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Extracto de La montaña invisible

Fragmento de la novela de la escritora uruguaya Carolina De Robertis.

Uno

"La niña que apareció en un árbol

Cuando Salomé escribió a su hija —por entonces ya una jovencita, una desconocida, a miles de kilómetros de distancia—, le dijo que todo lo que desaparece está en alguna parte, como si la física pudiera hacer retroceder el tiempo y salvarlas a las dos. Era una máxima que había aprendido en el colegio: la energía no se crea ni se destruye. Nada desaparece de verdad. También las personas son energía y cuando no se las puede ver es porque han cambiado de sitio, o de forma, o ambas cosas. La excepción son los agujeros negros, que se tragan las cosas sin dejar el más mínimo rastro, pero Salomé dejó que su bolígrafo siguiera moviéndose como si estos no existieran.

Las faldas húmedas se le pegaban a las piernas y el bolígrafo continuaba moviéndose y moviéndose sin que su mano pareciera empujarlo, formando las puntas, los picos y los capiteles y los bucles de las palabras cursivas, tes y jotas agudas, íes griegas y ges con nudos en la base como para unirse unas a otras, para reunir a las mujeres, y mientras escribía los bucles se agrandaban mayores, como si hiciera falta más cuerda para amarrar lo que el viento se había llevado de su interior, y no sólo de su interior sino también de su alrededor, y de delante de ella, en tiempos de su madre, en los de su abuela, la multitud de historias que Salomé no había vivido sino que habían llegado a ella como llegan las historias: en abundancia, sin avisar, a veces poco a poco, otras con una fuerza que podía ahogarte o catapultarte al cielo. Otras historias nunca habían llegado, no se habían contado. Dejaron un silencio hueco en su lugar. Pero, si era cierto que todo lo que desaparecía estaba en algún lugar, entonces hasta aquéllas aún respiraban y resplandecían en alguna parte, en los rincones ocultos del mundo.

El primer día de un siglo nunca es como los demás, menos aún en Tacuarembó, Uruguay, un pueblo diminuto, conocido por empezar los siglos con algún milagro peculiar. Por eso los habitantes de aquella localidad estaban preparados esa mañana, dispuestos, intrigados, inquietos, borrachos algunos, rezando otros, bebiendo algunos más, metiéndose mano bajo los arbustos otros, o apoyados en las sillas de montar, llenando de mate las calabazas, esquivando el sueño, asomándose a la pizarra de un siglo nuevo.

Un siglo antes, en 1800, cuando Uruguay aún no era un país sino una franja de tierra colonial, habían aparecido unas canastas enormes de frutos silvestres púrpura en el altar de la iglesia. Aparecieron de la nada, suculentas y perfectamente maduros, en cantidad suficiente para alimentar a dos poblaciones como aquélla. Un monaguillo llamado Robustiano había visto al cura abrir la puerta y encontrarse el obsequio abrasándose de calor a los pies de Cristo. Durante años Robustiano describiría el semblante del cura al ver aquellos frutos silvestres sudando al sol de las vidrieras, tres canastas tan anchas como el pecho de dos hombres, su fragancia elevándose para embriagar a Dios. Robustiano pasó el resto del día, y el resto de su vida, relatando lo sucedido. “Se puso pálido, blanco como el papel, luego se puso colorado, los ojos se le quedaron en blanco y, páfate, ¡se desplomó al suelo! Me acerqué corriendo a zarandearlo y le grité ‘Padre, padre’, pero estaba duro como una piedra”. Años después añadiría: “Fue el olor lo que pudo con él, ¿sabés?, como el olor de una mujer satisfecha. El pobre padre. Todas aquellas noches solo… No pudo soportarlo, aquellos frutos calentados por el sol, en su iglesia, demasiado para un cura”.

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