In English | Toda catástrofe —dicen— presenta una oportunidad. En mi caso, la catástrofe ocurrió una noche de invierno, cuando mi padre, de 68 años, cayó una distancia de 25 pies en medio de escalar un muro de roca artificial. De adolescente, me enseñó el alpinismo y juntos escalamos cumbres altísimas bajo el cielo azul de la Sierra Nevada. Pero entonces nos distanciamos. Me casé, tuve hijos y me dediqué a la cocina. Mi padre siguió escalando montañas, y se pasaba días en la formación rocosa El Capitán, en el parque nacional Yosemite, California.
Así es cómo sucedió el accidente: mi padre ató la cuerda de escalar, no a su arnés, sino a su cinturón de cuero. Cuando soltó los asideros del muro, la soga le rasgó el cinturón y él se precipitó al suelo, fracturándose dos vértebras.
Y estas son las oportunidades que se presentaron: primero, la de pasar todos esos días junto a su cabecera en el hospital, y después, y aún más importante, la de cocinarle su primera comida al volver a la casa.
A mi padre le hacía falta sentirse como un hombre de nuevo, no como un paciente enfermo y débil. Así que le hice un plato que pensé lo ayudaría: un gigantesco bistec "rib eye" con un poco de mantequilla maître d'hôtel por encima. Las horas que pasamos en el hospital hablando de los buenos tiempos puede haber sido —en última instancia— lo que nos unió de nuevo. Pero solo cocinando ese bistec, y viendo la satisfacción que él manifestó, pudo el hombre en que yo me había convertido ayudar al hombre que mi padre siempre fue.













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