Nada puede ser peor para un país que estar irremediablemente impotente ante múltiples ataques contra los cuales no tiene manera de defenderse. No hay ejército ni fuerza humana posible a la que se pueda recurrir para siquiera aliviar el impacto de esos ataques. Y es que la naturaleza puede ser implacable en su manera de arremeter contra todo lo que se le ponga delante cuando sus demonios se enardecen por razones que los humanos nunca llegaremos a comprender totalmente.

Mujeres caminan a través de una calle cubierta con escombros causados por el tsunami en Iwate, Japón. — Tomohiro Ohsumi/Bloomberg via Getty Images
En los últimos días, Japón ha sufrido una de las tragedias más horribles que este planeta haya tenido que soportar. Y como si fuera poco, estos embates físicos de la naturaleza han provocado a su vez el potencial de multiplicar la magnitud de la catástrofe con la explosión de reactores nucleares cuyo recalentamiento y posible fusión amenazan con propagar radioactividad y poner en peligro las vidas y la salud de los habitantes de la región.
Primero ocurrió el terremoto, que primero se reportó de un nivel de 8.9 en la escala de Richter y luego se actualizó a 9.0, lo cual lo convierte en el más violento hasta la fecha. El terremoto a su vez provocó el maremoto o tsunami cuyas olas penetraron con tal fuerza a la región noreste de Japón que arrastraron vehículos, edificios y barcos, además de miles de personas cuyos cadáveres el propio mar ha ido devolviendo días después. Los videos que se han mostrado son devastadores.
Todavía no se ha podido precisar el número exacto de muertos, aunque se estima que la cifra será de varios miles y las pérdidas materiales de miles de millones.
En cuanto a la crisis nuclear que el tsunami provocó, técnicos japoneses en la planta nuclear de Fukushima Daiichi luchan aún por evitar una fusión y continúan combatiendo los fuegos que han surgido en varios reactores.
Los terremotos han llegado a formar parte de la sociedad japonesa. Si algo evitó que el terremoto fuera más destructivo aún fue el estricto código de construcción que existe en Japón y el alto grado de organización a todos los niveles de la población para movilizarse ante una crisis como ésta.
Yo tuve el privilegio de vivir un tiempo con mi familia en Tokio hace muchos años y pude conocer de cerca la fibra luchadora de ese pueblo. En una ocasión tuve la experiencia personal de un terremoto que, aunque duró pocos segundos, no dejó de pegarme un buen susto. Los japoneses, sin embargo, están acostumbrados. Cada día, me decían siempre, tiembla un poco la tierra, aunque muchas veces apenas lo notemos. Recuerdo que todavía se hablaba del Gran Terremoto de Kanto, en las cercanías de la capital, que el 1 de septiembre de 1923 destruyó totalmente Tokio, Yokohama y sus alrededores. El único edificio que quedó intacto fue el Hotel Imperial, que el arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright había diseñado con una tecnología especial que incluía juntas de separación sísmica cada 20 metros, lo cual permitió al edificio flotar y sobrevivir la magnitud de 8.3 en la escala de Richter que tuvo aquel terremoto.
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