‘Cézanne et moi’: Retrato impresionista de una amistad

El pintor Paul Cézanne y el escritor Émile Zola fueron amigos desde la niñez.

DIRECTOR: Danièle Thompson
GUION: Danièle Thompson 
ELENCO:
: Guillaume Gallienne (Paul Cézanne), Guillaume Canet (Émile Zola), Alice Pol (Alexandrine Zola), Déborah François (Hortense Cézanne), Sabine Azéma (Anne-Elisabeth Cézanne) y Gérard Meylan (Louis-Auguste Cézanne)
DURACIÓN: 117 minutos 

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Como una pintura impresionista, Cézanne et moi (Cézanne y yo) captura la naturaleza siempre cambiante de la amistad, sometida como está a la implacable luz del tiempo. El título hace alusión a la relación que por décadas mantuvieron el pintor Paul Cézanne y el escritor Émile Zola. Si con los años el equilibrio de poder se revertiría, fue Cézanne quien realizó ese primer gesto que nunca se olvida y cuyo recuerdo lleva a perdonar aun las peores ofensas. Cuando eran niños en la región de Aix-en-Provence, Zola era objeto de acoso y burlas en la escuela por ser pobre y de padre italiano. Ese recuerdo de Cézanne protegiendo a Zola de los golpes que recibía de sus compañeros, sería el delicado hilo del que seguiría pendiendo la amistad amenazada por muchas desavenencias. En ese sentido, Cézanne et moi es un delicado retrato de la relación entre dos grandes artistas del siglo 19, que, como la pintura de su tiempo, captura esas pequeñas variaciones en las impresiones que al final revelan el paisaje completo. 

La película arranca en el año 1888, cuando los amigos, que ya rondan los cincuenta, se vuelven a reunir después dos años de distanciamiento. El pintor visita al escritor en su cómoda mansión en la Provenza francesa. Cézanne muestra en su cuerpo los estragos de una vida disipada, mientras que Zola se ve bien conservado y cómodo en su ambiente burgués. Este es el marco de la historia, y con flashbacks intercalados se nos va revelando como en un rompecabezas el origen de la amistad y de los conflictos que acabarían por distanciarlos. El primer recuerdo nos remonta a Aix-en-Provence, al patio de la escuela primaria donde un grupo de estudiantes le está dando una paliza a Zola. Los niños lo insultan por no ser “francés puro”. Cézanne, que es un año mayor y no conoce al futuro escritor, se interpone entre los adolescentes y protege a Zola. Esa primera instancia de bondad desinteresada será la justificación implícita de la paciencia que después Zola mostrará siempre con su conflictivo amigo. La circunstancia de ambos era entonces radicalmente opuesta. Cézanne pertenecía a una familia de la alta burguesía que se oponía a su amistad con Zola. Desafiándolo, Cézanne continúa la relación. La situación de Zola era difícil. Su padre había muerto y con penurias, su madre intentaba sacarlo adelante.

Guillaume Canet  y Guillaume Gallienne  en una escena de la película ‘Cézanne et moi’.

Guillaume Canet y Guillaume Gallienne en una escena de la película ‘Cézanne et moi’. — Magnolia Pictures/Atlaspix/Alamy Stock Photo

Ya jóvenes, los dos amigos comparten las penurias de tratar de sobrevivir como artistas en París. Zola empieza a adquirir fama como crítico de arte exultando al nuevo estilo al “aire abierto” impulsado por Édouard Manet. Este estilo se convertiría después en impresionismo. La película crea una convincente ambientación de la vida bohemia en el París del siglo 19, siguiendo los amores y correrías del grupo de artistas que incluía también a Manet, Pissarro y Renoir. Desde entonces, Cézanne comienza a tener problemas por su afición al alcohol y carácter intempestivo. Más que nada (como se probaría eventualmente), Cézanne estaba demasiado adelantado para su tiempo. Su técnica se convertiría en la base para el surgimiento de pintores como Matisse y Picasso, quienes lo consideraban el “padre del Modernismo”. Pero eso vendría mucho después. En su juventud, Cézanne era el menos exitoso del grupo y su frustración iba agriando cada vez más su carácter. Poco a poco, todos se alejaban de él, excepto Zola.

Los papeles se habían invertido, y ahora Zola era el exitoso escritor de obras maestras del Naturalismo como Los misterios de Marsella (1867), Thérèse Raquin (1867) y La fortuna de los Rougon (1871). A pesar de su acomodada posición, el padre de Cézanne lo había desheredado por ser “un artista fracasado”. Por otro lado, mientras que Zola se alejaba cada vez más del mundo de miseria que retrataba en sus novelas, Cézanne lo vivía en carne propia. Constantemente acusaba a Zola de haberse convertido en un “burgués”. En el fondo, como suele pasar en las mejores amistades, la envidia se empezaba a infiltrar en el afecto. Y lo peor: una envidia mezclada con admiración. Cézanne, quien pasaba por momentos de grandes dudas sobre su propio talento, reconocía sin reservas el de Zola. A menudo le decía: “Yo quisiera pintar como tú escribes”. Finalmente, después de intercalar varias etapas en sus vidas, descubrimos el motivo de la última gran pelea. En 1866, Zola había publicado La obra, una novela “en clave” en la que, según Cézanne, Zola había basado a Claude Lantier, su protagonista, en él. Lantier es un pintor fracasado y lleno de amargura.

Además de ser una excelente recreación de época y de que trata de imitar la composición de algunos de los cuadros impresionistas más conocidos, Cézanne et moi es un fascinante estudio sobre las corrientes subterráneas de resentimiento que a menudo coexisten aun en la mejor amistad. También hace interesantes cuestionamientos acerca del precio que se paga por no traicionar los principios y sobre el derecho que tiene un escritor de usar las experiencias de otros para enriquecer su obra.

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