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‘¿Eres real?’: una estafa en un sitio de citas en línea desde adentro

Un hombre le roba el corazón a una mujer… y $300,000. Sucedió así.

Mujer frente al computador

Gregg Segal

Él fue la respuesta a sus oraciones. Antes de que pudiera darse cuenta, sus ahorros habían desaparecido. ¿Y el hombre de sus sueños? Tal vez ni siquiera exista.

*Los nombres fueron cambiados para proteger las identidades

In English | Ella le escribió primero.

Un corto mensaje enviado un jueves por la noche, a principios de diciembre del 2013, que en la línea de asunto decía: ¿Coincidimos?

Apareciste en un listado que indica que coincidimos en un 100%. No estoy segura de lo que significa coincidir en un 100%.... En primer lugar, ¿te intereso? Mira mi perfil.

Más adelante, cuando ella analizó detenidamente su relación, se acordaría de esto. Ella lo había contactado a él, no al revés. Y fue una decisión funesta; tornó todo más sencillo para él, aunque ella aún no lo sabía.

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Casi todo era nuevo para ella. Amy* nunca había hecho esto de procurar citas en línea. Habían pasado más de dos años desde la muerte de su esposo tras dos décadas de matrimonio; cuatro desde el fallecimiento de su madre. Dos golpes fuertes que la habían dejado sola con poco más de 50 años.

El matrimonio había sido complicado; él era violento. Un cáncer se lo llevó rápidamente, antes de que ella llegara a procesar lo que estaba sucediendo. Después del funeral, un terapeuta del duelo le aconsejó no hacer cambios bruscos en su vida por, al menos, un año, y ella le hizo caso. Ahora se encontraba sola en una casa aislada al fondo de un largo camino de entrada hecho de gravilla. En el verano, cuando el follaje de los árboles estaba más tupido, ni siquiera se podía ver la calle ni a los vecinos.

Amy no se sentía aislada. Ella había crecido allí, en un rincón conservador de Virginia. Sus hermanos y sus respectivas familias vivían en las cercanías. A la hora de conocer gente nueva, no obstante, sus opciones eran limitadas. Sus amigas la animaron a probar los servicios de citas en línea. A regañadientes, lo hizo.

Al principio, navegó con sigilo los muchos sitios de citas, mirando las vidrieras de este peculiar nuevo mercado. Las opciones eran abrumadoras. No fue sino hasta el otoño que Amy estuvo lista para meterse de lleno. Se acercaban las fiestas, y no quería pasarlas sola.

Se suscribió por seis meses a Match.com, el mayor y uno de los más antiguos servicios de citas de la web. Completó un cuestionario y confeccionó cuidadosamente su perfil. Habría sido fácil adornar la realidad, pero ella se presentó con absoluta transparencia, desde su edad (57) y pasatiempos (“bailar, coleccionar rocas”) hasta su situación económica (“autosuficiente”). La imagen —una fotografía tomada al aire libre, con una gran sonrisa— era real, y reciente. Y su presentación era clara y concisa:

Busco a un compañero para toda la vida… de buena presencia, espiritual, inteligente, con buen sentido del humor, que le guste bailar y viajar. ¡Nada de manipulaciones!

Las primeras semanas, intercambió mensajes y unas cuantas llamadas con hombres, y hasta salió con algunos a tomar un café o a almorzar. Pero no pasó nada con ninguno de ellos: o no eran su tipo o no eran exactamente quienes habían dicho que eran. Este parecía ser uno de los problemas de las citas en línea. Ella resolvió ser más selectiva, y comenzó a contactarse exclusivamente con aquellos hombres que presentaban un porcentaje de coincidencia del 90% o más, según el algoritmo del sitio que sugiere al usuario potenciales parejas.

No entendía realmente cómo funcionaba. En la universidad, había estudiado ciencias de la computación y psicología, y consideraba tener muy buenos conocimientos tecnológicos. Tenía un sitio web para su negocio, estaba en Facebook, llevaba siempre un teléfono inteligente. Pero ¿quién sabía cómo funcionan exactamente los servicios de citas en línea?

Entonces vio a este hombre, el que en su perfil mostraba un nombre misterioso: “darkandsugarclue”. La fotografía mostraba a un hombre esbelto, canoso, de 61 años, con la barba entrecana y anteojos de sol estilo Wayfarer. Le gustaba la música bluegrass y vivía a una hora de distancia. Y algo más: presentaba un porcentaje de coincidencia del 100%. Quienquiera que fuese, la computadora había decidido que era el elegido.

