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Lalo Schifrin

Clasicismo y leyenda

El versátil compositor argentino compite por el Latin Grammy con Pampas, un tributo a su tierra natal.

Lalo Schifrin

El compositor argentino Lalo Schifrin rinde homenaje a las Pampas con su disco. — Peter Oszva

Para muchos, el nombre de Lalo Schifrin es sinónimo de Misión Imposible, Mannix y otros temas musicales clásicos del cine y la televisión hollywoodense. Es cierto que la discografía de este compositor argentino incluye la música de más de 100 películas. Pero la carrera de Schifrin es mucho más prolífica y variada. 

Un distinguido director de orquesta en el campo de la música clásica, Schifrin es también un pianista de jazz que participó activamente en la escena neoyorquina de los años ’50. Durante las décadas del ’60 y ’70, su trabajo como compositor cinematográfico generó bandas sonoras inolvidables, entre las cuales se destacan Bullitt, Dirty Harry y The Cincinnati Kid

Posteriormente, Schifrin combinó su amor por el jazz y la música clásica en la conocida serie de discos Jazz Meets the Symphony. Además de escribir su autobiografía, fundó su propia compañía discográfica, Aleph Records, utilizándola como plataforma para lanzar una gran cantidad de discos en múltiples géneros y estilos.

Con su acento argentino intacto pese a vivir en Los Ángeles hace ya décadas, Schifrin habló con AARP a raíz de su nominación al Latin Grammy por su composición “Pampas”, nominada en la categoría de Mejor Obra/Composición Clásica Contemporánea. A los 78 años, su estilo de conversación es pausado y agradable, tan elegante como su música.

La Pampa es, generalmente, una región olvidada de la Argentina. ¿Qué lo motivó a componer una obra musical dedicada a esta tierra?

Hace muchos años, antes de hacer el servicio militar, hice una gira en el interior de Argentina que me llevó hasta la Patagonia. Tenía unos 17 años. Viajé en tren, y me impresionó muchísimo cuando pasamos por La Pampa. Era como un mar verde, un océano de vegetación. Una planicie inmensa, interrumpida de vez en cuando por algún ombú. El recuerdo de ese viaje motivó mi composición.

Y ahora esa composición es premiada con una nominación al Latin Grammy. ¿Qué le significa esta nominación?

Son estimulantes para el ego, ¿no? [risas]. En el fondo aprecio el hecho de que mis colegas hayan votado por mí —porque en el caso de los Latin Grammy, son los colegas que nominan a uno. Es bueno que les guste lo que estoy haciendo. Eso trae una cierta energía positiva. Hay tantos problemas en el mundo, y entonces algo como esto es muy agradable.

Sin embargo, el Óscar no llega…

Fui nominado seis veces, pero nunca gané. Sí tuve la satisfacción de ganar seis premios Grammy y un Cable Ace Award. Estas cosas tienen que ver con la providencia. Como decía [el escritor argentino Jorge Luis] Borges, “el destino y la suerte son sinónimos”.

¿Qué recuerdos tiene de su infancia en Buenos Aires?

Todos, tengo todos los recuerdos. Cuando uno llega a mi edad, está siempre pensando en lo que fue su infancia. Pienso en mi familia, mis amigos, la escuela. La adolescencia también, que fue muy linda y transcurrió en el colegio Nacional Buenos Aires. Vivíamos en un departamento, donde vivían muchos músicos del Teatro Colón —como mi propio padre [el violinista Luis Schifrin], que iba caminando a su trabajo en el Colón, cruzando la plaza Lavalle.

¿Cuándo dejó a la Argentina por primera vez?

Mientras estaba terminando el servicio militar, me postulé para una beca otorgada por la embajada de Francia. Recuerdo que le dije a mi profesor de composición: “¿Usted cree que puedo ganar?”. “No tenés nada que perder”, me contestó. Un mes después recibí la carta de la embajada, felicitándome. En París me encontré con una colonia de músicos franceses, belgas y estadounidenses que tocaban jazz. Fue una escuela para mí. Cuatro años más tarde [en 1956], regresé a Buenos Aires y formé mi propia orquesta de jazz.

Fue entonces que lo escuchó Dizzy Gillespie...

Dizzy estaba visitando Buenos Aires con sus músicos, entre los cuales se encontraba Quincy Jones. Hicieron una recepción y me invitaron a tocar. No pagaban, así que les tuve que preguntar a mis músicos si querían ir. Por suerte, dijeron que sí. Dizzy me vio tocar el piano y se quedó muy impresionado. “¿Quién escribió esta música?”, me preguntó. Cuando le dije que era yo, me invitó a mudarme a los Estados Unidos y tocar con él. Al principio pensé que estaba bromeando, que tal vez lo llamaban “Dizzy” porque era un bromista.

La década del cincuenta fue una época prodigiosa para el jazz en los Estados Unidos. ¿Cómo la vivió usted desde adentro?

Era difícil, porque uno estaba en el centro mismo del jazz, conociendo a todos los grandes músicos. Cuando el pianista de Miles Davis se enfermó, me pidió que lo reemplazara en un festival de jazz. También hice arreglos para Count Basie y grabé un disco con Sarah Vaughan. Me convertí en una especie de leyenda [risas].

El consumo de drogas era todo un problema en ese ambiente...

Dizzy decía: “Un tipo que es adicto vendería a su propia madre”. No quería saber nada con esa gente, y yo tampoco. No tenía esa necesidad. El delirio mío era la música.  

¿Cómo diría que ha cambiado la música cinematográfica desde los años sesenta y setenta, cuando compositores como usted, John Barry y Henry Mancini enfatizaron las melodías y la influencia del jazz?

Cada generación trae su propio lenguaje —en su vestimenta, la manera de actuar, la manera de escribir un guión o dirigir una película. Todo cambia. Así pasó siempre en la historia del cine, y seguirá pasando. Hay una cuestión estética que evoluciona.

¿Por qué tomó la iniciativa de fundar su propia compañía discográfica?

El problema que yo tenía es que hago música de cine, jazz y clásica. Las compañías de discos no sabían cómo vender a Lalo Schifrin, cómo clasificarme. Decidí fundar mi propia disquera, y la llamé Aleph Records por el cuento de Borges, El Aleph, que habla de un solo punto donde se encuentran todos los puntos del universo. Aquí puedo hacer exactamente lo mismo: crear algo étnico argentino como Pampas, o algo clásico, o algo de jazz. Simplemente grabo la obra, y la editamos nosotros. No es una compañía inmensa, pero afortunadamente nos va muy bien.

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