Mi esposa Karen y yo estamos de pie, transpirados, en un aula mal ventilada, dispuestos a enseñar inglés. Estamos en Costa Rica en unas vacaciones como voluntarios a través de Cross-Cultural Solutions (CCS), organización sin fines de lucro que trabaja en 12 países. Niños de tercer grado lanzan risitas nerviosas y se mueven inquietos detrás de largos escritorios, pero no hay señales del maestro al que venimos a asistir. Karen y yo supusimos que seríamos los asistentes de inglés: la mano derecha del maestro, exhibiendo nuestra maestría del idioma. ¡Y estamos felices de hacerlo! ¡Venir a este lugar nos hace buenas personas! Estoy seguro de que los niños pueden percibir la radiante apariencia de quienes hacemos el bien.
Me paro en la puerta abierta del aula y echo un vistazo fuera: una brisa cálida golpea las palmeras, los árboles frutales y el grueso césped. Viria Solis —directora del programa CCS— nos presenta a los alumnos y es entonces cuando descubrimos algo que nos revuelve las entrañas. No estamos aquí para asistir a un maestro. Nosotros somos los maestros; Karen y yo.
Dos educadores aficionados sin ninguna experiencia, cuyo español no es bueno. Los niños sacan lápices y papel de sus mochilas, esperando con ansias su primera lección, y yo tengo una terrible revelación: lo que parece ser una buena idea cuando tienes un arrebato de nobleza en casa, sentado en tu butaca reclinable La-Z-Boy, pasa a ser mucho más desalentador cuando estás metido hasta el cuello en una cultura diferente y te das cuenta de que nunca has enseñado nada a nadie y ahora vas a enseñar inglés a niños que no hablan inglés.
No sólo estamos aquí por elección propia, sino que pagamos casi $2.500 cada uno por ese privilegio. Estamos entre los muchos estadounidenses que intercambian turismo por servicio y por sumergirse en un país y su pueblo. «La mayoría de las personas que vienen acá nunca llegan a ver el verdadero país», dice José Ugalde, director de CCS para el Costa Rica. «Llegan, se meten en un autobús con aire acondicionado y van a un centro turístico con aire acondicionado».
Nosotros no. Vamos a transpirar como los locales, comer como los locales y —el gran objetivo— intentar hacer algo significativo.
Por qué las personas deciden pasar su precioso tiempo libre como voluntarios en una bochornosa América Central es un frecuente detonante de conversaciones en la base de CCS, semejante a una residencia de estudiantes. Se debe a que unas vacaciones como voluntarios no es un viaje del tipo “pidamos servicio al dormitorio”. Karen y yo dormimos en literas dentro de un cuarto del tamaño de un armario, lavamos nuestros platos después de las comidas, esperamos en fila para usar los baños y nos privamos de tomar cerveza en la tarde (el alcohol está prohibido: CCS no quiere que su imagen se vea empañada por voluntarios ebrios).
Y aquí todos tienen su historia. Cherie, una maestra de español de Nueva Jersey, está acá porque acaba de cumplir 40 años. «Fue un antídoto contra la autocompasión», señala. Peter, de 47 años, hace poco dejó el banco de Londres donde trabajó por 28 años. «Quería conversar conmigo mismo sobre qué es lo que me importa en la vida», explica Peter, que desarrollará esta actividad como voluntario por 12 semanas. «Solamente te conoces cuando te enfrentas a lo desconocido». Es un tema común entre muchos voluntarios mayores. Los chicos universitarios están acá porque son idealistas y fervientes; los baby boomers —nacidos durante la explosión de nacimientos, entre 1946 y 1964— están analizando sus vidas.
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