Pasó más de una semana sin recibir respuesta. Entonces, al iniciar sesión en su cuenta, apareció este mensaje:

¡Hola!

¿Cómo estás? Muchísimas gracias por el mensaje y perdón por la demora en responder, no entro muy seguido en el sitio, jajá... Me gusta mucho tu perfil y lo que he podido saber de ti hasta ahora. Me encantaría conocerte, ya que pareces una persona muy interesante y, además, eres bonita. Cuéntame más de ti. Sería un placer para mí que me escribieras directamente a mi correo electrónico, dado que no entro muy a menudo en este sitio.

Le dio una dirección de correo electrónico de Yahoo y un nombre: Duane. Algunos de los otros hombres que había conocido en Match también le habían ofrecido rápidamente sus direcciones de correo electrónico personales, así que Amy no percibió nada inusual cuando le volvió a escribir a la dirección de Yahoo desde su propia cuenta. Además, cuando quiso volver mirar el perfil de “darkandsugarclue”, ya no estaba.

Tu perfil ya no está allí; ¿lo quitaste? Como la información que compartiste me intrigó,  me gustaría saber más de ti. Por favor, envíame un correo electrónico con más información y fotografías, para poder conocerte mejor.

Duane le contestó enseguida, con un largo mensaje que describía una vida itinerante: se describió como un “analista en sistemas de computación” de North Hollywood, California, criado en Manchester, Inglaterra, que llevaba viviendo en Virginia tan solo cinco meses. Pero la mayor parte del texto consistía en bromas de coqueteo (“Si pudiera ser embotellado me llamaría ‘eau de enigma’”) y una detallada descripción imaginaria de su primer encuentro:

Son las 11 a.m. cuando llegamos al restaurante para almorzar. El lugar está recubierto con listones de madera pintados de blanco, algo sencillo pero bien mantenido, al borde de un lago, sobre el que se proyecta una terraza extensa, dotada (no atestada) de mesas y cómodas sillas….

Amy quedó encantada: Duane no se parecía en nada a los hombres que había conocido hasta entonces. “Sin duda tienes un gran sentido del humor y enorme talento con las palabras”, respondió ella. Y tenía muchas preguntas, sobre él y sobre las citas en línea en general. “Es un modo bastante extraño de conocer gente”, escribió Amy, “pero no es tan frío como recorrer el departamento de frutas y verduras en el Kroger”.

También mencionó la decepción que ya se había llevado en citas previas: “mucha publicidad engañosa o gente que ‘vende gato por liebre’", escribió ella. “Es impresionante lo que la hace la gente sin tomar conciencia. Creo que siempre es mejor ser uno mismo y no engañar a los demás”.

Para el 17 de diciembre habían intercambiado ocho mensajes de correo electrónico más. Duane sugirió que ambos completasen cuestionarios indicando no solo sus comidas y pasatiempos favoritos, sino también particularidades de su personalidad y situación financiera. También le envió un enlace a la canción “I Need You” (“Te necesito”), de la estrella pop Marc Anthony.

“Encierra un mensaje”, le dijo, “un mensaje que expresa con exactitud lo que siento por ti”.

Amy hizo clic en el enlace a la canción, una balada apasionada que culmina con el cantante rogándole a su amante que se case con él. Luego, la retrocedió y volvió a escucharla.

Es una estafa antigua. Un impostor se hace pasar por un pretendiente, seduce a la víctima hasta enamorarla y luego saquea sus finanzas. En la era predigital, los estafadores románticos encontraban a sus presas en las contraportadas de revistas, donde avisos personales engañosos atrapaban vulnerables corazones solitarios. Pero en lo que respecta a los delitos económicos, la estafa romántica era una especie poco común, dado que requería mucho tiempo y mucho trabajo como para realizarla en grandes cantidades. Se podrían necesitar meses o años de dedicada persuasión para concretar una sola estafa.

Eso cambió. La tecnología simplificó la comunicación, otorgándoles a los estafadores poderosas nuevas herramientas de engaño y una gran cantidad de potenciales víctimas. Los servicios de citas en línea aparecieron a mediados de los años 90 y hoy constituyen un negocio de $2,000 millones ($2 billion). Para diciembre del 2013, 1 de cada 10 adultos en Estados Unidos había usado servicios tales como Match.com, Plenty of Fish y eHarmony. La aparición de los servicios de citas en línea es una revolución que diluye las fronteras entre las relaciones “reales” y las cibernéticas. (AARP se unió a esta revolución, asociándose al servicio de citas en línea HowAboutWe para lanzar AARP Dating en diciembre del 2012).

