"Se ha hecho justicia". Han tenido que pasar casi 10 años, para que un presidente de Estados Unidos pudiera colocar éstas palabras al lado de la noticia más deseada por millones en Estados Unidos y en todo el mundo: la muerte de Osama Bin Laden.
El escurridizo líder de la organización terrorista Al Qaeda, a quien se lo habíatragado la tierra desde que escapó de las faldas de las montañas de Tora Bora y a quien muchos llegaron a considerar inclusocomo un fantasma o una entelequia creada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, se materializó ayer durante un ataque fulminante de Estados Unidos en la localidad de Abbottabad, muy cerca de Islamabad, la capital de Pakistán.
El anuncio de su muerte llegaba en una noche apacible de primavera. Y sus efectos se extendían hasta bien entrada la madrugada, con una cadena de festejos que se vivían frente a los jardines de la Casa Blanca. Como suele ocurrir con todas las noticias que hacen historia, la muerte de Osama Bin Laden, la meticulosa revisión de sus restos y la reconstrucción del operativo que se gestó durante casi nueve meses, extenderá su horizonte sobre una semana en la que el presidente Barack Obama será el gran beneficiario de ésta noticia de alto impacto que podría asegurarle un segundo mandato.
Por el momento, ha sido el presidente Obama el primero en advertir a sus ciudadanos sobre el peligro de caer en la embriagadora tentación de los festejos, tras una captura que podría tener graves consecuencias en el corto plazo. Con esto en mente, la administración Obama ha emitido una alerta de viaje para todos aquellos ciudadanos que se encuentren en países de Oriente Medio o que tengan programado una visita hacia esa zona del planeta.
El temor a represalias, producto de una reacción de rechazo al ataque de Estados Unidos contra el líder de Al Qaeda o de planes preconcebidos desde antes de la muerte de Bin Laden -como por ejemplo, la versión conocida a través de Wikileaks sobre los supuestos planes de la organización terrorista de hacer estallar una bomba nuclear desde un país no determinado de Europa en caso de que su líder fuera muerto o capturado--, condicionarán la agenda y muchos de los planes de la administración Obama en el inicio de ésta semana.
Pero, al margen de las oportunas medidas de seguridad, el presidente Obama tendrá que recabar del gobierno de Pakistán las muchas preguntas que hoy se hacen millones y que han puesto en serio entredicho la credibilidad de uno de los más importantes aliados de Washington en esa región del planeta.
¿Cómo pudo permanecer oculto Osama Bin Laden durante casi una década y en una localidad a escasos kilómetros de Islamabad, la capital de Pakistán?. ¿Cómo pudo Estados Unidos dejarse engañar durante todo este tiempo, con versiones de que Bin Laden había huido a Yemen o a Somalia?
Estas, entre muchas preguntas, anticipan el inicio de una complicada semana en las relaciones de Washington e Islamabad. Unas relaciones de por sí deterioradas por la campaña de vuelos no tripulados que han conseguido descabezar a importantes líderes de Al Qaeda en los límites fronterizos de Pakistán y Afganistán, pero que también han provocado muertes entre civiles.
La muerte de Osama Bin Laden, y sus múltiples derivaciones, condicionarán así gran parte de la agenda política que, además, se verá complementada con las audiencias que tendrán lugar ante los comités de Relaciones Exteriores de ambas cámaras y en donde el futuro de la alianza entre Estados Unidos y Pakistán y las consecuencias que traerá consigo la muerte del líder de Al Qaeda en el complejo equilibrio de poderes en Afganistán, serán objeto de intensos debates y de un obligado proceso de reflexión.











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