‘Julieta’: Trágico destino

El director español Pedro Almodóvar nos presenta a su protagonista menos almodovariana.

DIRECTOR: Pedro Almodóvar
GUION: Pedro Almodóvar (basado en los cuentos "Chance", "Soon" y "Silence" de Alice Munro)
ELENCO:
Emma Suárez (Julieta), Adriana Ugarte (Julieta joven), Daniel Grao (Xoan), Inma Cuesta (Ava), Darío Grandinetti (Lorenzo), Michelle Jenner (Beatriz) y Rossy de Palma (Marian)
DURACIÓN: 99 minutos 

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Formalmente, Julieta está diseñada para enmarcar un drama de proporciones épicas, o una historia de suspenso psicológico a la altura de Alfred Hitchcock. El problema es que el contenido se queda muy corto del magistral encuadre que le fabrica Pedro Almodóvar. Es como si se utilizara una orquesta sinfónica para tocar el do-re-mi. Al final lo único realmente melodramático e intenso de Julieta es el color rojo que está presente desde los créditos. El rojo parece prometernos una historia de gran intensidad en la que los personajes femeninos acabarán “desgarrándose las vestiduras”, pero la expectativa no se cumple.

Julieta es una mujer madura que parece tener una relación armoniosa con Lorenzo. Sin embargo, un encuentro casual en Madrid con Bea, una amiga de la infancia de su hija, hace que Julieta caiga en un estado de desasosiego. A tal grado han inquietado a Julieta las casuales palabras de Bea que sin más le informa a Lorenzo que no se puede ir de España con él como habían planeado. Julieta le confiesa que tiene que recuperar a su hija Antía a quien no ve desde hace veinte años cuando, a los dieciocho, desapareció de su vida. Lorenzo le dice que siempre sospechó que había algo oculto en su pasado, pero nunca se imaginó que fuera tan poderoso.

Emma Suárez en una escena de la película Julieta, de Pedro Almodóvar

Emma Suárez da vida al personaje principal en 'Julieta'. — Sony Pictures/Courtesy Everett Collection

El misterio en la vida de Julieta se va desentrañando a medida que escribe un diario para su hija narrándole los acontecimientos que llevarían a la eventual y dolorosa separación de ambas. Julieta comienza por el principio. Su relato arranca con el primer encuentro con Xoan, el padre de Antía. Interpretada por una actriz más joven, vemos a una Julieta veinteañera viajando en un tren nocturno de Madrid a Galicia. En una secuencia alusiva a Anna Karenina, Almodóvar usa el ferrocarril como metáfora del devenir trágico de la historia. Al igual que en la novela de León Tolstói, el primer encuentro con el amor será a la vez un presagio fatal del porvenir cuando uno de los pasajeros se suicida aventándose a las vías. El tono oscuro de las referencias literarias auxiliadas por la banda sonora de Alberto Iglesias, contribuyen a que el espectador se ponga en el mismo ánimo de fatal anticipación de la protagonista.

Por otro lado, los colores vivos que son el sello de Almodóvar contrastan y nos dan el primer indicio de que el trágico destino que parece anticipar Julieta, no existe más que en su mente. Almodóvar “tramposamente” pone también al espectador en ese estado de ánimo que no corresponde a los hechos. La relación entre Xoan y Julieta se desarrolla dentro de los límites de la normalidad y no hay ningún incidente, fuera de los contratiempos inevitables de la vida, que justifique el tono lúgubre con el que artificialmente se empapa la narrativa. “Me dijo que se llamaba Xoan, le dije que me llamaba Julieta”: de este tenor tan pedestre son las “revelaciones” que hace a su hija.

Tan inocua como su título, Julieta es quizás la protagonista menos almodovariana del director manchego. La única “excentricidad” de Julieta es su proclividad al sentimiento de culpa, que aunado a su convicción de que tiene un sino trágico, tiñe su mundo de malos augurios. “Las cosas se sucedían premonitoriamente una a la otra, sin mi participación”, narra Julieta en voz en off. Y efectivamente, todo le sucede, sin que demuestre la menor agencia en su destino. El tema del azar y los accidentes incide en su conducta y en todo caso la desvía de su curso. Si acaso, solo el sentimiento de culpa distorsiona el camino que la vida le pone enfrente.

En sus películas menos logradas (Los amantes pasajeros, 2013 y Los abrazos rotos, 2009), lo peor que se podía decir de Pedro Almodóvar es que estaba siendo deliberadamente almodovariano, es decir, exagerando su proclividad a lo hiperbólico y transgresor. Lo peor de Julieta es justamente lo contrario: el sello del director no aparece más que en lo formal, lo cual hace más grande el abismo con la historia.

De cualquier manera, Almodóvar es uno de los pocos directores que aun cuando es malo, es bueno, y hay por lo menos una gran idea en Julieta. Por más que tratemos de proteger a nuestros hijos ocultándoles los detalles más turbios de la nuestras vidas, ellos acabarán absorbiendo nuestros miedos y traumas con la misma precisión científica con la que se heredan los genes.

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