Pero el auge de los sitios de citas en línea también alimentó una epidemia invisible. Según la Federal Trade Commission (FTC, Comisión Federal de Comercio), las denuncias de fraudes de impostores como la estafa romántica aumentaron a más del doble entre el 2013 y el 2014. El FBI dice que los estadounidenses perdieron unos $82 millones por fraudes llevados a cabo a través de sitios de citas en línea sólo en los últimos seis meses del 2014. Y, probablemente, esa cifra sea baja debido a que muchas víctimas jamás denuncian el delito y ni siquiera les cuentan a sus amigos más cercanos y familiares que ocurrió.

La vergüenza, el miedo al ridículo y la propia negación de la víctima imponen este pacto de silencio. “Una vez que la persona le apostó a la relación, resulta extremadamente difícil convencerla de que no están tratando con una persona real”, señala Steven Baker, director de la región centro-oeste de la FTC y destacado experto en fraudes. “La gente tiene muchas ganas de creer”.

El poder de la estafa romántica —su capacidad para operar sin ser detectada y de seducir a su víctima involucrándola en una especie de sociedad— radica aquí, en la brecha entre lo que la víctima cree y lo que está sucediendo verdaderamente. Mirando el engaño desde fuera, es casi imposible explicar un comportamiento irracional semejante. ¿Cómo diablos puedes entregarle los ahorros de toda tu vida a un extraño que conociste en internet, alguien a quien jamás viste en persona?

Cuando Amy habla sobre cómo se enamoró, siempre menciona su voz. Era cautivante: musical, cortada, salpicada con un entrañable acento británico. Su escritura también era así, no solo por la ortografía de estilo británico, visible en términos como “colour” y “favourite”, sino también por la manera en que introducía un “sweetie” o un “my dear” en cada oración. Intercambiaron números y comenzaron a hablar todos los días. Sus años de adolescencia en Manchester explicaban el acento, pero también había otro sonido allí, un giro, algo que ella no lograba asociar con ningún lugar.

Hablaban de las cosas que uno habla al principio de una relación: expectativas, sueños, planes para el futuro. Ella habló sin reservas acerca de su matrimonio, su duelo, su trabajo, su fe y su convicción de que las cosas suceden por una razón. Amy nunca había conocido a un hombre tan apasionadamente curioso respecto de ella.

Y en la misma medida se sentía cautivada por Duane. ¿O era Dwayne? En sus primeros mensajes, la ortografía pareció cambiar. Ella encontró su perfil de LinkedIn: corto, con apenas unos pocos contactos. Había otras curiosidades. Amy sintió como que estaban desfasados temporalmente. Ella podía estar preparando el desayuno y él le hablaba de salir a la noche. Él le dijo que viajaba mucho por su trabajo. Casi de pasada, le explicaba que no la estaba llamando de Virginia, sino de Malasia, donde estaba terminando un trabajo de informática.

Viendo las cosas retrospectivamente, ¿hubiera cambiado algo si él hubiera dicho que estaba en Nigeria? Tal vez. Amy sabía todo acerca de esas personas que se presentaban como banqueros nigerianos y engañaban a sus víctimas con “oportunidades de negocio” descritas en un lenguaje torpe y poco fluido a través de correos basura. Pero esto era diferente; a Amy le encantaba viajar y conocía a muchísimas personas que viven en el extranjero. El hecho de que Dwayne estuviera viviendo en Malasia le agregaba un toque exótico a su “eau de enigma”. Él habló sobre la posibilidad de visitar Bali y le envió un vínculo a una vieja canción de John Denver, “Shanghai Breezes” ("Brisas de Shanghái"), que trata sobre dos amantes separados por la distancia.

Qué increíble que suenes como si estuvieras en la casa de al lado, cuando en realidad te encuentras al otro lado del mundo.

Ex estafador muestra cómo se puede burlar a otra persona desde un cyber café

AP Images para AARP Media

La central de estafas: un ex “Yahoo Boy” muestra cómo los equipos de estafadores despluman a sus víctimas desde cibercafés.

Enitan* vive en un pequeño pueblo en las afueras de Lagos, Nigeria. Nacido en la vecina República de Benín, él y su familia se mudaron a Nigeria durante su niñez en busca de oportunidades en la emergente economía del país más poblado de África. En su lugar, él encontró “el juego”: el negocio clandestino conocido como estafa nigeriana o fraude 419, así llamado porque las estafas violan, precisamente, la sección 419 del código penal de Nigeria.

