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Antología: 'Sam no es mi tío'

Serie de historias con un denominador común: ‘todos hemos sido tocados por EE.UU.’

Cuando decidí leer Sam no es mi tío: Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano pensé que en sus páginas me encontraría a latinoamericanos privilegiados empleando frases mordaces y literarias para emitir una velada y burlona crítica a Estados Unidos. Hay algo de eso en este desigual y mal titulado libro, editado por Diego Fonseca, escritor argentino, y Aileen El-Kadi, profesora y traductora brasilera.

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En realidad, Sam no es mi tío es más bien una serie de historias —a veces incomprensibles, a veces brillantes— hilvanadas por un hilo común: la idea de que, como escriben los editores en el prefacio, “Todos hemos sido tocados directa o indirectamente por Estados Unidos. Desde dentro o desde fuera. Pero no hay modo de escapar su imaginario”.

Portada del libro Sam no es mi tío.

Portada del libro Sam no es mi tío.

Me leí casi el libro entero de una sentada un sábado lluvioso, disfrutando de un castellano impecable y de algunas imágenes entrañables:

“El hombre estaba sentado solo, con una botella de cerveza por la mitad frente a él y una mirada de absoluta derrota en el rostro. Era temprano en la noche en un restaurante mexicano en East Oakland, y él hizo lo que pudo para esconder sus ojos llorosos bajo la visera de su gorra de béisbol. De nada le servía. Sus mejillas estaban hinchadas y rojas. No podría tener más de veinticinco años”.

Reto a cualquiera a dejar de leer luego de ese primer párrafo de la crónica de Daniel Alarcón, periodista y escritor peruano de gran trayectoria.

Más adelante, Alarcón describe a Estados Unidos como “un país de esteroides; una nación multilingüe, multicultural narcotizada con dosis cuasi mortales de televisión y dulces y dinero, y mantenida —apenas— por una gran inextinguible esperanza”. Es esa esperanza, justamente, la que atrae a estos escritores los cuales, en su mayoría, tienen más que sobradas razones para querer abandonar a sus países natales, aunque hay por lo menos un autor que parece no haber viajado nunca a Estados Unidos y dos que nacieron en este país.

Por lo general, los autores de estas crónicas sí son seres privilegiados —uno de ellos es el gran periodista norteamericano Jon Lee Anderson, que escribe para el New Yorker— cuyas experiencias poco tienen que ver con la de la mayoría de los inmigrantes hispanos en este país.

Y con 24 escritores era de esperar que el lector tuviera un panorama más amplio. No hay un solo escritor caribeño, por ejemplo. Ciertamente, es imposible hablar de una experiencia inmigrante latinoamericana sin incluir por lo menos a la República Dominicana en la mezcla de autores. Además de las nacionalidades ya mencionadas, los autores son de Colombia, México, Perú, Bolivia, Guatemala y Chile.

Hay por lo menos tres crónicas que se acercan a la experiencia latina más común y resultan ser las más interesantes. La de Joaquín Botero, por ejemplo, es una joyita: Un periodista desempleado termina cortando quesos en la tienda de quesos más famosa de Nueva York. La crónica de Gabriela Esquivada es agridulce —como los mejores boleros— y relata la historia de “La Gata”, una octogenaria cantante de tangos que se gana la vida limpiando baños. Esquivada concluye que la “dificultad principal del emigrado” es la soledad. Desgarradora pero cierta conclusión.

Y luego está la crónica de Diego Fonseca, que resume en unas cuantas páginas la tragedia de la depresión económica en la que el país se sumió en el 2008 y que tanto daño ha causado, sobre todo a los que llevaban una vida a todo tren, financiada por el crédito.

Hay otras crónicas inexplicables: una sobre unos amantes haciendo el amor mientras caen las torres en Nueva York el 11 de septiembre; otra, sobre una mujer que se pierde conduciendo en las zonas aledañas de Miami y luego descubre que la emigración no es para ella —“No sé si hubiera soportado tanta felicidad”, dice—.

La de Santiago Roncagliolo –sobre su intento fallido de conseguir una visa en España para visitar a Estados Unidos— tiene un final vergonzoso. Cuando un funcionario afroamericano le dice que no le dará la visa y que trate en otro momento, el autor cuenta que tuvo ganas de decirle esto: “En mi país me estarías lavando el coche, conchatumadre”. Es una pena porque hasta ahí la crónica tejía magistralmente los hilos de dos temas: la frustración e impotencia del individuo ante el trámite burocrático en el contexto del derrumbe de una relación asfixiante. “¿Por qué me besas con los ojos abiertos?” le pregunta la novia después de un beso apurado en un salón repleto de gente.

En su crónica sobre el día que se hizo ciudadano de Estados Unidos, Hernán Iglesias Illa, resume, a mi manera de ver, justamente el punto más débil de este libro: “Después de haber pasado la mañana sentado entre personas que habían sido expulsadas de sus países por regímenes brutales, o que habían dejado todo en sus lugares de origen para empezar vidas nuevas en Estados Unidos, o que habían pasado por años de desesperantes laberintos burocráticos y miles de dólares en abogados, empecé a sentir que mi cómoda historia de emigración y legalidad era frívola e inmerecidamente privilegiada”.

Amen.

Al final, no es que Sam no quiera ser el tío de estos autores, que era lo que yo creía que el título significaba. Es que algunos de ellos no parecen querer ser sus sobrinos.

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