In English | Son las 9 de la noche de un domingo cuando Alejandro Juárez se encamina hacia la esquina de la Calle 73 y la Avenida Roosevelt en la sección Jackson Heights de Queens, Nueva York. Allí, el inmigrante mexicano encuentra a otros pares jornaleros como él, decenas de ellos, quienes cada vez con más frecuencia andan sin trabajo y, en consecuencia, sin el dinero para comprar alimentos. Por lo tanto, todas las noches se reúnen en esta esquina en busca de una de las pocas cosas con las que siempre pueden contar: una comida caliente que les entrega Jorge Muñoz.
Durante el día, Muñoz, originario de Colombia, conduce un ómnibus escolar. Por la noche, estos trabajadores le dirán que realiza la tarea de un ángel.
Durante cinco años, Muñoz, de 45 años de edad, les ha traído a los hombres alimento los siete días de la semana. Son comidas que preparaban su madre y su hermana, y que ahora se realizan con la ayuda de otras personas.
“Se puede pasar un día o más sin comer si nadie te contrata, y esto ha estado sucediendo cada vez más a los trabajadores como nosotros en esta economía”, indica Juarez, de 38 años de edad, mientras Muñoz distribuye recipientes desechables llenos de la comida de esa noche —arroz, lentejas y salchichas— a una larga fila de hombres. “Lo que hace es una bendición, ya que al menos sé que no dormiré con hambre”.

— Nick Onken
Muñoz ha recibido atención nacional por su buena obra. Este año, fue presentado en el segmento semanal “Héroes” de la CNN, el cual hace una selección de nominaciones mundiales para honrar a “personas comunes que están realizando actividades extraordinarias” para ayudar a los demás. Muy poco después, los Knickerbockers de Nueva York honraron a Muñoz durante un descanso en un juego en el Madison Square Garden con su premio mensual Sweetwater Clifton City Spirit Award, que le otorgó un cheque de $2.000 para su misión sin fines de lucro, apropiadamente llamada An Angel in Queens. Y en agosto, Muñoz apareció en Good Morning America de la cadena ABC, que también realizó una contribución a la organización.
“Dios nos otorga a todos una misión —comenta Muñoz—. Depende de nosotros aceptarla o no. Esta es la misión de Dios para mí, alimentar a estas personas. Ver la imagen de sus rostros, las sonrisas cuando les pongo un plato de comida en sus manos genera una gran sensación”.
Muñoz calcula que ha servido más de 70.000 comidas desde 2004, cuando algunos amigos colombianos que trabajaban en restaurantes y negocios gastronómicos le contaron, perplejos, la cantidad de comida que veían que sus empleadores tiraban a diario. Coincidentemente, Muñoz se detuvo un día para conversar con algunos trabajadores —entre ellos, compatriotas de su tierra— y se enteró de que algunos con frecuencia pasaban hambre. Pensó que lo mínimo que podía hacer, a pesar de que él mismo luchaba para sobrevivir con su salario de $600 semanales en una ciudad cara, era distribuir de algún modo las sobras de comida para que llegaran a los trabajadores.
“Hablé con algunos de los dueños de los negocios y con empleados para ver si me darían la comida en lugar de tirarla”, cuenta. “Estuvieron de acuerdo, en la medida en que se pudieran mantener en el anonimato”.
Al principio, traía alrededor de una docena de bolsas de papel con bocaditos y algo de tomar para los inmigrantes que se reunían en la esquina esperando a que un contratista les diera uno o más días de trabajo. Pero la multitud que comenzó a reunirse en espera de las comidas de Muñoz aumentó de una docena a dos docenas, y ahora, muchas noches alcanza unas 130.
Por supuesto, indica Muñoz, las bolsas de comida donadas no eran suficientes. Él, su madre, Doris Zapata, y su hermana, Luz, se unieron para proporcionar a los inmigrantes comida caliente todas las noches. Después del trabajo, aproximadamente a las 5 de la tarde, Muñoz compraba los ingredientes y recolectaba las donaciones de alimentos. Zapata y Luz, quienes vivían con Muñoz en un departamento en Queens, cocinaban. Y luego, Muñoz repartía las comidas.
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