Enitan no es el estafador con el que Amy se topó en el 2013; su carrera de estafador concluyó en el 2008, afirma. Desde que dejó de estafar, ha denunciado esta práctica. Pero, según relata, el manual de instrucciones para estafar que usaba no ha cambiado. Él estima que en algo más de cuatro años obtuvo más de $800,000 de unas 20 víctimas, tanto hombres como mujeres. Aceptó hablar bajo la condición de que no sería identificado por su nombre. “Una vez que sales del negocio, te ven como a un traidor”, explica. “Te conviertes en el enemigo de los que siguen en él”.

Por lo general, los fraudes 419 son estafas de pago por adelantado, variantes de la vieja táctica del “prisionero español”, que promete riqueza a extraños desprevenidos a cambio de una suma modesta. Enviadas inicialmente en la forma de cartas impresas, luego mediante fax y mensajes de correo electrónico que aparentaban provenir de funcionarios nigerianos, estas ofertas son, en la actualidad, ampliamente conocidas en internet. De hecho, son tan conocidas que sus ejecutores han adoptado una variante más efectiva: buscan blancos de estafas románticas en sitios de citas en línea.

Las estafas de impostores pueden prosperar dondequiera que exista internet (Europa Oriental y Rusia también son lugares populares), pero la mayoría de las estafas románticas se originan en Nigeria y Ghana, o en países como Malasia y el Reino Unido, que tienen grandes comunidades de expatriados de países de África Occidental. En lugares del mundo de rápido desarrollo y alta tasa de desempleo, con un gran porcentaje de varones jóvenes que hablan inglés y un legado postcolonial de inestabilidad política y corrupción, jugarle al 419 puede resultar una tentadora manera de salir adelante.

“La ignorancia y la desesperación”, dice Enitan, lo llevaron a estafar, en el 2004, cuando tenía 18 años. Fue entonces que se sumó a las legiones de jóvenes nigerianos conocidos como los “Yahoo Boys”, denominados de ese modo por su preferencia por las cuentas de correo electrónico gratuitas de Yahoo.com. Aprendió el arte de estafar de un mentor mayor que él, y, él, por su parte, les transmitió sus conocimientos a amigos más jóvenes.

Enitan describe un modelo de tres etapas. Con los números de una tarjeta de crédito robada, el estafador inunda los sitios de citas con perfiles falsos. Las víctimas pueden encontrarse en cualquier parte —los estafadores también buscan contactos en las redes sociales—, pero los servicios de citas proveen el territorio más fértil. Las fotos de perfil son pirateadas de las redes sociales u otros sitios de citas. Para cazar mujeres, él se hacía pasar por un hombre mayor, con seguridad financiera y, a menudo, con algún cargo militar o una profesión relacionada con la ingeniería. Para las víctimas masculinas, simplemente necesitaba la foto de una joven atractiva: “Los hombres son más fáciles de convencer… están un poco desesperados por las chicas bellas”. El denominador común para ambos: la soledad. Todas sus víctimas, asegura Enitan, se describían a sí mismas como divorciadas o viudas. “Un corazón solitario es un corazón vulnerable”.

Lo ideal es que la víctima potencial dé el primer paso. “Siempre es mejor si ellos responden a tu aviso primero, porque eso significa que ya les gustó algo de ti”, explica Enitan. “Si tú eres el que inicia la comunicación, tendrás mucho trabajo para convencerlos”.

La conquista de la víctima comienza en la segunda etapa. Después de aprender todo lo posible sobre su blanco, Enitan lanzaba una campaña de notas de amor y regalos. “Aquí es donde necesitas toneladas de paciencia”, asegura. “Aquí es donde está el juego verdadero, donde se produce el engaño”.

Vaya...  parece que el universo está poniendo a mi compañero ideal justo delante de mis ojos. Mis oraciones fueron respondidas… y sí, realmente parece que nos conociéramos desde hace mucho tiempo….

Amy escribió eso siete días después de recibir el primer mensaje de Dwayne. A esa altura pasaban horas hablando por teléfono todos los días. La voz de él era lo primero que ella escuchaba por la mañana, y lo último, antes de irse a la cama. Por lo general, Amy hablaba y le enviaba mensajes a él hasta alrededor de las 11 a.m., hora a la que ella debía irse a trabajar. Cerca de las 8 p.m., hablaban de nuevo durante una o dos horas, y después pasaban las últimas horas del día enviándose mensajes de texto o instantáneos hasta bien entrada la noche.

