Me di cuenta de que tenía un problema cuando, durante unas vacaciones de ensueño, me encontré escondiéndome en el baño, a las 3 de la mañana, para entrar en mi página. Éste no era un baño común: era un lujoso mini spa, todo blanco, con una gigante bañera de estilo italiano, con orquídeas de un púrpura profundo y velas votivas por todas partes, en un elegante hotel en los Cayos de Florida. Sin embargo, en lo que a mi se refería, podría haber estado parado en un establecimiento económico de la cadena Motel 6, porque lo único que me importaba en ese momento era saber si tenía nuevos amigos en Facebook.
Cerré la puerta con suavidad, para evitar despertar a mi esposa, Barbara, la persona con el sueño más liviano del planeta, y abrí mi computadora portátil. Y ahí estaba, una corta oración que no pensé que iba a ver nunca. “Ahora, Hugh y Hugh Jackman son amigos”.
Sí, era el Hugh Jackman real, o al menos parecía serlo en la foto. Me sentí aturdido y me sonrojé un poco. No porque estuviera realmente interesado en relacionarme con Hugh Dos (como lo llamé más tarde). De hecho, lo que más me gustaba del sujeto era su primer nombre. Pero sabía que Hugh Dos era un fenomenal “gancho” en Facebook. Añadir su nombre a mi lista de amigos aumentaría, instantáneamente, mi crédito en Hollywood y me facilitaría conseguir otros amigos integrantes de la “Lista A”. Y esto fue exactamente lo que sucedió. En cuestión de días, Richard Gere, Julianne Moore, Warren Buffet y muchas otras celebridades —bueno, está bien, los impostores obvios, como “Danzel Washington” y “Turner Tina”, no cuentan— se unieron a mi círculo.
Barbara no se mostró impresionada. “¿Sabes lo que eres?" —me preguntó al día siguiente, en la piscina, cuando le conté la noticia, totalmente emocionado—. “Eres una prostituta de Facebook. ¿Por qué no tienes una conversación real, con una persona real?”
“Alguien como yo, por ejemplo”.
¡Ay! Desde mi ingreso a Facebook, unos meses atrás, atrapado en una locura nacional que ha convertido a los boomers en el grupo demográfico de mayor crecimiento en internet, Barbara se había estado burlando de mi vicio. Pero, ahora, estaba desplegando artillería pesada, y yo no tenía una respuesta. Sonreí, mentí, actué encantadoramente, todo mientras pensaba: ”Cómo puedo hacer para escaparme, discretamente, y revisar si tengo más amigos nuevos?” Para entonces, aún me encontraba en una fase temprana de la adicción a Facebook: la negación.
¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo pasé, virtualmente de la noche a la mañana, de ser una persona relativamente seria a ser un desvergonzado seguidor de celebridades? A lo largo de mi carrera como escritor y editor, conocí a incontables celebridades de la “lista A” y trabajé estrechamente con más de uno. Generalmente, soy el arquetipo de la reserva periodística cuando encuentro a una persona famosa en mi trabajo. Sin embargo, en el extraño y desinhibido mundo de Facebook, otra faceta de mi personalidad emergió: la parte a la que le gusta aparecer como si fuera alguien que realmente no soy. Y esto era sólo el principio.
Cuando recién comencé a participar en Facebook, sentí como si hubiera atravesado un espejo y entrado a un mundo lleno de personas que conocía o pretendía conocer, que compartían sus secretos íntimos para que todo el mundo los viera. Estaba fascinado por lo fácil que era distribuir fotos, videos y fragmentos del programa de Jay Leno de la noche anterior, escribir la crónica de los detalles de la vida cotidiana y crear grupos de personas tan chifladas como uno mismo (un grupo se llamaba a sí mismo “1.000.000 para lograr que Julian Schnabel se abotone la camisa”).
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