AARP The Magazine

‘¿Eres real?’: una estafa en un sitio de citas en línea desde adentro

Un hombre le roba el corazón a una mujer… y $300,000. Sucedió así.

Mujer frente al computador

Él fue la respuesta a sus oraciones. Antes de que pudiera darse cuenta, sus ahorros habían desaparecido. ¿Y el hombre de sus sueños? Tal vez ni siquiera exista. — Gregg Segal

*Los nombres fueron cambiados para proteger las identidades

In English | Ella le escribió primero.

Un corto mensaje enviado un jueves por la noche, a principios de diciembre del 2013, que en la línea de asunto decía: ¿Coincidimos?

Apareciste en un listado que indica que coincidimos en un 100%. No estoy segura de lo que significa coincidir en un 100%.... En primer lugar, ¿te intereso? Mira mi perfil.

Más adelante, cuando ella analizó detenidamente su relación, se acordaría de esto. Ella lo había contactado a él, no al revés. Y fue una decisión funesta; tornó todo más sencillo para él, aunque ella aún no lo sabía.

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Casi todo era nuevo para ella. Amy* nunca había hecho esto de procurar citas en línea. Habían pasado más de dos años desde la muerte de su esposo tras dos décadas de matrimonio; cuatro desde el fallecimiento de su madre. Dos golpes fuertes que la habían dejado sola con poco más de 50 años.

El matrimonio había sido complicado; él era violento. Un cáncer se lo llevó rápidamente, antes de que ella llegara a procesar lo que estaba sucediendo. Después del funeral, un terapeuta del duelo le aconsejó no hacer cambios bruscos en su vida por, al menos, un año, y ella le hizo caso. Ahora se encontraba sola en una casa aislada al fondo de un largo camino de entrada hecho de gravilla. En el verano, cuando el follaje de los árboles estaba más tupido, ni siquiera se podía ver la calle ni a los vecinos.

Amy no se sentía aislada. Ella había crecido allí, en un rincón conservador de Virginia. Sus hermanos y sus respectivas familias vivían en las cercanías. A la hora de conocer gente nueva, no obstante, sus opciones eran limitadas. Sus amigas la animaron a probar los servicios de citas en línea. A regañadientes, lo hizo.

Al principio, navegó con sigilo los muchos sitios de citas, mirando las vidrieras de este peculiar nuevo mercado. Las opciones eran abrumadoras. No fue sino hasta el otoño que Amy estuvo lista para meterse de lleno. Se acercaban las fiestas, y no quería pasarlas sola.

Se suscribió por seis meses a Match.com, el mayor y uno de los más antiguos servicios de citas de la web. Completó un cuestionario y confeccionó cuidadosamente su perfil. Habría sido fácil adornar la realidad, pero ella se presentó con absoluta transparencia, desde su edad (57) y pasatiempos (“bailar, coleccionar rocas”) hasta su situación económica (“autosuficiente”). La imagen —una fotografía tomada al aire libre, con una gran sonrisa— era real, y reciente. Y su presentación era clara y concisa:

Busco a un compañero para toda la vida… de buena presencia, espiritual, inteligente, con buen sentido del humor, que le guste bailar y viajar. ¡Nada de manipulaciones!

Las primeras semanas, intercambió mensajes y unas cuantas llamadas con hombres, y hasta salió con algunos a tomar un café o a almorzar. Pero no pasó nada con ninguno de ellos: o no eran su tipo o no eran exactamente quienes habían dicho que eran. Este parecía ser uno de los problemas de las citas en línea. Ella resolvió ser más selectiva, y comenzó a contactarse exclusivamente con aquellos hombres que presentaban un porcentaje de coincidencia del 90% o más, según el algoritmo del sitio que sugiere al usuario potenciales parejas.

No entendía realmente cómo funcionaba. En la universidad, había estudiado ciencias de la computación y psicología, y consideraba tener muy buenos conocimientos tecnológicos. Tenía un sitio web para su negocio, estaba en Facebook, llevaba siempre un teléfono inteligente. Pero ¿quién sabía cómo funcionan exactamente los servicios de citas en línea?