En sus mensajes de correo electrónico, llenaban páginas con detalles de sus vidas: el inminente viaje de ella a Sarasota, Florida, con una amiga; la visita de él al museo de tejidos en Kuala Lumpur. Mezclado con esto aparecían las declaraciones de afecto cada vez más ardientes de Dwayne:

Anoche, en mis sueños, te vi en el muelle. El viento jugaba con tu cabello, y tus ojos retenían la luz del sol del atardecer.

Los floridos pasajes como ese no brotaban de la imaginación de Dwayne. Los copiaba de internet. Aun así, aquellas palabras hechizaban a Amy. Así es como ella lo percibe ahora: era como si pulsaran un interruptor dentro de su cabeza. Había estado enamorada antes,  pero esto era diferente, una especie de euforia frenética. “Estás llenando mis días y noches con maravillas”, le confesó a Dwayne el día de Navidad.

¿Eres real? ¿Aparecerás algún día… me tendrás en tus brazos, besarás  mis labios y me acariciarás suavemente? ¿O eres tan solo un hermoso y exótico sueño? Si es así… ¡no me quiero despertar!

En el centro de toda estafa romántica está la relación en sí misma, una ficción tan improbable que la mayoría de nosotros inicialmente la pondría en duda: ¿cómo puede uno enamorarse —enamorarse de verdad— de alguien a quien nunca ha visto?

Hasta que el término “catfishing” se convirtió en algo cotidiano, los amoríos con impostores digitales eran un fenómeno poco conocido. El término proviene del documental del 2010 Catfish, que trata sobre un hombre que tiene una novia que, finalmente, no existe; más tarde inspiró una serie de MTV. Simular ser otra persona en línea es un juego que los jóvenes suelen practicar en las redes sociales. Pero Amy nunca había visto el programa ni escuchado el término; no tenía idea de que era una práctica tan común.

En su libro del 2008, Truth, Lies and Trust on the Internet, Monica Whitty, una psicóloga de la University of Leicester, en el Reino Unido, analizó los mecanismos de las relaciones en línea. Las relaciones computarizadas, sostiene, pueden ser “hiperpersonales: más fuertes e íntimas que las relaciones físicas”. Debido a que las partes no están expuestas a las distracciones de la interacción cara-a-cara, pueden controlar la forma en que se presentan a sí mismos, creando avatares idealizados que inspiran más confianza y cercanía que sus verdaderos yo. “Lo que sucede es que puedes ver el texto escrito y leerlo una y otra vez, y eso lo potencia”, explica.

Mujer frente al computador-

Fotografía por Gregg Segal

Investigaciones realizadas mostraron que determinados tipos de personalidad son particularmente vulnerables a las estafas románticas.

Como era de esperar, la edad es un factor determinante: las víctimas de más edad no solo son más propensas a perder mayores sumas de dinero, sino que existe evidencia de que nuestra capacidad para detectar engaños disminuye con la edad. Pero cuando entrevistó a víctimas de estafas en el Reino Unido, Whitty halló que determinados tipos de personalidad eran particularmente vulnerables. A la hora de describirse a sí mismas, estas personas dicen ser románticas y temerarias, y creer en el destino. Muchos, como Amy, eran sobrevivientes de relaciones violentas. Las mujeres eran ligeramente menos propensas a resultar víctimas de estafas que los hombres, pero mucho más proclives a denunciarlo y a hablar sobre ello.

Otra expresión que Amy escucharía más adelante es “bombardeo amoroso” (love bombing). Esta frase fue acuñada para describir las prácticas de adoctrinamiento empleadas por algunos cultos religiosos, aunque las víctimas de estafas también la aplican a las asfixiantes demostraciones de afecto que reciben de pretendientes cibernéticos. En ambas situaciones, los estafadores logran bajar las defensas de la víctima por agotamiento, aislamiento social y una abrumadora dosis de atención. Amy describiría más tarde esta sensación como algo parecido a un lavado de cerebro.

Este es el meticuloso proceso de captación que Enitan denomina “tomar el cerebro”. El objetivo es lograr que la víctima transfiera su lealtad al estafador. “Quieres que piensen: ‘Mis sueños son tus sueños, mi metas son tus metas, y mis intereses económicos son tus intereses económicos’”, dice. “No podrás pedirle dinero hasta que no hayas logrado esto”.

