In English | El “sueño americano” normalmente se traduce en tener una casa y un auto, una buena educación y una carrera gratificante. Alcanzar este sueño muchas veces exige sacrificio y compromiso, particularmente para los latinos que buscan el sueño por segunda vez y a mediana edad.

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Mientras la mayoría de los estadounidenses están perdiendo la fe en el “sueño americano”, los latinos e inmigrantes se mantienen más esperanzados que otros, según un estudio realizado en 2010 por el Xavier University Center for the Study of the American Dream. El 37% de los hispanos manifiestan ese optimismo, contra el 29% de los blancos no hispanos. Otro estudio halló que el 61% de los hispanos dice tener más oportunidades de progresar que las que tuvieron sus padres, en comparación con el 49% de los blancos no hispanos. Los latinos también son más propensos a manifestar confianza en que progresarán financieramente en los próximos cinco años.
Vea también: Recursos para la educación superior sólo para hispanos.
A continuación, dos historias de hispanos mayores de 50 que creyeron en sus sueños y los persiguieron por segunda vez.
Miguel Dorantes ya había alcanzado un “sueño americano”: había emprendido un exitoso negocio de techado luego de inmigrar a Estados Unidos desde México, en 1983. Luego, un suceso inesperado lo llevó a esforzarse por más.
Luego de que el trabajo de parto de su esposa se aceleró tanto que no dejó tiempo para pedir ayuda, Dorantes asistió —sin ningún tipo de capacitación médica— a su mujer para que diera a luz a su hija. “Me dije a mí mismo: ‘No lo hice tan mal; creo que podría ser un buen médico’”, recuerda.
Pero no era el momento ideal para un cambio de carrera. Él y su esposa Linda, novios desde que iban juntos a la escuela secundaria en Ciudad de México, llevaban casados cinco años y habían comenzado a formar una familia. Dorantes, que entonces tenía 31 años, había invertido años en desarrollar su negocio en el área metropolitana de Los Ángeles. Sin embargo, Linda, cuyo título académico la llevó a especializarse en trabajar con estudiantes con limitaciones visuales, animó a su esposo a lograr sus aspiraciones, pese a los sacrificios que tendrían que hacer.
Con un diploma, dice ella, “me sentía tan realizada”. Quería que su esposo tuviera la misma experiencia enriquecedora que ella tenía en la escuela: “Él ama la medicina. ¿Cómo podía negárselo?”
Dorantes ingresó en la Universidad Autónoma de Baja California, en Mexicali, México. La familia, que ahora tiene tres hijas menores de 10 años, se mudó a Caléxico, del otro lado de la frontera, en California, para que las niñas pudieran ir a escuelas estadounidenses. Linda trabajó a tiempo completo y se encargó de criar a sus hijas.
En México, los costos de la Facultad de Medicina son cubiertos por el gobierno, pero aun así, Dorantes necesitaba trabajar los fines de semana como obrero de la construcción, en Los Ángeles, para mantener a su familia. Esto no le parecía inusual hasta que le contó a un compañero de clase, quien remarcó: “No sé cómo lo haces. Yo dedico todo el tiempo que tengo a la Medicina. Tú tienes que encontrar tiempo para trabajar, para tu familia, y te está yendo bien”.
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