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Dos miradas retrospectivas

Disyuntivas de las madres

Ahora que sus hijos son mayores, dos madres reflexionan sobre el camino que escogieron y dicen no haberse arrepentido de nada.

Una madre alzando a su bebe en un corredor

— Matthew Scott

In English | "No dejé de trabajar"

De vez en cuando cuestiono mis decisiones: ¿Me equivoqué al criar a mis hijos en la ciudad en vez de los suburbios? ¿Debería haber intentado tener un tercer hijo?

Pero algo que nunca pasó por mi mente fue preguntarme si tomé la decisión correcta al seguir trabajando (enlace en inglés) fuera de la casa después de dar a luz. Sólo tengo que pasar un rato con mis hijos para comprobar que tomé la mejor decisión para mi familia.

Jed y Rory son jóvenes adultos bondadosos, cariñosos, simpáticos y trabajadores. Mis chicos saben hacer de todo, desde encurtir pepinillos hasta fabricar cerveza (enlace en inglés), y eso es sólo en la cocina. Estoy convencida de que sus competencias se deben, al menos en parte, al hecho de que los animé a que manejaran ellos mismos las decisiones y tareas que se les presentaran. Simplemente no estaba presente para microgestionar sus vidas.

Comencé a desarrollar mi carrera como directora de revista cuando mis hijos eran bebés. Mi trabajo me dio mucha satisfacción, pero nunca hubo duda de lo que ocupaba el primer lugar en mi vida: mis hijos. Al igual que otras madres en la escuela de mis hijos, quienes se convirtieron en mis mejores amigas pues nos comprendíamos perfectamente, yo nunca me perdí una función, un concierto o la oportunidad de ser madre voluntaria. Durante más de 20 años, organicé fiestas de cumpleaños, los llevé a citas médicas, cosí 200 etiquetas a la ropa, preparé comidas familiares todas las noches, hasta que el menor de mis hijos se fue a la universidad (enlace en inglés). No hice más que confirmar el aforismo preferido de mi madre: si quieres que algo se haga, pídeselo a una persona atareada.

A la vez que mis hijos crecían, mi trabajo también. Cuando llegaron a la etapa de tener cantidades industriales de tarea, yo ocupaba un puesto exigente como directora de una revista importante de circulación nacional. Una vez que quitaba la mesa, Jed y Rory se retiraban a estudiar. Aunque dudo que se dieran cuenta de lo que hacía su mamá, yo también me retiraba, a atacar la montaña de documentos que me había traído a la casa.

Mentiría si dijera que el acto de malabarismo fue fácil. A veces faltaba la niñera y me veía obligada a improvisar opciones, como dividir el día con mi esposo; uno tomaba el turno de la mañana y el otro, el de la tarde. Mi esposo era la pieza del rompecabezas que hacía que el equipo Koslow funcionara más o menos bien. Era un verdadero socio equitativo en esta empresa. Pero aun con su ayuda, había momentos en que me sentía agotada o desesperada, preocupada por mis hijos, o simplemente extrañándolos cuando estaba en el trabajo. En particular, recuerdo una noche de Halloween en que tuve que asistir a una conferencia en las Bermudas. Mientras que mis colegas sin hijos consideraron el viaje una jugosa gratificación, yo hubiera cambiado cada uno de los granos de arena rosada de las islas por haber visto a Rory disfrazado como el hombre con sombrero de copa del juego de Monopolio.

Hice todo lo que tenía que hacer, aunque pagué por hacerlo. Durante casi dos décadas apenas tuve tiempo para mí misma. Horneé muchas galletas con mis hijos y ahora sé de pastelería, pero nunca cosí colchas de parches, ni fui jardinera (enlace en inglés) ni la mamá que salió electa presidente de la asociación de padres y maestros. En realidad, ninguna de las madres que trabajaban podía asistir a las reuniones de la asociación, pues siempre se celebraban en medio del día laboral. Nunca aprendí a jugar tenis o golf. Para hacer ejercicios, me levantaba a las 6 a. m. y corría por el parque. Las vacaciones (enlace en inglés) siempre eran familiares. ¿Un viaje romántico (enlace en inglés) sola con mi esposo? Ni modo. Hubiera extrañado a mis hijos y me hubiera sentido culpable de dejarlos.

Pero la culpabilidad y el arrepentimiento no son lo mismo. Sin lugar a dudas, sentí que era mejor madre que si me hubiera quedado en casa. Pensé mucho en mi propia madre, quien comprendí hubiera sido mucho más feliz si no hubiera renunciado a su empleo como trabajadora social. Percibí una advertencia subliminal en la depresión que sufrió en la mediana edad. Capto esa advertencia en las amigas que dejaron su empleo cuando tuvieron hijos y que, especialmente en esta economía, han visto frustradas sus esperanzas de reintegrarse a la fuerza laboral.

Para mí, el trabajar fuera de la casa ha sido algo natural o "beshert", palabra yidis que significa "predestinado". Me gustaba todo sobre mi carrera, incluso el hecho de que me permitía contribuir tanto como mi esposo al sostén económico de la familia. Me enorgullecía saber que compartía por partes iguales la labor de sustentar a mis hijos, darles una educación de excelencia, enviarlos a los campamentos de verano que adoraban y comprarles los zapatos que les quedaban chicos más rápido de lo que se dice "MasterCard".

Mi posición en cuanto al trabajo es que cada madre debe tomar la decisión que considere correcta para ella y su familia. No llevo la cuenta, pero me pregunto por qué algunas madres que deciden no trabajar fuera de la casa creen que tienen la autoridad moral para juzgar a las otras. No hubiera amado a Jed y Rory con más fuerza si hubiera esperado el autobús escolar todos los días, merienda en mano. Me siento orgullosa de ellos, igual que ellos dicen sentirse de mí. ¿Me arrepiento de algo? Todavía no.

Sally Koslow, www.sallykoslow.com, es autora de las novelas With Friends Like These (Con amigos como estos), The Late, Lamented Molly Marx (La difunta y muy llorada Molly Marx) y Little Pink Slips (Notificaciones de cesantía).

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