Cuando regresó a casa de su viaje a Florida durante las fiestas, Amy se encontró con un ramo de flores esperándola, y una nota que rezaba:

Mi vida cambió desde que te conocí. Feliz Año Nuevo. Con amor, Dwayne

No mucho después de esto, apenas menos de un mes desde su primer contacto, Dwayne sacó el tema de sus problemas de dinero. Prometió que viajaría de vuelta a casa en enero, tan pronto terminara su trabajo en Kuala Lumpur, un proyecto de $2.5 millones. Pero algunos de los componentes que había comprado en Hong Kong estaban atorados en la aduana. Él no precisaba dinero, le aseguró a ella, pues tenía un importante fondo fiduciario en el Reino Unido y planeaba jubilarse cuando terminara este trabajo. Pero no podía usar sus propios fondos para cubrir los aranceles aduaneros,  ni podía volver a Virginia hasta que completara el trabajo. Estaba atascado. Así que, si Amy podía ayudarlo, él le devolvería el dinero cuando regresara a Estados Unidos.

Amy comenzó girándole $8,000 a alguien en Alabama —la novia de un amigo, dijo Dwayne—, quien le haría llegar los fondos. Luego él le pidió $10,000 para sobornar a funcionarios de inmigraciones, por una visa vencida. Finalmente, Dwayne fijó un día para su vuelo de regreso y mandó un mensaje de correo electrónico con su itinerario: llegaría el 25 de enero. Amy hasta compró las entradas para su primera cita real, un espectáculo de danza latina en una ciudad cercana, esa misma noche. Y les contó a sus hermanos y amigos que, por fin, conocerían a este misterioso novio suyo.

Pero antes de que eso sucediera, surgió otro problema: él tenía que pagarle a sus empleados. Si bien le habían pagado $2.5 millones por el proyecto —hasta envió por correo electrónico una imagen escaneada del cheque, emitido por un banco chino—, no podía abrir una cuenta bancaria en Malasia para acceder al dinero.

Ella tenía el dinero, y Dwayne lo sabía. Tal vez no sabría con exactitud cuánto,  pero sabía que ella poseía su casa y otras dos propiedades, y que su madre y su marido habían fallecido recientemente. Y también sabía que ella estaba enamorada.

El 25 de enero llegó y pasó. Un nuevo inconveniente demoró el viaje de Dwayne; Amy llevó a una de sus amigas al espectáculo de danza latina. Dwayne se deshizo en disculpas y le envió más flores, una vez más, con la promesa de que le devolvería todo. Pronto, él necesitó más dinero. Ella le transfirió otros $15,000. Esta parte del engaño sigue un patrón familiar: el estafador promete una recompensa —un encuentro en persona— que siempre se desvanece ante distintas crisis y barreras logísticas.

A medida que pasaba febrero, Amy seguía diciéndole a sus amigos que Dwayne llegaría en cuestión de días o semanas. Pero nunca les habló sobre el dinero que le prestaba. No es que ella estuviera engañando intencionalmente a nadie, sino que sabía que les resultaría difícil de comprender, especialmente ahora que ya le llevaba prestados más de $100,000.

“¿Cómo sé que no eres un estafador nigeriano?”, preguntó ella una vez, en broma. Él se echó a reír. “Ay, Amy, me conoces demasiado bien como para preguntarme eso”.

Ella lo recuperaría todo en cuanto él llegara, por supuesto. Cuando comenzaba a dudar, ella miraba las imágenes de él o leía sus mensajes. Aun así, casi a pesar de sí misma, quería sacarse las dudas. Algunos detallitos parecían algo extraños. A veces, de la nada, él disparaba una ráfaga de mensajes instantáneos: “Ay, nena, te amo” y cosas por el estilo. Era casi como si ella estuviera hablando con otra persona. En otra oportunidad, ella le preguntó qué había cenado y le sorprendió escuchar su respuesta: pollo salteado.

Pero yo creía que odiabas el pollo.

Él se rió. “Ay, Amy, me conoces demasiado bien como para decir eso”.

“Envíame una selfie, ahora mismo”, le exigió ella una noche. Para su alivio, momentos después recibió una fotografía: allí estaba él, sentado en un banco al sol, al otro lado del mundo.

Los psicólogos llaman a esto “sesgo de confirmación”: cuando amas a alguien, buscas las razones por las que ha de estar diciéndote la verdad, no los motivos por los que podría estar mintiendo. Tendemos a encontrar lo que buscamos. Y Amy buscaba, con desesperación, razones para confiar en Dwayne, porque el dinero prestado ya era demasiado.

