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James Farrin, director ejecutivo, The Petey Greene Program

“Debes mostrarles confianza y respeto a las personas”, dice Farrin. “Todos cometemos errores”.

La primera vez que James Farrin se interesó en el sistema carcelario fue en 1958, cuando era estudiante de último año en Princeton University y hacía su tesis. La segunda vez fue mucho después, pero las consecuencias están cambiando vidas y arrojando nueva luz sobre el sistema de justicia penal de Estados Unidos.

En el 2008, Farrin cofundó y se convirtió en el director ejecutivo del Petey Greene Program, por medio del cual se recluta a estudiantes de licenciatura y posgrado para que sean tutores de presos en las cárceles, los penales y las correccionales. Lo que empezó con aproximadamente 25 estudiantes de Princeton que les enseñaban a presos de una cárcel se convirtió en una organización sin fines de lucro que actualmente cuenta con 715 voluntarios en 32 universidades. En el último año académico, el programa se asoció con 37 correccionales de ocho estados.

El programa ha ayudado a cientos de reclusos a pasar las pruebas de equivalencia de la escuela secundaria y a tomar cursos universitarios (logros esenciales para los reclusos al fijar una nueva dirección en sus vidas). Según un estudio del 2013 de la Rand Corporation, los reclusos que participan en programas educativos son un 43% menos propensos a reincidir y regresar a prisión.  Además, tienen más probabilidades de encontrar trabajo después de su excarcelación.

“Me involucré en esto de retribuir a los demás tarde en la vida”, afirma Farrin, de 81 años, cuya carrera corporativa incluyó un período de mercadeo internacional en Colgate-Palmolive Co. y cargos directivos en otras grandes empresas. “Nunca me había sentido tan satisfecho”.

Sin embargo, Farrin casi se pierde la oportunidad que le propuso Charles Puttkammer, un compañero de clase de Princeton y el cofundador del programa.  Puttkammer quería crear un programa de tutores en las cárceles como homenaje a su amigo fallecido, Ralph Waldo “Petey” Greene Jr., un antiguo recluso que se convirtió en una estrella de la radio y la televisión en Washington, D.C. Ofreció financiar la idea si Farrin la administraba. Al principio, Farrin decidió rechazar la oferta porque disfrutaba dirigir su firma de consultoría con sede en Princeton. Al día siguiente cambió de idea después de que su esposa conociera al capellán de la Alfred C. Wagner Youth Correctional Facility en Nueva Jersey y se enterara de que necesitaba voluntarios.

“Creí que tal vez era una señal. Pensé en mi tesis”, dice Farrin, un padre con cinco hijos que también tiene una maestría en administración de empresas de Stanford University. En su tesis de licenciatura en política, Farrin exploró la carrera del juez Benjamin Barr Lindsey, un pionero del sistema penal juvenil estadounidense. Lindsey trataba a los jóvenes infractores con una dignidad extraordinaria que les ayudó en su rehabilitación. “Debes mostrarles confianza y respeto a las personas”, dice Farrin. “Todos cometemos errores”.

Erich Kussman cree que nunca hubiera obtenido su diploma equivalente de educación general básica (GED) sin la orientación de los tutores de Petey Greene. “La educación realmente te abre la mente a cosas que nunca sabías que estaban ahí”, afirma Kussman, de 37 años, que cumplió una pena de 12 años por robo a mano armada. Se acuerda de haberse quedado estupefacto al enterarse de que los tutores eran voluntarios. “¿Quién va a enseñarle a la gente en las cárceles sin que le paguen?”, pregunta Kussman, que recibió su título de licenciatura en estudios bíblicos después de su excarcelación en el 2013 y actualmente cursa el segundo año en el Princeton Theological Seminary. “Siempre lo recordaré”.

Estas son historias conocidas para Farrin, aunque a veces se le salen las lágrimas al contarlas. Es su deseo de darles una segunda oportunidad a más reclusos lo que hace que siga insistiendo en expandir el programa. En medio de obtener donaciones, Farrin todavía encuentra tiempo para asistir a las ceremonias de graduación de la escuela secundaria de la cárcel. “No hay nada como estar en la cárcel y ver llorar de orgullo a algunas de las madres de los graduados”, dice Farrin.

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