In English | Cynthia Lefever no tuvo ocasión de ver a su hijo Rory Dunn, especialista del ejército, antes de que lo enviaran a Iraq, con 24 horas de aviso previo, en marzo del 2004. El robusto atleta de 1,92 de estatura, hombros anchos y ojos color café se había alistado dos años antes, cuando los trabajos en el área de la construcción empezaron a escasear en Seattle.
“Me enojé mucho”, cuenta Cynthia, de 57 años. Sabía que la guerra en Afganistán se estaba intensificando y que la invasión de Iraq era inminente.
“Obviamente, como madre, me preocupé por su seguridad y bienestar”, dice. “Pero él había tomado una decisión adulta y yo la apoyé”.
Tres meses después del despliegue de Rory, el día que cumplía 22 años, Cynthia estaba sentada en la sala de su hogar en Renton, Washington, escribiéndole un correo electrónico para enviarle un saludo de cumpleaños de sus parientes y amigos, cuando sonó el teléfono. Era el capitán de Rory llamando desde Fort Drum, Nueva York.
Al oficial le temblaba la voz cuando le dio la noticia: un par de dispositivos explosivos improvisados (IED) habían estallado junto al humvee en el que viajaban Rory y su unidad, que patrullaban cerca de la ciudad de Faluya. Las esquirlas de las explosiones simultáneas perforaron el vehículo descorazado. El capitán entregó pocos detalles sobre el incidente en el que murió el mejor amigo de Rory y otro soldado que viajaba con ellos en el humvee.
Lo que sí explicó fue que Rory había sufrido una lesión craneal penetrante y que estaba “gravemente herido”. Cynthia entró en estado de emergencia. Intentó mantener la calma mientras fue a buscar papel y lápiz. Después volvió e hizo más preguntas: ¿Dónde estaba su hijo? ¿Qué tipo de lesiones tenía exactamente? ¿Qué tan “gravemente” herido estaba?
Arriba podía escuchar al padrastro de Rory, Stan Lefever, de 48 años, que acababa de llegar del trabajo. Para cuando dejó su portafolio y bajó, Cynthia ya había cortado. Todavía no sabía qué tan graves eran las heridas de Rory.
Llorando, se volvió hacia su marido. “Nuestro hijo”, dijo, “está herido”.
Al día siguiente, Cynthia y Stan iban camino al hospital militar estadounidense de Landstuhl, Alemania, junto a los tres hermanos de Rory y a su padre biológico, Patrick Dunn, para esperar a que Rory llegara de Iraq.
Cinco días más tarde, después de que los médicos estabilizaron a Rory como para trasladarlo, lo llevaron al hospital de Landstuhl en una camilla.
Lo único que Cynthia reconoció fue la planta de los enormes pies de su hijo. Le faltaba el ojo derecho y el izquierdo estaba muy inflamado. Sesenta grapas mantenían su cuero cabelludo unido. Un cirujano le dijo a Cynthia, que es católica, que Rory probablemente no sobreviviría. Pese a esta noticia, se negó a dejar que un sacerdote le diera la unción de los enfermos. En cambio, sabiendo que la explosión lo había dejado prácticamente sordo, se inclinó junto a la cama con los labios cerca de su oído.
“Soy mamá”, le gritó. “No vas a morir. No se te ocurra morirte”.
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