Además, él llegaría el 28 de febrero. Ella planeó prepararle la cena esa primera noche. Compró todos los alimentos preferidos de él: salmón fresco,  pan de masa fermentada, un rico merlot. El viaje tomaría más de un día: él tenía que volar a Beijing, luego a Chicago, y finalmente hacer conexión hasta Virginia. La llamaría en cuanto arribara a Chicago. Su último mensaje fue un breve texto que dijo enviar desde el aeropuerto de Kuala Lumpur.

“Pronto estaré en casa, mi amor”.

Entonces, cuando por fin llegó el día, el teléfono de Amy permaneció en silencio, pese a sus esfuerzos por comunicarse con él. Algo debió haber salido mal. ¿Por qué no había vuelto a llamarla o a enviarle un mensaje? Él siempre llamaba. Siempre.

Trató de aplacar la sensación de pánico. Cuando se derrumbó en la cama esa noche, pensó en que este había sido el primer día en que no habían hablado en casi tres meses.

No hubo absolutamente ningún relámpago de claridad. Sin embargo, esa semana, todo se desmoronó.

Dwayne finalmente se comunicó con Amy, tres días más tarde. Envió un solo mensaje de texto. Algo sobre que había sido retenido por inmigraciones en el aeropuerto de Kuala Lumpur y que necesitaba dinero para sobornar a los funcionarios. Era la tercera vez que Dwayne no lograba viajar; la tercera catástrofe de último momento. No obstante, ella le giró el dinero.

La cuñada de Amy fue la primera en darse cuenta. “Tienes que ver esto”, le dijo, y le envió un enlace a un episodio reciente del programa Dr. Phil, en el que el terapeuta de la TV se enfrentó con dos mujeres que decían haberse comprometido con hombres que habían conocido en línea. Amy lo miró cada vez más espantada.

Unos pocos días después, desapareció el vuelo MH370 de Malaysia Airlines. Era la misma ruta a Beijing que había planeado hacer Dwayne. A medida que la historia del avión desaparecido se difundió por todos los medios, Amy no pudo evitar preocuparse por que Dwayne pudiera haber estado a bordo. ¿Quizá se las había arreglado para tomar un vuelo posterior? Finalmente, él la llamó. Pero la llamada fue a la línea fija de su casa, no al celular que ella había estado usando. Hablaron solo unos minutos, antes de que la llamada se cayera. Se sentía aliviada y perturbada a la vez, además de curiosa. Algo había cambiado.

El asedio cotidiano de mensajes de correo electrónico y de texto había terminado. De repente, ella ya no estaba ocupada durante horas todos los días. Sola con sus pensamientos por primera vez en meses, todo lo que tenía que ver con su relación parecía desdibujarse.

¿Cuánto conozco verdaderamente a este tipo?

Una por una, comenzó a introducir las fotografías que Dwayne le había enviado en el buscador de imágenes de Google, intentando rastrear de dónde más podrían haber provenido. Finalmente se abrió la página de LinkedIn de un hombre con un nombre que ella jamás había escuchado. Quienquiera que fuese Dwayne, este no era él.

Googleó “estafa romántica” y comenzó a leer. Aun cuando descubrió la verdad, parte de ella mantenía la esperanza de que su caso fuera, en algún aspecto, distinto, que ella era la afortunada. Pero el hechizo se había roto. Fue como despertarse de un sueño profundo: esos extraños instantes cuando el sueño se desvanece y el mundo real vuelve a entrar rápidamente en escena.

El dinero…

Ay, Dios. ¿Cuánto había sido? Revisando los números, la cifra parecía irreal. Le había enviado más de $300,000 a Dwayne.

Si lees detenidamente los archivos de Romancescams.org (en inglés), un centro de recursos y grupo de apoyo para víctimas de estafas románticas, podrás ver que la historia de Amy se repite una y otra vez, aunque con pequeñas variantes. En una década, el sitio ha recopilado 60,000 informes, de hombres y mujeres, jóvenes y mayores. “La gente piensa que las víctimas son todas mujeres mayores que están solas y que no logran conseguir una cita, pero yo he visto médicos, abogados, oficiales de policía”, señala Barbara Sluppick, quien fundó el sitio en el 2005. “Una de las preguntas más desgarradoras que recibimos es: ‘¿Qué puedo hacer para recuperar mi dinero?’. Pero se perdió; no hay manera de recuperarlo”.

Algunos de los intentos más agresivos para rastrear a los estafadores provienen de Australia. Brian Hay, jefe de la unidad de fraudes del Servicio de Policía de Queensland, en Brisbane, orquestó operaciones encubiertas que condujeron al arresto de alrededor de 30 estafadores que hacían su trabajo desde Malasia o Nigeria. Pero las probabilidades de hallar a los delincuentes son tan vagas, admite, que rara vez les cuenta a las víctimas sobre esos casos: “No quiero generarles falsas expectativas”.

