In English | A fines de la década del sesenta, el fotógrafo George Rodríguez percibió que algo estaba cambiando. “En la época en que murieron Martin Luther King y Bobby Kennedy se produjo una toma de conciencia por parte de toda la comunidad chicana”, recuerda Rodríguez, de 66 años.
Él era, para entonces, quien dirigía el laboratorio de fotografía de Columbia Pictures en Hollywood, cuando el estudio producía algunos de los programas más populares de televisión y las películas más exitosas. Posteriormente, como fotógrafo de la NBC y por encargo de la editorial de revistas de celebridades Laufer Publishing, tomó fotografías a leyendas de Hollywood, ídolos adolescentes y estrellas de rock, para revistas, libros y portadas de discos. Sin embargo, la fantasía y el encanto de Hollywood le interesaban poco comparado con las luchas de la vida real del movimiento de derechos civiles de los Chicanos.
La pasión de Rodríguez por este movimiento provino de su propia experiencia de vida. Nacido en la zona sur central de Los Ángeles, fue el segundo hijo de un padre de origen mexicano, Alfonso, y de una madre nacida en Texas, Elvira. La familia vivía en la parte trasera de su negocio de reparación de zapatos, en el distrito “Skid Row”. Para ganar algún dinero, George Rodríguez y sus hermanos lustraban zapatos y juntaban botellas. “Jugábamos en el callejón que estaba detrás del negocio de nuestro padre. Con frecuencia, había borrachos y, de vez en cuando, un muerto”, recuerda.
La vida de Rodríguez cambió en la secundaria. “Necesitaba tomar un curso opcional, y alguien me dijo que el de fotografía era fácil”, cuenta Rodríguez riéndose. Fue así como se inscribió y le gustó de inmediato. “Mi padre tuvo que pedir prestado dinero a mi tío para comprarme una cámara four-by-five (cuatro por cinco) para la clase”.
Rodríguez se destacó en retratos, paisajes y escenas de vecindarios hispanos. Una de sus fotografías ocupó el segundo lugar en un concurso nacional de fotografía auspiciado por Kodak. “El premio fue de 100 dólares, así que mi padre pudo cancelar el préstamo por la cámara”, comenta.
Poco tiempo después, por las tardes, luego de la escuela, comenzó a trabajar en un laboratorio de fotografía a color. “Mi supervisor no consideraba sensato que aspirara a convertirme en un fotógrafo profesional. Me decía que no lo iba a lograr”, recuerda Rodríguez. Pero su supervisor estaba equivocado. Luego de su graduación, consiguió trabajo como fotógrafo en un buque a vapor que navegaba desde la Costa Oeste a Hawái. Cuando el mareo y la nostalgia se apoderaron de él, decidió regresar a Los Ángeles a trabajar en un laboratorio de fotografía. Un cliente, al que le causaba buena impresión su trabajo, le pidió que montara el laboratorio de fotografía de Columbia Pictures.
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