponían en riesgo sus vidas.

Vea también: Reseña: La prueba del cielo, una vida más allá de la muerte.

La mayor parte de mi trabajo de investigación consistía en el desarrollo de procedimientos técnicos avanzados como la radiocirujía estereotáctica, una técnica que les permite a los cirujanos dirigir haces de radiación con precisión hacia blancos específicos muy profundos en el cerebro sin afectar a las zonas adyacentes. También ayudé a desarrollar los procedimientos de resonancia magnética guiada por imágenes que fueron fundamentales para reparar condiciones cerebrales difíciles de tratar, como tumores y desordenes vasculares. Durante esos años, también escribí y fui coautor de más de 150 capítulos y ensayos para revistas médicas revisadas por colegas, y presenté mis descubrimientos en más de doscientas conferencias médicas alrededor del mundo.

En resumen, me dediqué a la ciencia. Usar las herramientas de la medicina moderna para ayudar y sanar a personas, y para aprender más sobre el funcionamiento del cuerpo y el cerebro humano, era mi vocación. Sentía una suerte inmensurable de haberla encontrado. Aún más importante, tenía una hermosa esposa y dos queridos hijos, y mientras que de muchas maneras estaba casado con mi trabajo, no descuidé a mi familia, que yo considero ser la otra gran bendición de mi vida. De muchas maneras, era un hombre con mucha suerte, y lo sabía.

El 10 de noviembre de 2008, sin embargo, a mis cincuenta y cuatro años, pareció que mi suerte había llegado a su fin. Me atacó una enfermedad extraña que me dejó en coma por siete días. Durante ese tiempo, todo mi neocórtex —la superficie externa del cerebro, la parte que nos hace humanos— se había apagado. Inoperante. En esencia, ausente.

Cuando tu cerebro está ausente, tú también lo estás. Como neurocirujano, había escuchado muchas historias a través de los años de personas que habían vivido experiencias extrañas, en general después de sufrir un paro cardíaco: historias de viajes a paisajes misteriosos y maravillosos; de hablar con parientes muertos —hasta de conocer a Dios mismo.

Cosas maravillosas, sin duda. Pero todo, en mi opinión, era pura fantasía. ¿Qué causaba este tipo de experiencias fuera de este mundo que tales personas a menudo cuentan? No decía saber, pero sí sabía que estaban basadas en el cerebro. Toda nuestra conciencia lo está. Si no tienes un cerebro funcional, no puedes estar consciente.

Esto es porque, en primer lugar, el cerebro es una máquina que produce la conciencia. Cuando se rompe la máquina, la conciencia se detiene. Por más complicado y misterioso que sea el mecanismo de los procesos del cerebro, en esencia el asunto es así de simple. Si desenchufas la televisión, se apaga. El programa terminó, sin importar lo mucho que lo hayas estado disfrutando.

Así te lo hubiera explicado previamente a que mi propio cerebro se apagara.

Durante mi coma, mi cerebro no estaba funcionando indebidamente —no estaba funcionando para nada. Ahora creo que esto debe haber sido lo que ocasionó la profundidad e intensidad de la experiencia cercana a la muerte que yo mismo viví. Muchas de las experiencias cercanas a la muerte reportados ocurren cuando el corazón de una persona se ha apagado por un rato. En esos casos, el neocórtex se desactiva temporalmente, pero en general no registra demasiado daño, siempre y cuando el flujo de sangre oxigenada se restaure a través de la resucitación cardiopulmonar o la reactivación de la función cardíaca dentro de más o menos los cuatro minutos. Pero en mi caso, el neocórtex ni registraba. Me estaba encontrando con la realidad de un mundo de conciencia que existía totalmente libre de las limitaciones de mi cerebro físico.

Lo mío, en algunos aspectos, era la tormenta perfecta de las experiencias cercanas a la muerte. Como neurocirujano activo con décadas de investigación y trabajo en la sala de operaciones, estaba en una posición mejor que la común para juzgar no solo la realidad sino las implicaciones de lo que me había ocurrido.

Esas implicaciones son tremendas y van más allá de cualquier descripción. Mi experiencia me enseñó que la muerte del cuerpo y el cerebro no son el fin de la conciencia, que la experiencia humana continúa más allá de la tumba. Aún más importante, continúa bajo la mirada de un Dios que ama y se preocupa por cada uno de nosotros y por el destino del universo mismo y de todos los seres que lo habitan.

El lugar al cual fui era real. Real de tal manera que hace que la vida que vivimos aquí y ahora sea como un sueño en comparación. Sin embargo, esto no quiere decir que no valore la vida que vivo ahora. De hecho, la valoro más de lo que lo había hecho antes. Lo hago porque ahora la veo en su verdadero contexto.

Esta vida no es sin propósito. Pero desde aquí no podemos ver ese hecho —por lo menos la mayoría del tiempo. Lo que me ocurrió mientras estuve en ese coma es realmente la historia más importante que alguna vez contaré. Pero es una historia complicada para describir porque es tan ajena a la comprensión común. No puedo simplemente gritarla a viva voz. A su vez, mis conclusiones están basadas en un análisis médico de mi experiencia, y en mi familiaridad con los conceptos más avanzados de la ciencia del cerebro y el estudio de la conciencia. Una vez que me di cuenta de la verdad detrás de mi viaje, supe que debía contarla. Hacerlo bien se ha vuelto el deber más importante de mi vida.

Eso no quiere decir que he abandonado mi trabajo médico y mi vida como neurocirujano. Pero ahora que he tenido el privilegio de comprender que nuestra vida no termina con la muerte del cuerpo o el cerebro, lo veo como mi deber, mi llamamiento, contarle a la gente sobre lo que vi más allá del cuerpo y de esta tierra. Tengo ganas de contarles mi historia en especial a las personas que pueden haber oído de historias similares a la mía y han querido creerlas, pero no lo han podido hacer del todo.

Es a esta gente, más que a cualquier otra, a quien le dirijo este libro, y el mensaje contenido en él. Lo que tengo para contarles es tan importante como cualquier cosa que alguien les haya contado jamás, y es verdad.

 

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