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Ser padres

Se quedó el nido vacío

Cuando el último de los hijos se va de casa, los padres experimentan emociones agridulces.

Hombre sosteniendo un nido vacio en sus manos

— Tetra/Corbis

In English | En todo lo que tiene que ver con la familia, yo soy una sentimental. El verano antes de que me vaya a la universidad me lo pasé lamentando la realidad de que mi familia ya no sería la misma. Si mis padres sentían lo mismo, lo escondieron muy bien —o al menos yo no lo noté— y mi hermano menor se mostró completamente hostil hacia mi nostalgia anticipada. "Deja eso ya", me dijo a secas.

Entonces, unas dos horas después de sacar mis cosas del automóvil y colocarlas en mi nuevo dormitorio, me despedí de mi familia con un simple gesto con la mano. Después de haber procesado largamente mi "duelo", estaba lista para comenzar una nueva vida.

Treinta y siete años después, hice exactamente lo mismo. Me pasé meses sumida en el dolor que sabía sentiría cuando dejara a mi hijo menor en la universidad. Pero cuando llegamos al campus y un grupo de jovencitos en disfraces estrafalarios nos dio la bienvenida con pitidos de vuvuzela, casi involuntariamente se me dibujó en los labios una sonrisa. Después de todo, estábamos dejando a nuestro hijo en una buena universidad del noreste de Estados Unidos; y no en Afganistán.

Hoy en día, las universidades miman a los padres de maneras impensables en los años 70, cuando me fui a estudiar. Antes de alcanzar a despedirnos, nos dieron programas de orientación y mapas, y nos invitaron a un día completo de actividades, entre ellas una parrillada y una recepción enorme bajo una carpa. Incluso, después del momento de despedida que programaron, la universidad ofreció a los padres una sesión con psicólogos sobre "cómo recorrer el resto del camino". Cuando mis padres me dejaron en la universidad, no les ofrecieron ni una taza de café.

Los padres de los que emprendían la carrera universitaria también se mimaban entre sí. Creo que oí la palabra "agridulce" más veces que la palabra "dormitorio". Había una especie de "jerarquía de pérdida". Se trataba con cierta deferencia a los padres que dejaban a su hijo mayor, pero con mucho más a los que dejaban al menor.

Pero, no sé por qué, aun antes de que se acabara completamente la fiesta bajo la carpa, yo ya estaba lista para irme. Nos tomamos una última foto con nuestro universitario, dejamos que nos acompañara al automóvil y decidimos faltar a la sesión sobre "cómo recorrer el resto del camino" para, en su lugar, ponernos en camino. Era, después de todo, un viaje de cuatro horas.

Aunque tomamos la vía más corta al venir, tomamos el camino largo al volver. Al salir de la ciudad, paramos en unas tienditas. Una hora después, nos detuvimos a comprar maíz fresco. Tres horas más tarde, comimos sin prisa en un restaurante local. Y antes de llegar a casa, le sugerí a mi esposo parar en el supermercado a comprar mi refresco preferido, y él accedió.

¿Fue este nuevo ritmo de vida, tan tranquilo, indicio del envejecimiento o simplemente resultado del lujo de no tener que ponerse de acuerdo con más de una persona?

Toda la tarde nos miramos, mi esposo y yo, buscando señales de una inminente crisis emocional. Lo esperaba de él más que de mí. Después de todo, era él el que tenía todo ese asunto del "cromosoma Y" en común con nuestro hijo. Era él quien extrañaría las conversaciones sobre el béisbol. Además —a pesar de mi tendencia al sufrimiento por anticipado— no soy muy llorona.

Ya en la cama, tarde esa noche, de repente empezaron a brotar las lágrimas... de mis ojos. Es tan buena compañía, ese hijo nuestro. Es inteligente, cómico, muy bien educado. En realidad, no se trataba de la dispersión de la familia o de que este acontecimiento nos movía, inexorablemente, hacia el fin. Se trataba de que iba a extrañar a un buen amigo.

Debbie Galant es fundadora y copropietaria de Baristanet.com, un sitio pionero de noticias locales. Galant ha escrito tres novelas, entre ellas Cars from a Marriage (Automóviles de un Matrimonio).

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