Entonces vio a este hombre, el que en su perfil mostraba un nombre misterioso: “darkandsugarclue”. La fotografía mostraba a un hombre esbelto, canoso, de 61 años, con la barba entrecana y anteojos de sol estilo Wayfarer. Le gustaba la música bluegrass y vivía a una hora de distancia. Y algo más: presentaba un porcentaje de coincidencia del 100%. Quienquiera que fuese, la computadora había decidido que era el elegido.

Pasó más de una semana sin recibir respuesta. Entonces, al iniciar sesión en su cuenta, apareció este mensaje:

¡Hola!

¿Cómo estás? Muchísimas gracias por el mensaje y perdón por la demora en responder, no entro muy seguido en el sitio, jajá... Me gusta mucho tu perfil y lo que he podido saber de ti hasta ahora. Me encantaría conocerte, ya que pareces una persona muy interesante y, además, eres bonita. Cuéntame más de ti. Sería un placer para mí que me escribieras directamente a mi correo electrónico, dado que no entro muy a menudo en este sitio.

Le dio una dirección de correo electrónico de Yahoo y un nombre: Duane. Algunos de los otros hombres que había conocido en Match también le habían ofrecido rápidamente sus direcciones de correo electrónico personales, así que Amy no percibió nada inusual cuando le volvió a escribir a la dirección de Yahoo desde su propia cuenta. Además, cuando quiso volver mirar el perfil de “darkandsugarclue”, ya no estaba.

Tu perfil ya no está allí; ¿lo quitaste? Como la información que compartiste me intrigó,  me gustaría saber más de ti. Por favor, envíame un correo electrónico con más información y fotografías, para poder conocerte mejor.

Duane le contestó enseguida, con un largo mensaje que describía una vida itinerante: se describió como un “analista en sistemas de computación” de North Hollywood, California, criado en Manchester, Inglaterra, que llevaba viviendo en Virginia tan solo cinco meses. Pero la mayor parte del texto consistía en bromas de coqueteo (“Si pudiera ser embotellado me llamaría ‘eau de enigma’”) y una detallada descripción imaginaria de su primer encuentro:

Son las 11 a.m. cuando llegamos al restaurante para almorzar. El lugar está recubierto con listones de madera pintados de blanco, algo sencillo pero bien mantenido, al borde de un lago, sobre el que se proyecta una terraza extensa, dotada (no atestada) de mesas y cómodas sillas….

Amy quedó encantada: Duane no se parecía en nada a los hombres que había conocido hasta entonces. “Sin duda tienes un gran sentido del humor y enorme talento con las palabras”, respondió ella. Y tenía muchas preguntas, sobre él y sobre las citas en línea en general. “Es un modo bastante extraño de conocer gente”, escribió Amy, “pero no es tan frío como recorrer el departamento de frutas y verduras en el Kroger”.

También mencionó la decepción que ya se había llevado en citas previas: “mucha publicidad engañosa o gente que ‘vende gato por liebre’", escribió ella. “Es impresionante lo que la hace la gente sin tomar conciencia. Creo que siempre es mejor ser uno mismo y no engañar a los demás”.

Para el 17 de diciembre habían intercambiado ocho mensajes de correo electrónico más. Duane sugirió que ambos completasen cuestionarios indicando no solo sus comidas y pasatiempos favoritos, sino también particularidades de su personalidad y situación financiera. También le envió un enlace a la canción “I Need You” (“Te necesito”), de la estrella pop Marc Anthony.

“Encierra un mensaje”, le dijo, “un mensaje que expresa con exactitud lo que siento por ti”.

Amy hizo clic en el enlace a la canción, una balada apasionada que culmina con el cantante rogándole a su amante que se case con él. Luego, la retrocedió y volvió a escucharla.

Es una estafa antigua. Un impostor se hace pasar por un pretendiente, seduce a la víctima hasta enamorarla y luego saquea sus finanzas. En la era predigital, los estafadores románticos encontraban a sus presas en las contraportadas de revistas, donde avisos personales engañosos atrapaban vulnerables corazones solitarios. Pero en lo que respecta a los delitos económicos, la estafa romántica era una especie poco común, dado que requería mucho tiempo y mucho trabajo como para realizarla en grandes cantidades. Se podrían necesitar meses o años de dedicada persuasión para concretar una sola estafa.

