Por la mañanita llegó Pedro en la mula a mi casa. Yo, que había pasado toda la noche entre dormida y despierta, me levanté sobresaltada y le grité: «¡Pedro! ¿Qué pasa?». «Que las muchachas no han llegado», me dijo. Ya no me quedaron dudas y así empecé a lanzar el grito que repetiría sin parar durante esos días en todas partes: «¡Las mató!». «Nelson, levántate, que mataron a las muchachas», dije. Nelson se tiró de la cama. Jaimito por igual. Nos vestimos corriendo y salimos para casa de mamá. Antes de llegar nos topamos con la esposa de Rufino en la carretera, desesperada, llorando. Yo grité: «¡Miren a Delisa como está, también a su marido lo mató!». (Pág. 190, Capítulo VIII, La Tragedia).
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