Nota del redactor: Este artículo es complementario a nuestra historia anterior, "Tesoros guatemaltecos", un recuento de los meses de trabajo voluntario del escritor en Guatemala.
In English | Cinco frustrantes, esclarecedores y, al final, gratificantes meses enseñando en un orfanato guatemalteco llenaron mi vida el año pasado. Una vez de regreso en Estados Unidos, no podía dejar de pensar en los niños de Casa Guatemala. Miré constantemente las fotos digitales tomadas en el orfanato y me detuve en las tarjetas de despedida que los niños me hicieron. Luego, 13 meses después de haberme ido, encontré la manera de revivir ese lugar: a través de Scranton, Pensilvania, con tres de los pequeños a quienes enseñé allá.
Higinio, Juan y Luís —hermanos de 7, 9 y 11 años de edad, respectivamente— fueron los tres muchachos con los que tuve la relación más estrecha en el orfanato. En el otoño de 2003, la Policía Nacional los encontró, solos, hurgando en los desperdicios, en el basurero de la ciudad de Guatemala, donde habían sido abandonados. Higinio, el menor, tenía apenas dos años y medio. Al igual que con todos los niños, batallaba con ellos cuando se portaban mal; pero los cuatro compartíamos un vínculo especial. Higinio solía llamarme para conversar antes de irse a dormir; Juanito se arrastraba hasta mi cama cuando le dolía el estómago y Luís me robaba el corazón cuando compartía conmigo alguna golosina que, de alguna manera, había logrado guardar. Cuando dejé el orfanato, lo hice con la esperanza de volver a verlos pronto, pero esta vez, en Estados Unidos, donde estaban siendo adoptados.
En enero, los muchachos se unieron a su nueva familia, en Scranton. Había conocido a su padre, Gregg Loboda, de 43 años, vicepresidente de sistemas en Prudential Financial, cuando visitó el orfanato, mientras yo me encontraba allí. Nos mantuvimos en contacto mientras él y su esposa, Mary Jo, lidiaban con el sistema de adopciones de Guatemala. Ahora, Higinio, Juan y Luís forman parte de un hogar estadounidense, pero de uno que es bastante poco común. La familia ya tiene otros ocho hijos, de entre 14 y 24 años, siete de ellos adoptados en Rusia.
“¡Hola, Aaron Bombón!” Así, usando el sobrenombre con el que se dirigían a mí en el orfanato, me saludaron la primera vez que los llamé por teléfono. “¿Cómo está su familia? —pregunté—. ¿Qué tal la escuela?”
“Bien”, me respondieron uno a uno los niños, a medida que se pasaban el teléfono. Sonaban relajados y felices, a pesar de no estar todavía acostumbrados a hablar por teléfono. Y a juzgar por el sonido de fondo de un videojuego, estaba claro que ya se habían enganchado a éstos. Antes de despedirme, Higinio tomó el teléfono y, en un inglés con mucho acento, dijo: “Hello, how are you?” (Hola, ¿cómo estás?).
Mientras preparo mi visita con Gregg, él me cuenta sobre los muchachos. “Todavía nos estamos acostumbrando los unos a los otros —dice—. No están habituados al ajetreo de Estados Unidos”. Pero están comiendo bien y les encanta la nieve, agrega.
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