El primer día de clases es intoxicante. La energía que rebota de las paredes de la universidad es capaz de iluminar una ciudad. Estoy contenta de regresar. Resuelta a retomar mis estudios, agradezco no tener que revisar detenidamente un catálogo buscando los cursos que ofrezcan la mayor cantidad de créditos. Lo que hago es buscar los que traerán mayor emoción a mi vida.
La educación ha sufrido una transformación considerable en los últimos 45 años, y también yo he cambiado. Tras obtener tres títulos universitarios y después de una carrera de maestra, estoy lista para disfrutar la libertad de hacer y aprender lo que quiero. Los sueños que quedaron pendientes mientras procuraba una carrera, me ganaba la vida y criaba a una familia están de repente a mi alcance.
Ahora, a los 68 años, estoy otra vez asistiendo a una de las universidades en las que cursé estudios, el Norwalk Community College, en Connecticut. Ya no es ésta una institución que tiene sus clases por las noches en la escuela secundaria local, sino un enorme precinto universitario de dos edificios. Me siento vitalmente joven y llena de una energía infinita, como si inesperadamente los años se hubieran ido cayendo uno a uno hasta volver a tener 20.
En 1962, poco después de huir de la Cuba comunista, me matriculé en un programa de humanidades en Norwalk. Entonces no me importaba qué clases tomaba ni si eran de mi agrado. Mi propósito era obtener créditos por las asignaturas obligatorias y transferirlos a una universidad de carreras de cuatro años a fin de lograr el codiciado diploma que me abriría las puertas a una profesión segura y bien remunerada. Motivada por esa meta, no dejé que nada se interpusiera en mi camino.
En la fila y lista para aprender
Cuatro décadas y media más tarde, el día que me toca matricularme estoy en una fila que se extiende a lo largo de casi todo el pasillo del primer piso. Es obvio que no soy la única "vejeta" que contempla la universidad como una fuente de frescas experiencias y emociones y de la realización de sueños no cumplidos.
Mirando alrededor, veo a mis buenos amigos Harold Jackson, cuyos intereses son la historia y la filosofía, y Joyce Fischman, quien disfruta los cursos de escritura.
Yo elijo la música. Al entrar en la sala de ensayos del coro, donde espero desarrollar mis destrezas como cantante más allá de la ducha, me encuentro con un profesor que tiene aproximadamente la edad de mi hijo, y compañeros de clase que, sin forzar demasiado la imaginación, podrían ser mis nietos. Aun así, opto por ser ciega a sus edades y sorda cuando me llaman "señora" en vez de hacerlo por mi nombre. Además, huyo por completo de los espejos como de la peste.
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