Cuando alcanzamos la madurez, casi todos nosotros hemos acumulado una buena carga de asuntos pendientes. Aun cuando no estemos conscientes de ellos, esos viejos rencores, las ofensas, las promesas sin cumplir y las relaciones personales deterioradas, son una carga innecesaria. Estos sentimientos negativos quizás nos impidan ver lo mejor de nosotros mismos y no nos dejan aprovechar las oportunidades que se nos presentan a diario de ser amables, generosos y considerados.
Por suerte, nunca es demasiado tarde para rectificar. En realidad, sucede que la etapa que sigue a los 50 años, quizás, sea la mejor época de la vida para enmendar errores pasados. Tenga en cuenta lo siguiente:
• Podemos ver con más claridad. En este punto, la mayoría de nosotros ha logrado distanciarse y adoptar la perspectiva necesaria para reconocer los errores de la juventud y perdonar a quienes nos hayan herido. Por muchos años, culpé a mi padre por exigirme demasiado en los deportes cuando era niño, y por eso no lo trataba muy bien. Cuando me convertí en padre, pude entender que sus palabras severas habían sido su manera de prepararme para las dificultades de la vida y también de expresarme su cariño.
• Más edad, más sabiduría. Según estudios recientes acerca del cerebro, nuestra capacidad para emitir juicios sabios y equitativos alcanza su apogeo en la edad madura, cuando nuestras habilidades cognitivas siguen siendo fuertes y nuestras decisiones acerca de cómo pensar y actuar se fundamentan en décadas de experiencia de la vida real. Por casi 40 años, le guardé rencor a un chico que me acosaba en la escuela secundaria. Cuando cumplí 50 años, pude darme cuenta de que su presencia constante en mis pesadillas me perturbaba el sueño y la confianza en mí mismo, lo que me hizo acallar mi deseo de venganza.
• Sentimos más empatía. Al tener más experiencia acumulada que nos sirve de apoyo, estamos mejor preparados para entender a los demás y ponernos en su lugar, cognitiva y emocionalmente. Prueba de ello es que mi corazón al madurar pudo ablandarse y perdonar a mi padre y al chico que me acosaba cuando niño.
• El tiempo se acaba. La edad madura quizás sea la última oportunidad que tenemos de pedir disculpas de manera sincera y directa a antiguos amigos y parientes. Recuerdo el remordimiento que sentí cuando visité la tumba de mi abuela, a cuyo funeral no había asistido hace 15 años, porque estaba demasiado ocupado. Habría sido mucho más satisfactorio, tanto para ella como para mí, haberle dicho lo importante que era para mí antes de que tuviera Alzheimer y muriera. Con la madurez llega un nuevo sentido de urgencia. Este es el momento para resolver tus diferencias, expresar tu gratitud y decirles a tus seres queridos lo que significan para ti, mientras todavía están vivos y pueden apreciar estos actos.
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