Eso cambió. La tecnología simplificó la comunicación, otorgándoles a los estafadores poderosas nuevas herramientas de engaño y una gran cantidad de potenciales víctimas. Los servicios de citas en línea aparecieron a mediados de los años 90 y hoy constituyen un negocio de $2,000 millones ($2 billion). Para diciembre del 2013, 1 de cada 10 adultos en Estados Unidos había usado servicios tales como Match.com, Plenty of Fish y eHarmony. La aparición de los servicios de citas en línea es una revolución que diluye las fronteras entre las relaciones “reales” y las cibernéticas. (AARP se unió a esta revolución, asociándose al servicio de citas en línea HowAboutWe para lanzar AARP Dating en diciembre del 2012).

Pero el auge de los sitios de citas en línea también alimentó una epidemia invisible. Según la Federal Trade Commission (FTC, Comisión Federal de Comercio), las denuncias de fraudes de impostores como la estafa romántica aumentaron a más del doble entre el 2013 y el 2014. El FBI dice que los estadounidenses perdieron unos $82 millones por fraudes llevados a cabo a través de sitios de citas en línea sólo en los últimos seis meses del 2014. Y, probablemente, esa cifra sea baja debido a que muchas víctimas jamás denuncian el delito y ni siquiera les cuentan a sus amigos más cercanos y familiares que ocurrió.

La vergüenza, el miedo al ridículo y la propia negación de la víctima imponen este pacto de silencio. “Una vez que la persona le apostó a la relación, resulta extremadamente difícil convencerla de que no están tratando con una persona real”, señala Steven Baker, director de la región centro-oeste de la FTC y destacado experto en fraudes. “La gente tiene muchas ganas de creer”.

El poder de la estafa romántica —su capacidad para operar sin ser detectada y de seducir a su víctima involucrándola en una especie de sociedad— radica aquí, en la brecha entre lo que la víctima cree y lo que está sucediendo verdaderamente. Mirando el engaño desde fuera, es casi imposible explicar un comportamiento irracional semejante. ¿Cómo diablos puedes entregarle los ahorros de toda tu vida a un extraño que conociste en internet, alguien a quien jamás viste en persona?

Cuando Amy habla sobre cómo se enamoró, siempre menciona su voz. Era cautivante: musical, cortada, salpicada con un entrañable acento británico. Su escritura también era así, no solo por la ortografía de estilo británico, visible en términos como “colour” y “favourite”, sino también por la manera en que introducía un “sweetie” o un “my dear” en cada oración. Intercambiaron números y comenzaron a hablar todos los días. Sus años de adolescencia en Manchester explicaban el acento, pero también había otro sonido allí, un giro, algo que ella no lograba asociar con ningún lugar.

Hablaban de las cosas que uno habla al principio de una relación: expectativas, sueños, planes para el futuro. Ella habló sin reservas acerca de su matrimonio, su duelo, su trabajo, su fe y su convicción de que las cosas suceden por una razón. Amy nunca había conocido a un hombre tan apasionadamente curioso respecto de ella.

Y en la misma medida se sentía cautivada por Duane. ¿O era Dwayne? En sus primeros mensajes, la ortografía pareció cambiar. Ella encontró su perfil de LinkedIn: corto, con apenas unos pocos contactos. Había otras curiosidades. Amy sintió como que estaban desfasados temporalmente. Ella podía estar preparando el desayuno y él le hablaba de salir a la noche. Él le dijo que viajaba mucho por su trabajo. Casi de pasada, le explicaba que no la estaba llamando de Virginia, sino de Malasia, donde estaba terminando un trabajo de informática.

Viendo las cosas retrospectivamente, ¿hubiera cambiado algo si él hubiera dicho que estaba en Nigeria? Tal vez. Amy sabía todo acerca de esas personas que se presentaban como banqueros nigerianos y engañaban a sus víctimas con “oportunidades de negocio” descritas en un lenguaje torpe y poco fluido a través de correos basura. Pero esto era diferente; a Amy le encantaba viajar y conocía a muchísimas personas que viven en el extranjero. El hecho de que Dwayne estuviera viviendo en Malasia le agregaba un toque exótico a su “eau de enigma”. Él habló sobre la posibilidad de visitar Bali y le envió un vínculo a una vieja canción de John Denver, “Shanghai Breezes” ("Brisas de Shanghái"), que trata sobre dos amantes separados por la distancia.

Qué increíble que suenes como si estuvieras en la casa de al lado, cuando en realidad te encuentras al otro lado del mundo.

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