Hay también estableció una estrecha relación con la Economic and Financial Crimes Commission (EFCC, Comisión de Delitos Económicos y Financieros) de Nigeria, que se creó en el 2002, en parte para refrenar la descontrolada cultura del 419 del país. Brian analizó los registros de las operaciones fraudulentas, donde equipos de Yahoo Boys cooperan para explotar sistemáticamente a las víctimas, utilizando manuales de instrucciones que pautan conversaciones con meses de anticipación. Algunos timadores se especializan en trabajos telefónicos; otros en la escritura o en la piratería informática. Aun otros trabajan en las últimas etapas de la estafa, simulando ser funcionarios de bancos o de fuerzas de seguridad, en un esfuerzo por engañar a las víctimas que están intentando recuperar su dinero. Mírala como una estafa romántica a escala industrial. “La droga más potente del mundo es el amor”, dice Hay. “Esos bastardos lo saben. Y son brillantes en lo suyo”.

¿Adónde va todo el dinero? A los investigadores les preocupan los vínculos con el terrorismo en África Occidental —la región norte de Nigeria alberga al notorio grupo insurgente Boko Haram— y su papel en el tráfico internacional de drogas. Si bien la EFCC ha realizado algunos arrestos importantes, solo un puñado de delincuentes es llevado ante la justicia.

Y, tal como descubrió Amy, las víctimas en EE.UU. tienen pocas alternativas. Cuando ella se acercó a su oficina regional del FBI, recibieron su informe y le contaron que una mujer de un pueblo vecino había perdido $800,000.

El daño psicológico es difícil de cuantificar. El trauma es doble: además de la pérdida económica, las víctimas de fraude padecen la destrucción de una relación seria. “Es como descubrir que alguien a quien amaste murió, y que nunca más podrás verlo”, explica Sluppick. “Todo lo conocido ha desaparecido. La persona tiene que pasar por un proceso de duelo”. Peor aún, las víctimas se echan la culpa a sí mismas, y sus familiares y amigos a menudo también lo hacen. “La gente piensa: ‘¿Por qué permití que me pasara esto?’. Pero eres la víctima de un delito, es como si te hubieran violado”, agrega.

En Australia, Hay descubrió que los grupos de apoyo presenciales a las víctimas son útiles. Sin embargo, Whitty nota que, para muchos, la negación es el camino más fácil: un sorprendente número de víctimas terminan siendo estafadas nuevamente. “El conocimiento del fraude no va a cambiar su perspectiva”, sostiene. “Una parte de ellos sigue deseando con desesperación que sea real”.

Otras víctimas caen en la riesgosa práctica de intentar atraer a los estafadores —“scam baiting”—, una suerte de vigilancia parapolicial digital: intentan invertir los roles y engañar a los estafadores a partir de la promesa de riquezas futuras. Meses después de haber descubierto el fraude, Amy siguió hablando con Dwayne, y le prometió otros $50,000 si él le enviaba varios documentos. Tenía la esperanza de poder obtener de él algo que lo incriminara. Encontró el vecindario de Kuala Lumpur donde él dijo que vivía, y “patrulló” sus calles utilizando la aplicación de Street View en Google Maps, tratando de encontrar alguna referencia que él pudiera haber mencionado. A veces, él volvía a llamarla en medio de la noche, y ella escuchaba esa voz familiar por algunos minutos.

Por fin, Amy aceptó que Dwayne —quienquiera que fuese y dondequiera que estuviese— jamás enseñaría su verdadero rostro ni le haría la confesión que ella anhelaba escuchar. Abandonó su cacería. Inventó una historia que estaba siendo investigada por lavado de dinero —era una posibilidad real, dada la cantidad de dinero que había girado al exterior— y hasta la escribió en una hoja con membrete del gobierno falsa. La última noche del 2014, un año después de que él le enviara aquel primer ramo de flores, ella le escribió un mensaje de correo electrónico a Dwayne pidiéndole que no la volviera a contactar. Habían terminado.

Transcurridos unos minutos, él le respondió. Prometió que no la volvería a llamar.

“Sé que eres inocente”, escribió. “Y yo también”.

Doug Shadel es un exinvestigador de estafas y director de la red Fraud Watch Network de AARP. David Dudley es redactor de notas en AARP The Magazine (en inglés).

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