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Siete años y medio después

El fin de la Guerra de Irak

Celebremos el regreso de nuestros soldados tras siete años y medio del controversial conflicto armado que nunca debió haber sido.

Todas las guerras terminan algún día. Sin embargo, el suspiro de alivio colectivo cuando se firma la paz o se retiran las tropas no alcanza a atenuar la secuela de tristeza y dolor que dejan detrás los conflictos armados y que suele prolongarse durante años.

Con mucha pena y sin mucho ruido, la tristemente célebre Guerra de Irak llegó a su fin. La noche del miércoles 18 de agosto el último vehículo militar cargado de tropas de combate estadounidenses abandonó el territorio iraquí casi furtivamente. Claro que seguramente habrá una ceremonia militar oficial el último día de agosto en la que se le devolverá el país a los iraquíes, pero, curiosamente, la guerra que polarizó la sociedad estadounidense y el mundo entero hizo mutis del escenario noticioso en casi absoluto silencio. Ni siquiera la Casa Blanca emitió un comunicado. El Presidente Obama, quien pronunció un discurso en el estado de la Florida esa noche precisamente en el instante en que los vehículos militares abandonaban Irak, no incluyó en su teleprompter más que una descuidada mención al paso, saltando inmediatamente a otro tema sin más elaboración.

Así, siete años y medio después de que esos mismos vehículos militares cruzaran en abril de 2003 la frontera de Irak en dirección contraria, incluyendo entonces  miles de periodistas incorporados a los batallones con cámaras y cuadernos, el final se produjo como si alguien hubiera simplemente apagado la luz, cerrado la puerta … y aquí no ha pasado nada.

Pero sí pasó mucho en esa guerra. Y seguirá pasando. La guerra a la que Estados Unidos fue por las razones equivocadas, o dicho mejor, sin verdaderas razones de peso, produjo 4,404 muertes de heroicos soldados estadounidenses (la mitad de ellos antes de cumplir 25 años) además de decenas de miles de iraquíes. Trágicamente, las muertes seguirán ocurriendo después de declarada la paz. La cifra de suicidios de veteranos de Irak alcanzó 32 muertes en junio y 27 en julio, por sólo mencionar los dos últimos meses. El número total de heridos y mutilados en las fuerzas armadas es de 31,902 (*), también sin contar los iraquíes. Y el costo estimado total de esta guerra hasta ahora es de casi $1 millón de millones, lo cual es una de las causas por la que el déficit nacional se ha convertido en un controversial tema de preocupación ciudadana.

¿Valió la pena esta guerra?

Sí y no. A juzgar por las razones iniciales que se le presentaron al pueblo estadounidense para justificarla —la presencia de armas de destrucción masiva y la participación del gobierno de Sadam Hussein en los ataques del 11 de septiembre— ninguna de esas causas resultó cierta. Nunca aparecieron las famosas ADM y Sadam no tuvo nada que ver con los ataques, entre otras razones porque Osama Bin Laden y él andaban a las greñas y no tenían ningún interés en aliarse para cometer alguna fechoría juntos.

Otras razones sucedáneas para la guerra que fueron apareciendo después para salvar la cara de los que la decidieron, tal vez encuentren un puntal positivo en que apoyarse. Efectivamente, Irak y el mundo son mejores sitios tras la desaparición de Sadam del poder en el Oriente Medio. Pero lo mismo podría decirse de otros dictadores igualmente malignos que han pululado durante años en países africanos, asiáticos y latinoamericanos (uno de ellos a apenas 90 millas de distancia de Estados Unidos) sin que las fuerzas armadas estadounidenses se hayan sentido compelidas a invadir sus territorios.

En cuanto a la difusión del sistema democrático en una región repleta de gobiernos autocráticos, monárquicos, tiránicos y anárquicos, no existe consenso sobre este posible logro. En el propio Irak, que es hoy sin lugar a dudas un sitio muchísimo mejor en el que vivir pese a los carrobombas suicidas que todavía causan muerte y destrucción, la vida es mucho más potable y civilizada después de la intervención estadounidense. Sin embargo, la democracia que ha quedado instalada allí es aún tan frágil que, meses después de la última elección nacional, no existe todavía acuerdo sobre quién debe gobernar el país.

Y lo cierto es que el “virus” democrático, que el entonces Presidente Bush —con una intención extraordinariamente loable aunque ingenua— auguró que contagiaría toda la región, no ha logrado prender en los países adyacentes. Es más, el vecino país de Irán es hoy mucho más hostil, menos democrático, y más peligrosamente propicio a poner en peligro el mundo entero con sus planes de desarrollar armas atómicas.

Dicho todo esto, no es el momento de abrigar resentimientos y reproches sobre lo que nunca debió haber sido. El momento es de gran celebración. No hay mejor motivo para abrir el champán que el advenimiento de la paz. Y quien no lo crea así no tiene más que mirar las escenas en nuestras pantallas de soldados, todavía con sus uniformes, abrazando a seres queridos al reunirse otra vez con sus familias.  Le comprimen el corazón al más fuerte los abrazos de niños, mujeres y ancianos, sus ojos cargados de lágrimas y sus corazones colmados de amor, recibiendo a padres o madres, esposos o esposas, hijos o hijas, verdaderos héroes que regresan repletos de orgullo por haber sacrificado su tiempo, arriesgado sus vidas y empleado sus mejores años mozos para servir a su país y al mundo en las trincheras de combate.

Dios los bendiga siempre. A aquellos que no alcanzaron a regresar, que el recuerdo de su máximo sacrificio nunca muera en la mente y el corazón de esta sociedad generosa que llora su honrosa pérdida física. Y más importante aún, que seamos capaces de aprender la trágica lección de la Guerra de Irak, con toda su secuela de utilidad y futilidad. Que así sea.

(*) El número de soldados muertos y heridos corresponde a la cifra oficial del Departamento de Defensa de Estados Unidos hasta el 31 de julio de 2010.     
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El contenido de esta columna refleja estrictamente la opinión del columnista y no la postura de AARP. AARP es una organización no partidista, sin fines de lucro que ayuda a las personas mayores de 50 años de edad a ser independientes y a ejercer control de sus vidas de manera asequible y que les beneficie a ellos y a la sociedad. AARP no respalda a ningún candidato a cargos públicos ni dona a campañas políticas ni a ningún candidato.

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