Hay padres que sólo lo son porque están casados con la madre de sus hijos. Y hay padres que aman a sus hijos de una manera desenfrenada y total, con frecuentes demostraciones de afecto. Somos dichosos los que hemos tenido padres así aunque los hayamos perdido antes de tiempo.
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Héctor Abad Faciolince durante el Festival de Literatura de Venecia en el 2010. — Foto: Graziano Arici /eyevine/Redux
El escritor colombiano Héctor Abad pertenece al grupo de los dichosos, como nos cuenta en su libro El olvido que seremos. Éste acaba de ser publicado en Estados Unidos en inglés con el título Oblivion: A Memoir, seis años después de que fuese publicado en español. Nunca leí el libro en español, pero me alegro infinitamente de que, por lo menos en inglés, haya llegado a mis manos. Ahora, en inglés o en español, el público estadounidense tendrá la oportunidad de conocer, a través de la narrativa íntima y trágica de una familia ejemplar, la historia de violencia que ha sacudido a Colombia durante años y la fortaleza de los colombianos que han tenido que afrontarla como parte de su realidad e identidad.
La historia comienza como todas las buenas memorias: en la niñez del autor. Desde las primeras páginas, casi podemos oír y sentir los besos frecuentes y ruidosos que su padre le propinaba —besos cerca de la oreja, de esos que dejan a los niños medio sordos por un rato pero felices de tener alguien en la vida que los mime tanto—.
Abad creció en un hogar donde vivían 10 mujeres: su madre, sus cinco hermanas, la antigua ninera de su abuela, dos chicas que cocinaban y limpiaban y una monja que se encargaba de la educación espiritual de los niños. Así que la complicidad entre padre e hijo es lo que lo salva del matriarcado total.
Cuando la monja le dice un día que su padre se va a ir al infierno porque no va a misa, el niño que fue Abad decide dejar de rezar por las noches para poder acompañarlo al infierno. Así de fiel le era. Cuando su padre viajaba, el niño se acostaba en la cama de su padre para poder sentir sus olores.
Cuenta el autor que su padre le dejaba hacer todo lo que él quería. Luego se corrige y explica que no todo, pero casi todo se permitía. Dejaba su billetera donde sus hijos la podían ver y los invitaba a tomar lo que necesitaran. Respetaba que no comieran lo que no les gustaba. Esa confianza infinita hizo de Abad un niño cuidadoso con el dinero de su padre —no tomaba el dinero que no necesitaba— y un adulto que aprendió a comer de todo en su debido tiempo, sin traumas ni peleas.
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