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Guerra: ¿"Buena" o mala?

Es hora de cambiar la política hacia Afganistán

La misión ha perdido su foco y Estados Unidos ha pasado a ser un participante de facto en una guerra civil en territorio extranjero.

Soldados en la guerra de Afganistán


— Eros Hoagland/Redux

Se suponía que la guerra en Afganistán fuera la guerra “buena”, la guerra de necesidad, como la describiría el experto en política exterior, Richard N. Haas, en su libro War of Necessity, War of Choice (Simon & Schuster, 2009). Era la guerra que Estados Unidos declaró en medio de su airada y justificada reacción contra los que perpetraron la infamia del 11 de septiembre.

Era necesaria esa guerra porque los seguidores de Osama Bin Laden habían lanzado sus ataques terroristas desde campamentos y cuevas en territorio afgano. Nada más lógico, pues, que tratar de erradicar esa fuente de peligro en cualquier sitio en que actuara con impunidad.  Sin embargo, en una inexplicable decisión de la administración del Presidente George W. Bush, impulsada por el grupo de neoconservadores que lo rodeaban, las fuerzas armadas de Estados Unidos, sin haber completado la misión de eliminar el peligro terrorista en Afganistán, dieron media vuelta, retiraron la mayor parte de las tropas del territorio afgano para ir a invadir y ocupar Irak, que nada había tenido que ver con los ataques del 11 de septiembre.

En su campaña presidencial, el candidato y entonces senador Barack Obama prometió que revertiría esas decisiones y regresaría a Afganistán a continuar la incumplida misión de capturar o eliminar a los que causaron más de 3,000 muertes de ciudadanos inocentes aquella mañana aciaga de septiembre. Es así que en una decisión tomada el pasado diciembre, el Presidente Obama declaró una nueva política hacia Afganistán y escaló el número de tropas destacadas allí a casi 100,000.

Hasta aquí, todo parece tener cierto grado de lógica política y militar. Pero la lógica y la logística son cosas diferentes. Nueve años después de invadir Afganistán, la situación es la siguiente:

1)     Osaba Bin Laden y sus secuaces no están ya en territorio afgano, sino en las montañas situadas en la frontera de Pakistán.

2)     La guerra en todo su despliegue de tropas, armamentos y equipos le cuesta a Estados Unidos $9 mil millones al mes.

3)     Las muertes de soldados de la coalición, que incluye el Reino Unido y otros países de la OTAN, (la Organización del Tratado del Atlántico Norte) asciende ya a casi 2,000, sin incluir las muertes de afganos (combatientes o civiles) cuyo estimado es de varios miles.

4)     Las fuerzas armadas estadounidenses han logrado mucho mayor efectividad en la eliminación específica de terroristas mediante el uso de fuerzas especiales y ataques aéreos con los llamados “drones” (aviones de ataque sin pilotos guiados por control remoto) que en combates convencionales.

5)     El gobierno afgano de Hamid Karzai, cuya participación es crucial para la tarea militar de Estados Unidos allí, es uno de los más corruptos del planeta.

Estos importantes factores han colocado un enorme signo de interrogación sobre esta guerra, que ya es la más larga en la historia de Estados Unidos, incluyendo las dos guerras mundiales. Pero lo más grave es que ha dejado de ser una guerra necesaria para convertirse en una opción de dudosa cordura. La guerra “buena”, la que se inició en defensa propia, ha ampliado de facto su óptica para incluir objetivos que, aunque tal vez tengan algo que ver con la misión principal de eliminar los focos terroristas y pueden ser además loables, habitan mucho más el área social de edificar una nación, civilizar su cultura, sanear los abusos a los derechos humanos, y participar de facto en una guerra civil en territorio extranjero.

Las fotos reciente publicadas en la primera plana del New York Times de 10 miembros de un equipo médico internacional ejecutado por los talibanes por el único delito de curar a enfermos en el norte de Afganistán es tal vez el más reciente recordatorio de que es ya hora de abandonar el ingrato esfuerzo de remediar lo irremediable.

Hace un par de semanas el tema de Afganistán tomó un giro más dramático cuando una organización nombrada Wikileaks publicó en su página web 90,000 documentos militares y civiles internos supersecretos que vieron la luz tras haberse filtrado en el Internet. Aunque hubo mucha alarma al principio, se llegó a la conclusión de que la mayor parte era información atrasada. Pero esas revelaciones sirvieron para confirmar el estado de desastre en que se encuentra esa guerra.

Es cierto que el grupo de terroristas que opera desde esa parte del mundo anda a la desbandada y no es mucho daño el que pueden hacer desde sus escondites en las cuevas de esa franja de tierra de nadie entre Pakistán y Afganistán, lo cual alimenta el argumento de que, si las tropas estadounidenses y de la OTAN fueran retiradas, no tardarían mucho en regresar y acampar nuevamente en territorio afgano para reanudar sus operaciones con la ayuda de sus aliados talibanes. Pero, según la afirmación de James L. Jones, asesor principal de seguridad nacional de la administración de Obama, acaso queden sólo 100 de los principales terroristas en esa zona. Y sin ánimo alguno de ser cínico, la resultante matemática de movilizar 100,000 soldados para capturar a 100 terroristas no deja de ser un cuadro deplorablemente surrealista.

La economía de Estados Unidos no puede gastarse el lujo de tener ese despliegue militar sin un objetivo mucho más preciso y más ajustado a la misión original de eliminar el peligro terrorista. Aunque el Presidente Obama marcó la fecha de julio de 2011 para retirar la mayor parte de las tropas, ha habido declaraciones recientes del secretario de defensa, Robert Gates, y del general David Petraeus, comandante de las tropas en Afganistán, cuya aparente intención parece ser la de extender esa fecha.

Es sumamente importante, sin embargo, que el Presidente tenga el coraje político necesario para poner fin a esa guerra sin demora alguna. La mejor opción para combatir el terrorismo en esa región, dado el conjunto de realidades concurrentes, sería concentrar todos los esfuerzos en el uso de fuerzas especiales y drones en misiones específicas para eliminar de una vez y por todas a los culpables del horror del 11 de septiembre.

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El contenido de esta columna refleja estrictamente la opinión del columnista y no la postura de AARP. AARP es una organización no partidista, sin fines de lucro que ayuda a las personas mayores de 50 años de edad a ser independientes y a ejercer control de sus vidas de manera asequible y que les beneficie a ellos y a la sociedad. AARP no respalda a ningún candidato a cargos públicos ni dona a campañas políticas ni a ningún candidato.

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