He sido afortunado. He podido saltar de un siglo a otro, de un milenio a otro, y llegar a la celebración del bicentenario de la independencia de los pueblos de América Latina. En los tiempos en que andaba en las guerrillas soñaba con este año, con el 2010. Me veía participando en festejos luminosos donde brillarían los momentos estelares de nuestra historia y juraríamos, por la memoria del Libertador, persistir en su anhelo de forjar la unidad de la América meridional, tal como lo escribió en la Carta de Jamaica.
En aquella época leía con apremio la historia de sus hazañas de guerra. Su entrada triunfal a Caracas en 1813, punto de llegada de noventa días de combates que arrancan en Cúcuta y siguieron en Mérida y Trujillo, en la llamada Campaña Admirable, que lo consagra como el más hábil de los estrategas y el más audaz de los guerreros de la Nueva Granada.
El realismo con que afrontó las derrotas que le produjeron las tropas realistas en la feroz reconquista de Venezuela en 1814. La entereza con que asumió las divisiones en sus propias filas después de la campaña sobre Santa Marta que lo llevaron al exilio en Kingston (Jamaica).
El fracaso que es, quizás, la prueba más grande del espíritu, iluminó su pensamiento y le permitió comprender que no habría independencia de ninguna nación sin la independencia de todas, que no habría victoria segura y definitiva sin la emancipación de todos los pueblos de América.
Retornó y realizó la hazaña de cruzar los Andes en medio de las más grandes penalidades con tropas que se diezmaban por tramos por las arremetidas del frío y del hambre y se recomponían de nuevo hasta llegar a la gran batalla de Boyacá, que abrió las puertas a la libertad definitiva de la Nueva Granada.
Aún recuerdo la fascinación que me producían sus triunfos y el afán con que buscaba elementos que sirvieran para darle un nuevo color a la aventura militar que habíamos echado a andar en procura de una esquiva revolución que no prosperaba a pesar del fervor con que la acometíamos.
Después me daría cuenta de que estos tiempos se parecían muy poco a los tiempos de las hazañas militares de Bolívar y de que entre la América que el Libertador describe en su misiva desde Jamaica y la América en que nos tocó vivir había un abismo. Comprendería, además, que la guerra de ahora es más lugar de ignominia que fuente de libertad.
Me vine a la vida civil y me dediqué con una pasión igual a estudiar al Bolívar de los últimos años. El que envainó su espada y ensayó constituciones y buscó aliados para unir a estas naciones y darles instituciones perdurables que aseguraran la paz.
Con algunos amigos tuve una experiencia de investigación sobre el pasado y el presente del pensamiento político en la región. Fueron dos años de actividades que nos permitieron reencontrar a Bolívar, para saber que había otra manera de asumir el legado del hombre más genial que ha dado el continente.














¿Qué opina?
Deje su comentario en el campo de abajo.
Debe registrarse para comentar.
Ingrese | InscríbaseMore comments »