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Inspiración

Cómo pinté mi obra maestra

Siempre quise ser artista. Finalmente, encontré quien me enseñara a serlo.

Hugh Delehanty pintando sobre un lienzo

In English | Alrededor de los 55 años, estaba abrumado por un deseo incontrolable de convertirme en pintor. No sé exactamente cómo comenzó, pero recuerdo haber leído un artículo en una revista que citaba a Tony Bennett, el famoso pintor dominical, haber dicho que había organizado su vida alrededor de tres objetivos: cantar, pintar y escribir.

“¿Porqué no yo?” pensé. Después de todo era escritor de oficio y había recorrido el país como tenor con el coro de mi universidad. Más tarde, por supuesto, me enteré de que el publicista de Tony había inventado ese dicho, pero para entonces no importaba: ya estaba bien encaminado en la senda de Bennett a la realización personal.

Mi primera movida fue inscribirme en una clase de dibujo en una escuela de arte local. La docente, una rusa pesimista con la actitud hospitalaria del guardia de una cárcel del “gulag” (Campos de confinamiento en la Unión Soviética donde los trabajos eran forzados), había sido instruida según el estricto sistema clásico y tenía poca paciencia con cualquiera —sobretodo conmigo— que no hubiera estudiado arte. El primer día creí que se nos daría una tarea fácil, quizá una canasta de frutas, pero, en su lugar Madame Natasha nos hizo dibujar una modelo desnuda, mientras ella merodeaba por nuestros caballetes y fulminaba con su mirada cada trazo. En un momento, examinó mi lamentable dibujo y gruñó: “No, no, no. ¿Qué es esto?” Luego procedió a rehacer mi dibujo por completo.

De alguna manera sobreviví la experiencia y, con el tiempo, ayudado por algunos instructores un poco menos intimidatorios, aprendí a hacer dibujos pasables de la forma humana. Para cuando descubrí el encanto de la pintura al óleo, quedé obsesionado. Pasaba tanto tiempo pintando que mi esposa, Bárbara, bromeaba que me estaba dedicando a otra mujer en el improvisado estudio en nuestro garaje.

No podía culpar a Bárbara por estar celosa. Pero tampoco podía conmigo mismo. La pintura es una amante exigente, y cuanto más trataba de complacerla, más se frustraba. Sentía como si hubiera un combate furioso entre mi Vermeer interior —la parte mía que quería presentar cada detalle a la perfección— y mi de Kooning interior —el lado que quería romper todas las reglas y pintar algo rústico y auténtico—. ¿Cómo podría conectarme con toda esa energía sin perder lo que ya sabía?

Esa pregunta estaba vibrando en mi cabeza cuando llegué a Asheville, en Carolina del Norte, la primavera pasada, para participar de un taller de un día de duración con Steven Aimone, un artista/maestro/filósofo de 57 años que ha elaborado un método de dibujo “expresivo”. Esta técnica le permite a uno ir directamente a la fuente de su creatividad más profunda, aun cuando nunca haya levantado un pincel con anterioridad.

Aimone, quien describe su enfoque en un nuevo libro, Expressive Drawing: A Practical Guide to Freeing the Artist Within (Dibujo expresivo: Una guía práctica para liberar al artista que llevas dentro), cree que todos nacemos con un don innato. “Todos dibujan todo el tiempo, sólo que no saben que están dibujando”, dice. “Cuando uno estampa su firma, por ejemplo, está ejecutando un patrón rítmico y un movimiento totalmente propio, y muy expresivo”.

Aimone continúa: “En nuestra cultura, dibujar se ha convertido en sinónimo de interpretar. De modo que si usted no es capaz de reflejar un deslumbrante parecido a algo, se le dice que no tiene talento. Todo niño de tres años es un artista fabuloso. Pero para cuando alcanzan los 12 ó 13, o se les dice que tienen talento o ya han dejado de intentarlo. Y la mayoría de la gente nunca vuelve a hacerlo”.

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