
Entre los 9 y los 17 años de edad, Ernesto Lechner vivió en Grecia, lejos de su cultura natal, inmerso en un nuevo mundo. — Foto cortesía de Ernesto Lechner
Lo que más me sorprendió al llegar a Grecia fue el color del mar: era todavía más profundamente azul de lo que yo recordaba. La isla de Rodas existe en ese contexto mágico, rodeada por el Mediterráneo, su interminable extensión turquesa interrumpida por recortes de espuma blanca. Un embrujo.
La mayor parte de mi infancia transcurrió en mi país de origen, la Argentina. Pero cuando tenía nueve años, mi madre se separó de mi padre y decidió irse lejos, muy lejos. A las islas griegas. Entre los 9 y los 17, viví en Rodas, al norte de Creta, cerca de la costa de Turquía. Llegué hablando unas pocas palabras de griego, y me fui graduado de la secundaria, enamorado de la literatura griega, abandonando paisajes y amigos que extrañaría por el resto de mi vida.
La nostalgia me persiguió con particular ahínco desde que me mudé a Los Ángeles, donde trabajo como periodista. Hace unos meses, después de casi 30 años, decidí finalmente regresar con mi familia a la isla que recordaba todos los días desde mi oficina, murmurando palabras en griego que sólo yo podía comprender. Era necesario volver.
Llegamos en octubre, una noche lluviosa del húmedo otoño griego. Cenamos en un café frente al mar, en el puerto, delante de la catedral ortodoxa con aroma a incienso y un montón de barquitos que se bamboleaban en el muelle. La primera señal fue un suspiro de alivio: abría la boca y el griego salía a borbotones, palabras que no había mencionado en décadas aparecían en mi mente como si fuera lo más natural del mundo. Los isleños me preguntaron si era griego, tal vez un rodiense que se había ido hace muchos años. Tal vez.
Cuando vivía en Grecia con mi madre, el español era como un código secreto. Nadie en la isla lo hablaba, aparte del Padre Víctor, un cura proveniente de las Islas Canarias que daba la misa todos los domingos en una de las iglesias católicas de la isla. Fue así que nuestro idioma cobró un valor adicional. Podíamos caminar por las calles de Rodas hablando libremente, con la plena confianza de que la conversación permanecía secreta. Por mi parte, me esmeré en aprender el griego, imitando el acento de la isla y consultando el diccionario para entender las sutilezas de un idioma rico en matices. Sin embargo, nunca traicioné al español: durante esos ochos años fue mi idioma favorito, el más cómodo, el más elocuente para mí.
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