Uno de los héroes indiscutibles de la Guerra Fría fue Václav Havel. Nadie como el intelectual checo conoció mejor la entraña del sistema totalitario comunista. Su modesta y temprana aspiración de escribir obras teatrales se vio trocada por la historia en una intensa y larga jornada en defensa de los derechos del hombre.
Fiel a su misión de articular el poder de los que no tenían poder, sufrió años de cárcel, persecuciones, censura, humillaciones y ostracismo sin cejar en su determinación por aniquilar la fuerza comunista basada en el Kremlin que invadió y dominó la Europa Central, incluyendo su amada Checoslovaquia.
Su figura proyectaba la autoridad de una moral forjada en las protestas callejeras de la fracasada Primavera de Praga en 1968, lucha que culminó en las negociaciones que provocaron el fin de 40 años de aquella pesadilla.
La “Revolución de Terciopelo” de noviembre de 1989, en que Havel tuvo un rol protagónico y en la cual no se disparó un arma de fuego, estableció el Foro Civil, coalición de grupos de oposición que demandó la renuncia de los líderes comunistas y la liberación de los presos políticos. Durante un mes, cientos de miles de manifestantes se lanzaron a la calle y no abandonaron sus protestas hasta que poner término al régimen de partido único.
A nadie sorprendió que a la hora de instalar la democracia en Checoslovaquia en julio de 1990, el primer presidente del país fuera Havel. Presidió el país hasta que renunció al cargo tres años después, cuando asomó la división geográfica que resultó en dos países diferentes: Eslovaquia y la República Checa. En 1993 regresó al Castillo y gobernó la República Checa durante 10 años más.
Havel orientó su país hacia Occidente, y fue uno de los primeros sobrevivientes del bloque soviético en convertirse en miembro de la OTAN y de la Unión Europea.
Personalmente, siempre tuve gran admiración por Václav Havel. Seguí su trayectoria desde que en 1977, siendo yo también un disidente en mi propio país, me sentí incluido, y en la distancia casi protegido, por su famoso manifiesto conocido como Carta 77. El texto, que demandaba los derechos garantizados en los Acuerdos de Helsinki de 1975, fue un documento de apenas seis páginas firmado inicialmente por 242 personas a las que luego se sumaron centenares más. Carta 77 se definía como “una comunidad libre, informal, abierta, de personas de convicciones diferentes, diferentes religiones y diferentes profesiones, unidas por la voluntad de luchar, individual y conjuntamente, por el respeto a los derechos civiles y humanos”.
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