In English | Hace poco, en una noche de viernes en el Café Montserrat, un pequeño café de Buenos Aires inmerso en la vibración bohemia de la vieja Argentina, una cantante, de pie próxima a las mesas, cantaba a corazón abierto en tributo a la bravuconada del macho tanguero: el argot, el amargo sarcasmo, el estilo staccato del trío de guitarra que la acompañaba. De repente, dio un paso al costado y presentó al cantante invitado Lucio Arce.
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— Foto: Dave Lauridsen
Cantando de adulto
Hombre alto en sus cincuenta y tantos, parecía como si Arce acabara de salir de una película de tango en blanco y negro de la época dorada del cine argentino: cabello engominado peinado hacia atrás, sonrisa sardónica, traje beige a medida estilo años veinte, lustrosos zapatos a dos tonos. Exhibiendo el carisma natural de un intérprete innato, Arce tomó una guitarra acústica y se lanzó a interpretar “trucha”, un delicioso tango oscuro sobre un perdedor cuya novia lo deja por otra mujer.
Rápidamente, Arce conquistó a hombres y mujeres del público. Reían ante el cinismo taimado de la letra y aplaudían su cadencia vocal y su impecable guitarra. Cabe destacar que las ingeniosas canciones que sonaban como clásicos del tango eran novísimas: composiciones del propio Arce.
Lo que el público desconocía, sin embargo, era que esta interpretación sin pretensiones de una noche de viernes era parte de un sueño hecho realidad para Arce –un sueño que alcanzó a cambio de sacrificar todo lo demás en su vida y de atreverse a esperar lo imposible–.
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