In English | El aroma a rosas era tan fuerte que traspasaba la pared del patio trasero y llegaba al vecindario. Pero no había rosas en el patio de Estela Ruiz; ni siquiera, en un florero de su modesto hogar, en Phoenix. Aun así, Ruiz dice que ella y los cientos de personas reunidas a su alrededor sabían que el dulce aroma significaba que la Virgen María estaba cerca y lista para compartir más mensajes con ella y con el mundo.

— Michael Gesinger/Getty Images
En diciembre de este año se cumplirá el 23º aniversario de lo que Ruiz dice fue la primera vez que se le apareció la Virgen. Ruiz, abuela y educadora, atravesaba una crisis familiar cuando sucedió lo que ella considera un milagro.
Ruiz es parte del 86% de los estadounidenses hispanos mayores de 45 años que dicen creer en milagros y del 56% que asegura haber presenciado uno, de acuerdo con un estudio exclusivo de AARP sobre milagros, ángeles y curas divinas realizado en el 2008. Eso contrasta con el 80% y el 35%, respectivamente, verificado entre los blancos no hispanos que expresan lo mismo.
Los porcentajes no sorprenden a Ruiz. "Cuanto más vive uno, más puede ver. Creo que Dios hace milagros para que podamos crecer y acercarnos más a Él. Dios nos muestra muchas cosas hermosas y acerca de Él, así que no me sorprende para nada".
Pero el reverendo Tony Sotelo, un sacerdote católico jubilado de 76 años, de Phoenix, se pregunta por qué no son mucho mayores los porcentajes de hispanos que creen en milagros. “Los milagros ocurren no sólo en el exterior, sino dentro de las personas —asegura—. Es algo que, a veces, sólo ve el sacerdote; algo que no puede explicarse de ninguna otra manera”.
Sotelo habla con facilidad y, a la vez, con asombro sobre los milagros que él ha presenciado, desde conducir directamente a la casa de una mujer en silla de ruedas que estaba muriendo —sólo con el nombre del pueblo dónde vivía— hasta ver a una joven feligresa caminar otra vez, luego de que le diagnosticaran una parálisis permanente. “Corrió hasta mí y la gente comenzó a llorar —cuenta acerca de la muchacha por quien los feligreses habían rezado cada domingo—. Les había dicho que si íbamos a rezar, teníamos que hacerlo muy seriamente”.
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