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Diez años después

Los ataques del 11 de septiembre generaron la peor de las décadas y cambiaron nuestra sociedad.

Igual que un gran número de personas en Estados Unidos y el mundo recuerda lo que estaba haciendo cuando asesinaron al presidente John F. Kennedy en 1963, siempre he pensado que la mayoría recuerda también dónde estaba y qué hacia cuando las Torres Gemelas de Nueva York fueron atacadas el 11 de septiembre de 2001.

Vea también: Encuentre oportunidades para conmemorar el 9/11

Esa mañana, yo salía en ese preciso momento de la ducha en el área de vestir del Club Doral, en el noroeste de Miami, cuyo spa y centro de cultura física se habían convertido en mi gimnasio de turno cada mañana en días de semana. Solía ir temprano para terminar mi rutina y ducharme a alrededor de las 9 para de allí continuar hacia mi trabajo, que en aquella época era dirigir una revista nacional de interés general.

A esa hora yo era uno de los últimos en salir de las duchas. Cuando aún en bata de baño me dirigía a mi armario para vestirme, uno de los empleados del vestuario se me acercó a toda prisa y, con ojos llenos de horror, me pidió que lo acompañara a una sala de descanso que teníamos allí, donde había periódicos, revistas y un televisor grande. Nervioso, sin apenas poderse expresar, me contó lo que había acabado de ver en vivo en la pantalla, cuyas imágenes continuaban repitiéndose: el momento en que uno de aquellos aviones se estrellaba contra una de las torres. Se trataba ya del segundo avión, pues él sólo había acudido al televisor cuando alguien le había dicho del primer avión, por lo que había alcanzado a ver en vivo sólo el segundo.

Yo sólo pude ver las repeticiones. Pero igual me produjeron un shock que me dejó petrificado allí, aferrado con toda mi fuerza a los brazos de la butaca. El pobre hombre que me había conducido allí me miraba enmudecido, sobrecogido de angustia y con una gran interrogación en el rostro, acaso pensando erróneamente que yo podría explicarle lo que estaba ocurriendo. Pero nadie podía explicar nada, porque en ese momento nadie era capaz de percatarse del verdadero significado de aquella enorme tragedia y la secuela psicológica que transformaría nuestra conducta y nuestras vidas para siempre.

Cuando llegué a la revista, todos en la redacción se habían agrupado frente al televisor que yo tenía en mi oficina, y no tardamos en ver, en vivo, el desplome cataclísmico de las torres. No podíamos creer que una estructura tan sólida como la de esas torres pudiera colapsar tan abruptamente como un castillo de arena. Nuestra mente periodística inmediatamente comenzó a preguntarse cómo siquiera comenzar a cubrir semejante tragedia. Luego supimos que el Pentágono había sido atacado también y que un cuarto avión había caído en un campo en Pensilvania, heroicamente derribado por los propios pasajeros para evitar que impactara un cuarto objetivo, la Casa Blanca tal vez.

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