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De Puño y Letra

Las delicias de la lectura

Un buen libro libera la imaginación y, seductor, se apodera del alma del lector. ¿Habrá mayor deleite?

El primer libro que pude llamar mío fue un libro de segunda mano que mi tío Oswaldo me regaló cuando tenía cinco 5 años. Se llamaba Había Una Vez, y venía sin tapas y con polillas. Era  —-y es, porque el libro todavía se edita aunque el mío se quedó en La Habana—- una joya de libro: cuentos, canciones y poesías para niños. Cuando nació mi primer hijo en Miami, le compré una copia, que también leí a mis otros dos hijos. Todavía la tengo, guardándola para los nietos que ya diviso en un futuro no muy lejano.

Vea también: La columna de Mirta Ojito

Cuando me descubrí lectora, casi no tenía qué leer. Nací y crecí en  una época en la que el gobierno cubano editaba y vendía gran cantidad de libros a bajo costo, pero pocos me complacían. A los 8 o 9 años, cuando debí haber estado leyendo las aventuras de Julio Verne, los maestros me orientaban hacia las biografías de Ho Chi Minh y Nguyen Van Troi. No sabía nada sobre la vida del Conde de Montecristo, según  Alexandre Dumas, pero tenía claro cómo los españoles le habían cortado la cabeza a Tupac Amaru.

En aquella época, lo que contaba era la historia, la realidad, mientras más cruda, mejor. Está claro entonces que yo, por naturaleza y por ser niña, gravitara hacia lo contrario. Me hice amiga de la bibliotecaria de la escuela, quien a escondidas me prestaba libros de Guy de Maupassant. Comencé a amar la literatura francesa, y, por ende, a Francia, a los 10 años, muchos antes de pisar las calles de París, por fin, en 1990.

Desde entonces he descubierto muchos otros mundos a través de la literatura. Cuando fui a Praga, me parecía que lo hacía de la mano de Milan Kundera. En Hungría, buscaba a Sandor Marai. Nunca he ido a Japón, pero creo que me sentiría segura siguiendo los pasos —más bien el trote, porque es un corredor empedernido— de Haruki Murakami en Tokio.

Cuando llegué a Estados Unidos de Cuba en 1980 y empecé a visitar librerías encontré pocas opciones. Yo sólo leía en español y el mercado estadounidense no se había enterado todavía que los hispanos éramos muchos —ahora somos más— y que la mayoría veníamos de una gran tradición de lectura en nuestros países de origen. Con el tiempo dos cosas pasaron: yo aprendí inglés y se empezaron a editar más libros en español. Hoy, y desde hace años ya, cuando entro en una librería me siento como una niña en una tienda de caramelos. No sé por dónde empezar, qué comprar, con qué o quién arriesgarme. Termino siempre arriesgándome, y comprando más de lo que debiera.

Mi único vicio sigue siendo la lectura. Por pasarme una noche leyendo un libro he sacado mala nota en algún que otro examen, he dejado plantado a más de un novio y me he declarado enferma para no ir a trabajar. Cuando mis hijos me buscan y no me encuentran, saben que estoy encerrada en mi cuarto, absorta en las últimas páginas de una novela. Un libro bueno es así, se apodera del alma del lector y no lo deja partir. De hecho, un buen libro seduce y te hace, años después, regresar a él.

Me pasó con Maupassant este año otra vez. Organizando mis libros, una vez más, me encontré una fea pero bien traducida colección de sus cuentos de horror. Allí, sentada en el piso entre las pilas de libros en el comedor/biblioteca de mi apartamento en Nueva York, me volví a perder por los caminos truculentos de sus sufridos y enajecidos personajes.

Así, perdida entre los libros y por ellos me hallo mejor. Así me encuentro. Y así quiero encontrarme —en la literatura y por ella— con los lectores de esta columna dos veces al mes.

Síganme.

Mirta Ojito es escritora, periodista, editora y profesora de posgrado en la facultad de periodismo de Columbia University en Nueva York; ante todo, es una amante de la palabra escrita. Conózcala aquí. 

 

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