Publicado con el permiso de Celebra, una división de Penguin Group (USA) Inc., copyright 2010.
Capítulo 1: Asume la responsabilidad
Soy un empresario y todos los empresarios nos parecemos en algunas cosas. Se me ocurren cuatro: Nos arriesgamos, pensamos en grande, somos creativos y somos ingeniosos. Quizás hay otra similitud. No nos podemos quedar tranquilos y somos un poquito impacientes. Pero voy a dejar esas ideas a un lado por el momento (¡sea paciente!) y hablaré de una cualidad que no todos compartimos.
Lo que no todos los empresarios tienen es sentido de responsabilidad, ya sea por sí mismos, por el proyecto que tienen entre manos o por las personas que trabajan para ellos. Una de mis convicciones más arraigadas es que la responsabilidad es una virtud esencial en la fibra de un empresario. Y no solamente es importante para las personas que buscan tener éxito en los negocios. Toda persona que desea alcanzar algo en general, necesita ser resuelta, tomar decisiones y responder por ellas.
Cuando somos pequeños respondemos sólo por nosotros mismos. La infancia debe ser una época despreocupada y feliz. A medida que crecemos, nuestra cartera de problemas se va abultando hasta llenarse y casi estallar. Como parte de una familia, uno tiene al menos parcialmente algo de responsabilidad por el bienestar de cada uno de sus integrantes.
Para un niño, esto puede significar cumplir algún que otro encargo ayudar en los quehaceres de la casa. Luego, cuando obtienes un empleo, tienes obligaciones con la gente que confía en que hagas bien tu trabajo. Al formar tu propia familia, ya sientes una verdadera presión por garantizar el sostén de tus seres queridos. Siempre he tenido un enorme sentido de responsabilidad. Creo que se reveló por primera vez aquel día en que, a la entrada del cuarto de mis padres, los escuché hablar de nuestro futuro. Decidí que sería yo quien sacaría a mi familia del país, y me atuve a mi decisión hasta que cumplí cabalmente la tarea. Eso es asumir la responsabilidad.
Me vi obligado a decidir y a comportarme como un adulto a tan temprana edad porque sabía que mi padre no iba a dar un paso. Yo lo amaba con la vida —el me enseñó todo— pero mi padre no era hombre que asumiría una responsabilidad tal como esa. Era un jugador profesional que vivía la vida minuto a minuto. No hacía planes para el futuro porque consideraba que el futuro se encargaría de todo por sí mismo, y así es si uno lo deja al azar. Era un hombre extremadamente generoso y me enseñó que era mejor dar que recibir. Toda su vida, si mi padre obtenía algún dinero, lo regalaba. Incluso cuando estábamos en la miseria, si tenía dos dólares, daba uno. Años después, cuando vivíamos juntos en Miami, yo le regalaba cosas —relojes finos, carros de lujo— y luego nunca los volvía a ver. Él se los daba a alguien que, en su opinión, lo necesitaba más que él. Mi padre quería morir con un par de zapatos y un traje como sus únicas posesiones y así fue, pese a todos mis esfuerzos.
Aunque entonces era muy joven, yo ya estaba consciente de la opresión que existía en Cuba. La gente tenía miedo. Debido al sistema comunista, por mucho tiempo no había transacciones comerciales reales en la isla, no existía la libre empresa y los negocios legales estaban siendo confiscados por el gobierno. Antes de la revolución, mis padres habían montado un negocio en casa, cosiendo ropa interior para una tienda, de uno de los hermanos de mi padre. Después de la revolución, nos dedicamos más de lleno al negocio, hasta que el régimen comunista tambien lo
confiscó.
Parecia que a más y más personas se les quitaba su medio de sustento. Los empresarios, gente como mi abuelo que siempre habían trabajado por cuenta propia, hallaban difícil, por no decir imposible, trabajar para otros que no tenían ni la más mínima idea de cómo administrar un negocio. La mayoría de las empresas simplemente empezaban a fracasar. La debacle económica y la salida del país se convirtieron en los principales temas de conversación en casa de mi abuela Julia.
La moneda cambió de dólares a pesos cubanos, y quienes tenían dólares tenían que convertirlos en pesos. Era ilícito poseer dólares estadounidenses, o cualquier otra divisa extranjera, en realidad. Un día, soldados fuertemente armados entraron en mi casa y quedé pasmado con su manera de proceder; fueron tan groseros y agresivos. Yo no entendra lo que sucedío. Se dirigieron al dormitorio de mis padres. Un cuadro colgaba de la pared, y detrás de él había una caja fuerte empotrada. Los soldados tumbaron el cuadro y vieron la caja fuerte. Por supuesto, automáticamente dieron por sentado que mis padres escondían dólares y que mi padre estaba haciendo algo ilegal.
Uno de los soldados nos empujó a todos hacia fuera, hasta el patio trasero de la casa. Los tipos no estaban de humor para escuchar explicaciones; tampoco nosotros estabamos muy deseosos de ofrecerlas. Después de tenernos afuera por unos minutos, los soldados llamaron a mi padre. A esas alturas todos estábamos ya muy tensos, cuando oímos a mi papá discutir con un soldado. Mi padre había olvidado la combinación de la caja fuerte. Hacía años que no la usaba, ¿por qué habría de recordarla? Esto empeoró las cosas. Los soldados nos obligaron a sentarnos. Pusieron una carga de dinamita en la caja y la volaron para abrirla. Dentro solamente hallaron algunas joyas antiguas de mi madre y un montón de papeles, nada de valor, y mucho menos nada ilícito.
Daba la impresión de que los agentes del gobierno habían puesto ahora la mirilla sobre mi padre. Mi familia había sido estremecida un poco antes por la detención de uno de mis primos, que había acudido a una embajada extranjera en La Habana para tratar de conseguir una visa. Mi tía, que había ayudaba a mi primo, terminó pasando veinte años en la cárcel por ello. Cada mes que pasaba los riesgos aumentaban.
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